Joaquín Díaz

El comercio en Valladolid. Nec otium


El comercio en Valladolid. Nec otium

Vive disfrutando

01-08-2023



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Es bien conocida la labor del Diarista Pinciano –José Mariano Beristáin– precursor del periodismo comprometido, quien por medio de la publicación de sus gacetillas informaba y formaba a los vallisoletanos en la década de los 80 del siglo XVIII. Nos interesan sus escritos, no tanto por lo que pueden revelar acerca de la vida comercial de la ciudad sino por las noticias tangenciales que nos dan en relación con ese tema.

Hablando por ejemplo de las crecidas desastrosas de la Esgueva nos descubre que la gente de Valladolid usaba nada menos que 14 puentes para cruzar este río en diferentes partes de la ciudad: el puente de la Catedral, el de la Reina, el que iba de la cárcel de la ciudad al espolón nuevo, el del Bolo de la Antigua, el de Magaña, el del Conde de Cancelada, el de la Marquesa de Revilla, el de las Chirimías, el de San Benito, el de los Gallegos, el del Val…

No hace falta decir que tanto puente y tanta puerta iban en beneficio de un comercio activo y que aquellas inundaciones causaron una ruina a los tenderos mayores y menores por la falta de usuarios y compradores que, particularmente en el tiempo inmediato a la Semana Santa –recordemos que las inundaciones se produjeron a mediados de marzo– creaban una auténtica feria con los visitantes de los pueblos cercanos que entraban a Valladolid por el puente Mayor, por la puerta del Campo o por las puertas de Tudela y los Vadillos.

Ese pequeño comercio, sin embargo, no tenía nada que ver con el despegue industrial que se produjo en la ciudad a partir de mediados del siglo XIX, principalmente con la actividad de las fábricas de harinas y la sustitución de los antiguos molinos de piedra hidráulicos por el sistema austro-húngaro de cilindros.

Foto antigua de la Caramelera Castellana
La Electra y la Caramelera Castellana, en una foto de Patricio Cacho

Alrededor de ese negocio de la harina, que como todos sabemos comenzó a decaer a partir de la pérdida de las últimas colonias, se creó una red industrial –fundiciones, fábricas de sacos, construcción de edificios para las nuevas fábricas, carpintería de madera, instaladores de mecanismos de cilindros, transportistas (ferrocarril, carretería, transporte fluvial), etc., etc. –.
Si seguimos la tradicional división en sectores de la actividad económica y de mercado tendríamos tres de las claves del engrandecimiento de la ciudad de Valladolid en el siglo XIX: la agricultura y maquinaria agrícola (o sea el trigo y la sustitución de la fuerza de los animales por la fuerza de los motores), la industria y las fundiciones (es decir, el crecimiento durante varias décadas no consecutivas de algunas industrias relacionadas con las grandes obras públicas y privadas –puentes, estaciones, plazas de toros–) y, por último, el comercio, principalmente de alimentación (abacerías, mercados y establecimientos de hostelería), y los bazares.

Philippe Lavastre explica muy claramente en su magnífico trabajo sobre Valladolid y sus élites que el desastre industrial y financiero de 1864 fue compensado por la actividad creciente y la sensatez y buen juicio del comercio vallisoletano, integrado por emprendedores recién llegados de Levante (léase estereros y heladeros , jugueteros o propietarios de bazares), de Santander (molineros y comerciantes de harinas) de Cataluña (tejidos y zapatos), del país vasco (fundiciones y maquinaria agrícola), de Cáceres y Salamanca (choriceros y fabricantes de embutidos) o los propios comerciantes locales. Entre 1865 y 1882, 110 nuevos comerciantes se inscriben en el registro o Matrícula, siendo el mejor año el de 1873 con 24 nuevas incorporaciones.

No estará de más aclarar que el urbanismo de la ciudad va muy ligado también al desarrollo comercial de esos años ya que, gracias a la actividad mercantil y al rápido ascenso social de esos comerciantes burgueses se alzan nuevos edificios, surgen lugares para espectáculos y se diseñan construcciones muy bellas que sirven para dar a Valladolid un tono del que aún puede presumir.

Buena parte de esas construcciones incluían el aspecto externo del negocio comercial, es decir, las fachadas, escaparates, diseño de los aparadores, diseño gráfico de los anuncios y calidad en los productos ofrecidos. El Código español de Comercio de 1829, creado a imagen y semejanza del francés de 1807, contenía en uno de sus artículos una descripción sencilla pero significativa del comerciante. Porque Napoleón Bonaparte, inspirador del Código Civil francés y de otras normativas reguladoras, era, además de un militar ambicioso y de un político insaciable, un legislador de altura y también –no lo olvidemos– un precursor de las campañas de imagen que hoy parecen imprescindibles en el escaparate de la vida.

Decía el Código español en su artículo 17: “El ejercicio habitual del comerciante, se supone, para los efectos legales, cuando después de haberse inscrito la persona en la matrícula de comerciantes, anuncia al público por circulares o por los periódicos o por carteles o por rótulos permanentes expuestos en lugar público, un establecimiento que tiene por objeto cualquiera de las operaciones que en este código se declaran como actos positivos de comercio y a estos anuncios se sigue que la persona inscrita se ocupa realmente en actos de esta misma especie”.

Foto antigua de la bodega
Bodega Casa Izquierdo, en la calle de Miguel Íscar, 3

Es decir, que sólo el hecho de inscribirse en el libro provincial de matrícula y de declarar por escrito la voluntad de dedicarse a la ocupación elegida por mayor o menor, era más importante o al menos anterior al acto de anunciar al público que se inauguraba un nuevo negocio en el que la relación humana y la claridad en el trato comercial eran tan primordiales como lo que se notificaba en el rótulo. De ahí que los nombres de muchas tiendas y fábricas se basasen o bien en el nombre de la persona titular –que apostaba sus propios apellidos y con ellos la honradez de su comportamiento– o bien en algún poder de la mitología (como Helios, Gambrinus, etc.) o bien en títulos que eran toda una declaración de intenciones (como La Bondad, La Ilusión, La Constancia, La Progresiva, La Esperanza, etc.) o una bandera de identidad (La Vallisoletana, La Castellana, etc.).

Escrito por Joaquín Díaz para la edición nº 34 de VD, agosto-septiembre 2023.
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