Joaquín Díaz

EDITORIAL


EDITORIAL

Revista de Folklore

Los minerales y la medicina popular

30-06-2011



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Acerca del uso de minerales en la medicina popular existe una gran tradición que se fija desde la Edad Media en libros y tratados como el Lapidario que manda reunir y traducir Alfonso X con todos los conocimientos sobre el tema acumulados en distintas culturas hasta su época. De la lectura de textos como el Lapidario se pueden extraer dos conclusiones básicas: el enorme repertorio de conocimientos teóricos que tenían los alquimistas anteriores al Renacimiento y el escaso nivel de la medicina práctica. Nos remitiremos a algunos ejemplos: al hablar el autor del Lapidario de la piedra que llaman ceraquiz, tras describirla y definir sus propiedades, concluye: “Tiene tal virtud que impide el parto de este modo: que si la ataren en cuero de cordero que sea degollado con cuchillo de acero fino, y la colgaren sobre la natura de la mujer, la estorbará que pueda parir de ningún modo, así que conviene que se la quiten al tiempo del parto, si no, por fuerza habrá la mujer de quebrar o morir”. Hablando en otro lugar de la virtud de la piedra bedunaz, determina: “que si de ella molieren como un cuarto de dracma y la mezclaren con algún líquido y la metieren al leproso por las narices, sana a la primera vez, si la lepra no fuere tan fuerte que haya quitado algún miembro, pues esto no se puede recobrar por la virtud de la piedra”. Finalmente, de otra piedra a la que llaman çulun, dice: “Cuando es quemada, hacen de ella medicina muy buena que retiene y enfría mucho y por tanto es buena para las postemas calientes, señaladamente para aquella que llaman carbunclo… Si la hacen polvos y los frotan sobre las encías sana las cavaduras que haya en ellas y también la comezón de la boca… Aún tiene otra virtud muy extraña: que si la molieren y la amasaren con vino e hicieren de ella como una bellota y la pusieren en la natura de la mujer, impídele empreñar”.


Las piedras, en ocasiones, tenían calificativos, como las de Santa Lucía (que en el País Vasco se usaba para colocarla sobre los ojos enfermos y que era en realidad un fósil de erizo de mar) o las de Santa Casilda, un aragonito o carbonato de cal, que se consideraba eficaz contra los flujos. La piedra del águila o de San Juan, que es un nódulo de limonita, evitaba los abortos y favorecía el parto. La piedra del rayo libraba de las exhalaciones y por eso la llevaban los pastores en sus zurrones; la creencia era que el rayo, al caer en la tierra, se sepultaba profundamente y tardaba siete años en aflorar en forma de piedra con propiedades extraordinarias. La piedra de leche, por ejemplo, suele ser una piedra de creta blanca o un pequeño hacha de sílex de aquellos usados en períodos prehistóricos, a los que se les aplicó después alguna virtud que perpetuara su valor; su principal cualidad era proporcionar una lactancia sin problema a madres y recién nacidos.