Joaquín Díaz

Carta del director


Carta del director

Revista de Folklore

Sin orden ni concierto

28-02-2021



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Cuenta Timoneda en su Sobremesa y alivio de caminantes que «Un tamborinero tenía una mujer tan contraria a su opinión que nunca cosa que le rogara podía acabar con ella que la hiziesse. Una vez, yendo de un lugar para otro porque havía de tañer en unos desposorios, y ella cavallera en un asno con su tamborino encima, al passar de un río díxole: ‘Muger, catad no tangáys el tamborino, que se espantará el asno’. Como si dixera ‘tañeldo’: en ser en el río sonó el tamborino, y el asno, espantándose, púsose en el hondo, y echó nuestra muger en el río. Y él, por bien que quiso ayudalle, no tuvo remedio. Viendo que se havía ahogado, fuela a buscar el río arriba. Díxole uno que lo estava mirando: ‘Buen hombre, ¿qué buscáys?’ Respondió: ‘A mi muger, que se es ahogada, señor.’ ‘¿Y contrario la havéys de buscar?’ Dixo: ‘Sí, señor, porque mi muger siempre fue contraria a mis opiniones’».
Las facecias de villanos y tamborinos son frecuentes en el Renacimiento. A partir de esa época comenzaron a denominarse «villanos» determinados tipos de bailes que identificaban por la forma de ejecutarlos a quien los escenificaba, como sucedía con la folía o la danza de espadas: en el primer caso, y teniendo en cuenta que el origen del baile parece portugués y que en dicho idioma «foliar» significa bailar al son del pandero o bailar brincando –ambas cosas peculiares de los aldeanos–, no puede extrañarnos que la folía fuese (al menos en su primera época) un baile ejecutado por rústicos y que éstos pareciesen padecer una locura transitoria. Respecto a la danza de espadas o de palos es evidente que tiene extracción campesina y toda la documentación existente a lo largo de más de cuatro siglos habla en favor de su origen aldeano: danzas de hortelanos, de segadores, de paloteo, fueron contratadas –con el acompañamiento habitual del tamboritero– una y otra vez por las cofradías organizadoras del evento más espectacular del año, es decir la procesión del Corpus, para que en ese ámbito escenificasen sus saltos y cabriolas, tan alejados siempre de la calma y el cuidado de los movimientos cortesanos. Todavía en el siglo xix hay autores que reflejan en sus obras el gusto ciudadano por ese tipo de danzas aldeanas que venían a recordar a la gente de la urbe los usos festivos comunes entre las personas de oficio y condición rústicas, todas ellas representadas por quien pisaba la tierra y además la trabajaba. Eran evidentes en todas esas manifestaciones ciertas señas de identidad, pues, aparte del atuendo, en la documentación existente se suele hablar de temas animados y alegres, de grandes retozos, de brincos y de zapatetas utilizados en la realidad y en la ficción en lugares a propósito (muy frecuentemente en torno a un olmo, por ejemplo). Juan de Esquivel, en sus Discursos sobre el arte del danzado, deja bien clara la diferencia entre este tipo de manifestaciones y las danzas de cuenta, más propias para «príncipes y gente de reputación» como él mismo dice. De lo movido y espontáneo de las coreografías de cascabel puede dar buen ejemplo la descripción de un Villano en el que el danzante «derribó con un pie un candelero que estaba colgado a manera de lámpara, dos palmos más alto que su cabeza».
En fin, que tales tipos de danzas tenían en común esa alegre locura que tan bien refleja Theodore de Bry en sus «Danzas campesinas y de Corte», donde aquellas aparecen representadas por siete parejas de aldeanos que, al son de los instrumentos, levantan sus pies sin orden ni concierto, como la mujer del tamborinero de Timoneda.