Joaquín Díaz

Carta del director


Carta del director

Revista de Folklore

En tiempo de los moros

30-09-2018



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Cervantes, en sus Novelas ejemplares y más concretamente en «El casamiento engañoso», trae a colación un tema digno de comentario: se trata de la mención a ese tiempo mítico, diferente del cronológico, en el que las cosas sucedían de forma tan diferente al momento en que vivimos que todo quedaba nimbado por el halo de la fábula. Frente a ese tiempo en el que solamente por milagro podían suceder las cosas que sucedían y que semejaban invenciones poco dignas de crédito, se contrapone siempre la opinión de los incrédulos, aparentemente sensata y más cercana a la realidad. Es en esa tensión entre lo real y lo imaginado donde comienzan a desarrollarse los argumentos de los cuentos y leyendas. Cervantes hace hablar a los perros Cipión y Berganza, a los que denomina los perros de Mahudes del hospital de la Resurrección de Valladolid, para desarrollar una ficción que hace exclamar al licenciado Peralta: «Cuerpo de mí, si se nos ha vuelto el tiempo de Maricastaña, cuando hablaban las calabazas, o el de Isopo, cuando departía el gallo con la zorra, y unos animales con otros»…A menudo he escuchado este mismo argumento en boca de narradores de relatos populares, quienes, al dirigirse a su auditorio y para hacer notar que van a remontarse a tiempos lejanos y quiméricos, suelen describir a sus oyentes aquella época como «el tiempo en que hablabais todos los animalitos». Independientemente de que Maricastaña fuese una guerrillera gallega o la Auburn Mary –o María de pelo de color rojo castaña– que aparece en la recopilación de antiguos cuentos celtas publicada por Joseph Jacob (tomada de una recopilación anterior de John Francis Campbell), el tiempo en que se desarrollan todos esos hechos debe maravillarnos a la fuerza, porque milagrosamente se producían situaciones que más parecerían parte de un sueño en que los vegetales o los animales tuviesen voz que episodios de la realidad cotidiana.

Otra expresión que se usa frecuentemente para referirse a épocas remotas es «en el tiempo de los moros». Conocemos numerosas leyendas que descubren la existencia de moros y moras, habitantes de cuevas y oquedades a donde habrían llegado para proteger sus tesoros de la codicia de sus contemporáneos, pero que seguían viviendo en un tiempo ficticio y fabuloso en el que todo podía suceder y al que arrastraban a quien tenía la desgracia de verlos o toparse con ellos. Del mismo modo que la tensión entre el tiempo histórico y el tiempo mítico forzaba a la audiencia a viajar con el pensamiento entre la certeza y la fantasía, así el uso de una etimología podría zarandearnos entre la raíz y las ramas del árbol del lenguaje. Porque, ¿debemos quedarnos con la etimología latina de mauri para designar a los habitantes del norte de África o podemos dar por buena la griega de μαύρος, con el sentido de oscuro, que estaría más cerca de una interpretación de lo negro como tabú? Mejor aún ¿cabría remontarnos a esa lengua europea común en la que «mor» o «moor» significaba sitio oscuro y pantanoso –por tanto peligroso– donde podían tener lugar mágicas aventuras? Recordemos que en el cuento de «The battle of the birds» de la recopilación de Campbell, el cuervo lleva al hijo del rey por encima de seis «mountain moors». La función de un buen narrador es primordial en la comprensión de los cuentos porque explica de forma natural y sencilla lo que debe saberse de una frase o de una palabra, o bien elimina sin criterio un fragmento porque no se lleva lo que se dice en él o porque para el mismo cuentista ha perdido ya su significado.