Joaquín Díaz

Carta del director


Carta del director

Revista de Folklore

Reflexión horaciana

30-10-2019



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Antonio Muñoz, escritor del siglo XVIII, hizo en una tan deliciosa como olvidada novela titulada Morir viviendo en la aldea y vivir muriendo en la Corte un retrato de aquellos personajes incapaces de aportar nada positivo al lugar en el que viven, precisamente porque llevan en su interior la maldición que les inhabilita para mejores empresas que no sean un egoísmo feroz o un narcisismo exacerbado. Muñoz, autor de otra interesante obra –Aventuras en verso y prosa del Insigne poeta y su discreto compañero (Madrid, 1739)–, debió de estudiar en Salamanca y visitar Valladolid por las menciones tan precisas que hace de ambas ciudades y de sus costumbres. Lejos del bucolismo de un Teócrito o de un Virgilio que desde la corte describían las delicias idílicas de lo rural, Muñoz confirma que, en la vida corriente, suele haber dos tipos de personas, casi siempre inútiles para la sociedad: los que se empecinan en el limo de su ignorancia y viven en ella tan a gusto que no sienten la necesidad de abandonarla y los que se empeñan en huir de su destino y resbalan y caen por su misma precipitación. De ambas actitudes (que crean dos mundos, dos paisajes) da cumplida cuenta en la primera obra citada, cuyo interés –con independencia de los excursos filosóficos y de las descripciones costumbristas–, puede ser (como en el Quijote) la aceptación de que amo y criado, corte y aldea, literatura y tradición se necesitan aunque recelen unos de otros. La fiesta del pueblo vecino, a la que acuden el autor y su anfitrión –antiguos compañeros de cuarto en Salamanca– a los que se une un Barbero, es de antología, y recoge de forma magistral las exageraciones de una función de pueblo que, curiosamente, apenas ha variado de ayer a hoy en sus principales excesos: ruido, comida y bebida hasta el final del festejo, aunque las consecuencias terminen siendo fatales. El regreso en carro a casa tras la fiesta sirve de colofón a estas reflexiones y de invitación a la lectura de un texto dieciochesco (que por fortuna se puede encontrar en internet) para quien quiera comprobar hasta qué punto la Ilustración hizo poca mella en las costumbres tan arraigadas y antiguas de las poblaciones rurales.

Puede ser que nuevos e inevitables argumentos hayan tenido algo que ver con el inesperado y espectacular éxodo hacia el campo que estamos presenciando en los últimos tiempos en las sociedades occidentales, pese a que esas mismas sociedades –casi siempre con criterios capitalistas– pongan ahora el foco de atención en la despoblación del campo en vez de hacerlo en la superpoblación de los núcleos urbanos. Tal vez podría rastrearse el origen de ese pretendido remedio a los males actuales, en las antiguas sociedades de amigos del país, en las asociaciones excursionistas o en la propia necesidad del ser humano de volver a una vida más natural. En cualquier caso, un hecho es evidente: la mujer y el hombre de hoy precisaban más que nunca de un antídoto contra el veneno de la prisa y el medio rural se lo ofrecía, al menos en apariencia. Acostumbrados a ver marcharse sucesivamente a la nobleza, a los técnicos (maestros, médicos, curas, etc.) y al estado llano –la última emigración de los años sesenta los dejó prácticamente diezmados–, los pueblos observaron con curiosidad a esos nuevos vecinos que, muy frecuentemente, llegaban por necesidad o conveniencia con su carga de angustias y obsesiones, tan personales y arraigadas que rara vez encontraban cura, bien por una falta de equilibrio entre deseo y realidad, bien porque la única tierra a la que dedicaban sus desvelos era la de la propia psiqué. Y es que con insistencia cíclica ha vuelto el individuo sus ojos e inquietudes hacia el campo o hacia la naturaleza, esperando encontrar en esos ámbitos algo que no le proporcionaba su vida cotidiana: la paz interior. No es extraño, por tanto, que hayan sido preferentemente escritores, pensadores, poetas o moralistas quienes con más convicción hayan cantado las excelencias de esa relación ideal entre el individuo y el medio rural, relación que se dio de forma natural y equilibrada en un tiempo pretérito y que acaso nunca debió de perderse.