Joaquín Díaz

EDITORIAL


EDITORIAL

Revista de Folklore

La invención de las naciones

28-02-2015



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Parece que la «invención» de las naciones y la consecuente aparición del nacionalismo vino a exigir a sus creadores y promotores algunas pruebas que justificasen el origen de sus linajes y la antigüedad de sus genealogías. Existe entre algunos historiadores la idea de que con los Borbones se introdujo en España la necesidad de adaptación a un nuevo clima político salido de la Paz de Westfalia que exigía unidad territorial a los Estados para el establecimiento de una auténtica soberanía nacional. Sin embargo, se puede constatar que ese intento de fundar una conciencia política sobre la unidad territorial ya había sido utilizado mucho antes; incluso, mucho antes de que los Borbones fundaran su dinastía. En la plaza de Oriente todavía se puede admirar la estatua de Ataúlfo como primer rey «español». Sabemos también que frente a ese concepto artificial de Estado, creado y desarrollado a su conveniencia por el ser humano, Herder contraponía su Volkstum, idea primitiva y natural que hundía sus cimientos en el lenguaje, las costumbres y la historia. Ese gusto por lo antiguo, por lo histórico y legendario obliga asimismo a Herder y a sus seguidores a buscar el «documento primitivo», es decir: la base histórica sobre la que asentar los orígenes de una raza, de un pueblo o, finalmente, de una nación.


Los antiguos, al tratar de justificar con historias esos remotos orígenes —fuesen o no legendarios—, tuvieron el mismo problema, cuya anfibología resolvieron creando distintas categorías en las que se diversificaban las funciones. Aristóteles en su Poetica (IX) escribía: «La distinción entre el historiador y el poeta no consiste en que uno escriba en prosa y el otro en verso; se podrá trasladar al verso la obra de Herodoto y seguiría siendo una clase de historia. La diferencia estriba en que uno relata lo que ha sucedido, y el otro lo que podría haber acontecido. De aquí que la poesía sea más filosófica y de mayor dignidad que la historia, puesto que sus afirmaciones son más bien universales, mientras que las de la historia son particulares».


Los romanos solucionaron el dilema con una dosis de la propia medicina: Quod gratis asseritur, gratis negatur, decía el proverbio latino (o sea: lo que se afirma sin pruebas se puede negar sin pruebas). Siglos más tarde, san Isidoro, completando la idea de Aristóteles, hablaba de tres tipos de categorías para definir lo relatado: historiae —o sea, los hechos que realmente sucedieron—, argumenta —es decir, lo que podría haber pasado pero no pasó— y fabulae —o lo que es lo mismo, lo que nunca pasó ni pudo haber pasado—. Julio Caro Baroja, al referirse a falsificaciones famosas sobre el origen de las naciones, recordó oportunamente las historias fabulosas aparecidas desde Annio de Viterbo, dedicando al imaginativo dominico algún capítulo donde describió magistralmente los pasos dados por el pseudohistoriador para crear, siguiendo a un monje primitivo y un poco apócrifo llamado Beroso, la prehistoria de España.