Joaquín Díaz

EDITORIAL


EDITORIAL

Revista de Folklore

Los estrechos

31-12-2016



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El día último del año, día dedicado a san Silvestre, tenía lugar en muchas casas particulares una costumbre que se conocía con el nombre de «los años», «los estrechos» o «los casamientos». Consistía en hacer papeletas con el nombre de todos los que estaban presentes en la casa en ese momento, introducirlas en un recipiente e irlas sacando después de dos en dos para hacer parejas. Por lo general, sin embargo, se incluían algunas papeletas más con nombres de animales o cosas (el gato, la campana de la iglesia, la fuente del pueblo, etc.) que no eran precisamente buenos compañeros para pasar la noche. Porque lo que se perseguía era pasar la velada acompañado por alguien y, si era posible, alguien agradable, naturalmente. Los niños y los jóvenes salían en grupos a cantar villancicos para pedir el aguinaldo, la gente se reunía en torno a la lumbre... el caso era no estar solo. ¿Y por qué? Pues porque, según la leyenda, la noche de san Silvestre había reunión de brujas. Ese era, precisamente, el momento elegido para tener su espantosa convención anual y por ello la gente hacía uso de todos los medios a su alcance para alejarlas: desde hacer ruido con cacerolas o tocar las campanas hasta poner las tijeras abiertas en el hogar de la chimenea en forma de cruz para que no se colaran dentro de la casa. El ruido, el bullicio organizado la noche de san Silvestre tiene, pues, un origen legendario aunque ahora se quiera confundir con manifestaciones de alegría por el nuevo año que llega. Año que, por cierto, será meteorológicamente tal y como sea el último día: «Si por san Silvestre llueve, todo el año llueve», dice el refrán.

El día primero del año llegaba en muchos lugares con un acto de ofrenda de regalos, costumbre que parece muy antigua —incluso más antigua que la propia celebración del comienzo del año en el día 1 de enero—. Algunos atribuyen esta tradición a los celtas, entre quienes la palabra eguinand (de donde algunos autores quieren hacer derivar aguinaldo) significaba un obsequio con el que se deseaba buen año a los amigos y vecinos. Otros creen que fue Rómulo, el fundador de Roma, quien instituyó la costumbre al regalar a Tácito unas ramas cortadas de un árbol del bosque de la diosa Strenia. Como esta divinidad era la que tradicionalmente concedía el vigor y la energía, el regalo fue considerado por Tácito como un buen augurio para el año que se iniciaba, y de este modo quedó establecido el hábito de los strenua o regalos de comienzo de año. Los druidas galos también iban a buscar por estas fechas el muérdago que luego distribuían entre los que creían en sus mágicas y protectoras cualidades, quienes, naturalmente, lo aceptaban como el mejor regalo para entrar en el nuevo año con buen pie.