Joaquín Díaz

Carta del director


Carta del director

Revista de Folklore

La astucia del zorro

30-12-2018



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Para viajar desde el lugar en el que vivo –en el pueblo vallisoletano de Urueña– hasta la capital de la provincia, Valladolid, tengo que atravesar el monte de la Espina (allí donde el Padre Luis Coloma situó el peculiar encuentro de Felipe II y Jeromín), una preciosa extensión de roble y encina, actualmente zona de reserva para muchos animales. Rara es la vez que, a lo largo de ese recorrido, no cruzan la carretera conejos de monte, perdices, las clásicas cogujadas o algún jabalí que baja a hozar y revolcarse en los charcos de gasóleo que dejan descuidadamente los agricultores y que le sirven para desparasitarse… Pero cuando algún día de otoño llueve mucho y se inundan las huras, aparece el compadre zorro buscando presas. Es un espectáculo verle cruzarse en nuestro camino, con el rabo en forma de huso como una estela horizontal. Cuando se pierde monte arriba, ágil, silencioso y desconfiado, me explico que haya sido para todos los creadores y narradores de cuentos, desde hace siglos, el símbolo de la astucia. Esa visión poco frecuente pero inolvidable me venía a la mente muchas veces mientras recogía relatos sobre zorros en los cuatro puntos cardinales de la península ibérica. No siempre le salían bien las cosas al raposo o la raposa, pero sus idas y venidas, sus tretas, sus encuentros con el ser humano, sus apuestas con el lobo o con el oso –quienes le doblaban en fuerza o ferocidad y a quienes vencía con su inteligencia aparentemente humana– fueron entretenimiento favorito de generaciones y generaciones. Así se aprendían las primeras lecciones de la vida, con pequeños relatos moralizantes que trataban de instruir a través de ejemplos sacados de la propia naturaleza o de las virtudes y defectos del individuo. Y uno de los defectos que siempre caracterizó la personalidad del ser humano y que le diferenció de otras especies, fue y es el egoísmo. Invocando perentorias necesidades, el individuo fue capturando y domesticando animales a lo largo de la historia para su propio provecho. En unos casos porque extraía de ellos beneficios directos o indirectos: de la vaca sacaba leche y asimismo le servía para arar, por ejemplo; de las palomas tomaba los pichones y usaba la palomina como abono; los cerdos le ayudaban a reciclar las sobras de alimentos y además le ofrecían el máximo de aprovechamiento... En otros casos porque le defendían de especies más molestas (el caso de perros y gatos que impedían que raposos, lobos o ratones invadieran el territorio «humano» o sus aledaños). También a veces por la admiración que despertaba su canto: recordemos los cuentos sobre el canto mágico de ruiseñores y otras especies a los que algún desaprensivo trataba de encerrar en una jaula para que cantasen sólo para él. O los altares del Corpus del interior de las catedrales en que se colocaban las aves para cantar al Santísimo y que fueron con el tiempo sustituidas por flautas de agua que tocaban los niños de la Doctrina...

Esa relación «natural» del ser humano con los animales le autorizaba a llamarlos, a imitar sus cantos o a traducir al lenguaje humano sus trinos, a respetarlos y perseguirlos, a adorarlos e incluso a comérselos si la ocasión o la circunstancia lo autorizaba.

En el caso de los animales «salvajes», algunos arrastraron una leyenda negativa y otros tuvieron más suerte. El oso, que fue animal fundamental en la creación de las primeras mitologías, pasó a refugiarse en el mundo de los cuentos y acabó siendo especie protegida en todos los sentidos posibles (las versiones de cuentos recogidas en los dos últimos siglos nos presentan a un oso llamado Juanitonto al que le suceden casi siempre desgracias por su falta de inteligencia). Todas las campañas de sensibilización actuales hacia la naturaleza o los animales serán incapaces de transmitir el sentido profundo de aquella sabiduría antigua, basada en la experiencia vital y en la fuerza de los principios contrarios del bien y del mal o de la astucia y la necedad.