Joaquín Díaz

Carta del director


Carta del director

Revista de Folklore

Abotargados

28-02-2022



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Decía Caro Baroja, maestro en casi todo pero especialmente en la prudencia, que durante el antruejo, «un luperco embriagado, medio disfrazado, corriendo por las calles, azotando a la gente que se encuentra, recuerda a ciertos de los enmascarados que salen por época semejante en Europa». En efecto, muchos autores al hablar de las lupercales –fiestas de variada significación y curiosos rituales que tenían lugar a mediados de febrero entre los romanos– hacían referencia a las máscaras, a las carreras de algunos jóvenes (desnudos o disfrazados) y a los latigazos que atizaban, con tiras de piel de macho cabrío, sobre las manos de las mujeres que quisieran tener descendencia. La Edad Media revivió y difundió muchas de las extrañas costumbres romanas hasta el extremo de conseguir reimplantarlas o renovarlas, interpretando los ritos de acuerdo a las antiguas creencias religiosas de cada etnia y dando origen a un folklore local que se extendió por todo el continente ocasionando, ya llegado el siglo XIX, las más variadas interpretaciones. Por si alguien pudiese dudar acerca de la relación entre estas costumbres y el siempre presente simbolismo sexual, venía la Iglesia a recordar que no era apropiado durante la misa de San Esteban o de los Inocentes, recurrir a la «corruptela» de «fazer çaharrones», vistiendo otras caras distintas a las que el Señor nos quiso dar. En el Sínodo de Ávila de 1481, por ejemplo, se mencionaba que durante esos divinales oficios se hacían «homarraches», diciendo burlas y escarnios «y cosas torpes y feas y deshonestas de dicho y de fecho» provocando a la gente a la lascivia en vez de a la contemplación y al recogimiento. Fernando Nicolay, en su Historia de las creencias, subrayaba sin embargo que «el atractivo principal de esta clase de regocijos consistía en una tentativa, o mejor dicho en un sueño de igualdad, pues durante algunas horas confundíanse las categorías y las clases, hacíase burla de amos y jefes, se ridiculizaba la justicia y se faltaba a las leyes». Como puede observarse, interpretaciones para todos los gustos. En un medio rural con indudable apego por las antiguas tradiciones que casi siempre tenían que ver con la vida pastoril, se añadían las similitudes de los birrias, zorras, cachibirrias, cachidiablos y botargas (habitualmente dotados de un látigo que usaban contra los vecinos), con los raposos y con los lobos, animales también presentes en las lupercalia, de modo que el círculo se cerraba y se recurría al simbolismo de las bestias buenas o malas que podían influir sobre las cosechas y en consecuencia sobre la salud de las personas. Hay que recordar que, en tiempos de pandemias medievales, surgió una hermandad que terminó siendo una secta llamada de los flagelantes, que recurría a la autoflagelación para demandar el perdón divino y el cese de la peste negra, aquella enfermedad causada por un bacilo que se llevó por delante a la mitad de la población de Europa.