Joaquín Díaz

EDITORIAL


EDITORIAL

Revista de Folklore

Exégesis evangélica

30-08-2016



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La tradición cristiana se encargó, desde los primeros siglos, de cubrir dudas y solucionar, a su manera, las preguntas que se pudiesen hacer los primeros cristianos sobre los escuetos comentarios de los evangelistas. Uno de los aspectos curiosos entre todos los que componen el legendario que surge de los relatos evangélicos es el interés por conocer la genealogía de Jesús que dio origen a la idea de que era rey de los judíos. Habría que remontarse a la época y a la situación política de Israel para comprender en toda su extensión la importancia que podía tener una ascendencia noble. Más aún considerando que las tribus y los linajes eran la señal inequívoca de la legítima pertenencia a un pueblo y la seguridad de proceder de lugar y familia conocida. En los evangelios canónicos, tanto san Mateo como san Lucas nos proporcionan datos acerca del árbol del que procede Jesús. Durante mucho tiempo se discutió si el uno mostraba la genealogía de María y el otro la de José, pero en la actualidad se han terminado prácticamente las polémicas al eliminar los más importantes investigadores bíblicos las diferencias que se observaban en ambos listados. Desde ese momento, se acepta que los dos evangelistas hablan de la genealogía de José, agregando que, si Israel no hubiese estado sometida a Roma, el sucesor de David en el trono habría sido él, y su heredero según la ley, Jesús.


Hasta el siglo v solo se celebraban los «nacimientos» de Cristo y de san Juan el Bautista, pero desde el siglo VII comenzó a celebrarse en Roma también la fiesta de la Natividad de la Virgen. De todos los demás santos solo se conmemoraba la muerte, aunque la celebración se denominara día natalicio y significara la fecha en la que habían nacido para la vida eterna. Con el nacimiento de la Virgen se hizo una excepción y, aunque poco hablan los evangelios canónicos y los apócrifos acerca de ello, la tradición cristiana lo aceptó gustosamente y lo siguió manteniendo, del mismo modo que la misma Iglesia invitaba a que se celebrara «con alegría». Algunas iglesias importantes de España, como la Almudena de Madrid o el monasterio de Montserrat, están dedicados a la Natividad de la Virgen, que sigue conmemorándose el 8 de septiembre.


El evangelio apócrifo del seudo-Mateo y el de la natividad de María relatan algunos extremos de los meses anteriores al nacimiento de la Virgen. Principalmente, hacen mención de la situación en la que vivía Joaquín, el padre de la Virgen, apartado de su mujer Ana y con una enorme tristeza por haber sido rechazado en el templo. Era un oprobio para los judíos el no tener descendencia, y por esa razón a Joaquín le reprocharon que fuese a ofrecer sacrificios sin haber sido bendecido por Dios.


Un ángel se aparece a Joaquín mientras está con su rebaño y le invita a volver a su casa, pues su mujer está embarazada. Cuando Joaquín le invita a entrar en su tienda y consumir un cordero, el ángel no lo acepta y pide que lo ofrezca en sacrificio. Así lo hace Joaquín y el ángel sube al cielo al mismo tiempo que el humo. Cuando llega Joaquín a Jerusalén se produce el encuentro entre los esposos en la Puerta Dorada. Sin duda, se trata de una puerta anterior a la que hoy se denomina así (o «de la Misericordia»), acceso a la ciudad que se construyó en el siglo v y que fue mandada tapiar por el sultán Soleimán en 1541, pues la tradición judía decía que por esa puerta tendría que entrar el Mesías el día del juicio final.