Joaquín Díaz

EDITORIAL


EDITORIAL

Revista de Folklore

El tiempo en los monasterios

30-08-2011



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En los monasterios, el desarrollo de cada día estaba marcado por las horas canónicas, división de la jornada que ya usaba la tradición rabínica en las sinagogas basándose en las costumbres del desaparecido templo de Jerusalén que marcaba tres horas para concurrir al recinto a orar: la tercia, la sexta y la nona. A la tercia oraban los judíos porque era tradición que en esa hora se les entregó la ley en el monte Sinaí. A la sexta, porque en esa hora se erigió la serpiente Aenea o de oro en el desierto. A la nona, porque en ese momento dio la piedra en Cadés agua para el pueblo sediento. La Iglesia, los primeros padres y sobre todo los primeros creadores de reglas monásticas aceptaron de buen grado la división horaria de cada día, dándole, según los tiempos y el interés en la exégesis, diferentes interpretaciones a cada uno de los espacios de tiempo, que ampliaron a siete, custodiados por ocho hitos o momentos: maitines, que coincidían con la medianoche, laudes -a las 3- prima -a las 6, ya que coincidía con la primera hora del sol-, tercia -a las 9-, sexta -a mediodía-, nona -a las tres de la tarde-, vísperas -a las seis- y completas -a las 9-. San Benito, en su Regla, siguiendo precisamente un Salmo del Antiguo Testamento, el 119, que se recitaba en el templo de Salomón y que mantenía el orden de las 22 letras del alfabeto hebreo, recogía uno de los dobles versos de la letra “sin” que decía : “Siete veces al día te alabo por tus justos juicios”. “Y nosotros -decía san Benito- para cumplir con este sagrado número 7, hemos de celebrar los oficios de nuestro servicio a sus horas, o sea laudes, prima, tercia, sexta, nona, vísperas y completas, pues de estas horas diurnas dijo: durante el día te alabé siete veces, ya que el mismo profeta dice de las vigilias nocturnas: me levantaba a media noche para alabarte”. El santo dividía pues el día en 7 espacios horarios y añadía un momento más a medianoche para rendir tributo a Dios. Cada uno de esos periodos de oración tenia unas lecturas y unos cánticos que estaban perfectamente determinados. La tradición del numero siete, aunque fijada por la Regla de San Benito, venía de antiguo: el séptimo día de la Creación descansó el Señor, pasadas siete semanas salió el pueblo de Israel de Egipto, en el séptimo mes se concedía absolución general a todo el pueblo, en el año séptimo descansaba la tierra de la siembra porque así lo mandaba la ley, Noé esperó siete días a que la paloma volviera al arca y otros siete hasta que volvió a salir. El sumo sacerdote en el tiempo del perdón rociaba siete veces al pueblo con la sangre del cordero, los sacerdotes de Jericó rodearon la ciudad siete veces con siete trompetas, con siete bocinas se anunciaba el jubileo, pero además eran siete las peticiones del Padrenuestro en el nuevo testamento, siete los sacramentos, siete los dones del Espíritu Santo, siete los panes que se distribuyeron a cuatro mil personas, siete los candelabros y los sellos, siete los ángeles que se dice estaban ante el trono de Dios en el Apocalipsis, etc. etc.