Joaquín Díaz

Editorial


Editorial

Parpalacio

Almanaque popular

30-12-2012



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La sociedad que vive hoy en Castilla y León ha iniciado el siglo XXI con un escaso bagaje identificativo. Si por identidad entendemos el conjunto de conocimientos y creencias que caracterizan a un grupo étnico o cultural y le diferencian de otros similares o cercanos, habría que reconocer que muchos de los datos que se pudieran aportar en ese sentido podrían aplicarse a los habitantes de Comunidades próximas y aun lejanas. La estructura administrativa provincial que ha funcionado durante casi dos siglos ha permitido mantener, sin embargo, un fuerte arraigo comarcal con ciertos matices diocesanos que hacen de nuestra Comunidad un curioso dédalo cultural en el que lenguaje, trabajo y costumbres siguen siendo las principales pautas.



Tienen fama los habitantes de nuestra Comunidad de hablar con mucha corrección el castellano. Las obras de Delibes han descubierto al mundo un tipo de personaje sabio y socarrón que rara vez desperdicia la oportunidad de aplicar un refrán o una coletilla adecuadas a cualquier conversación o circunstancia que se pudieran presentar. El uso ejemplar de los proverbios, sin embargo, es un arte que, si bien fue muy frecuente entre las gentes mayores hasta mediados del siglo XX, hoy es escaso. Requiere un dominio del lenguaje y de las fórmulas de expresión que parece inútil a las nuevas generaciones, decididas a convivir con los avances tecnológicos más sorprendentes pero despreocupadas del vocabulario como eje de la comunicación verbal. Hay que reconocer, sin embargo, que, pese a la poca importancia dada a la tradición oral como fuente de conocimiento, la situación ha mejorado últimamente, ya que algunos jóvenes buscan con interés sus propias raíces en el patrimonio tradicional, ése que tan natural y apropiadamente supieron transmitir los personajes delibeanos tan cercanos al medio rural.


Durante siglos, la dedicación o el oficio de cada persona no sólo sirvió para identificarle ante los demás -en los siglos medios le daba apellido y más tarde le hacía diferenciarse por su indumentaria- sino que le obligó a familiarizarse con unas herramientas y un vocabulario a cuyo perfeccionamiento se entregó generación tras generación. En este sentido, también da la sensación de que las nuevas generaciones que aún se mantienen en el medio rural y viven de sus recursos, orientan sus preferencias hacia lo "natural" y lo "auténtico", lo que está impulsando a muchos jóvenes a aprender y utilizar antiguas técnicas cuya lógica o sentido práctico las convierte en un tesoro actualizado. No poco ha tenido que ver en esa reconversión la propia publicidad de los productos alimenticios o de vestir, que considera signo de distinción ese entronque con el pasado.


Tal vez el hecho que más ha influido en la consideración de la tradición como fenómeno cultural, es el cambio producido en la comunicación y aprendizaje de los conocimientos antiguos, que pasan de ser "cultura vivida" –es decir, incorporada e integrada en la propia existencia- a ser "cultura aprendida" -esto es, vinculada a un tipo de aprendizaje o instrucción menos natural- aunque, como es evidente, mejor eso que nada. Justamente uno de los proyectos que va a abordar la Fundación en los próximos cuatro años, de forma sistemática, ordenada y plural, es una combinación de todos esos conocimientos en un instrumento que relaciona espacio y tiempo: el Almanaque popular. La propuesta de la Fundación es la creación de una página web que contenga un Almanaque Popular de Castilla y León en el que, de forma natural, actual y efectiva, se proponga un recorrido por los conocimientos y las tradiciones.



Los Almanaques fueron, desde su popularización en el siglo XV, libros pequeños y útiles, que pretendían conformar un tratado abreviado de todas las ciencias e incluso hacer alguna incursión en el campo de la adivinación, y que venían a integrar en un solo volumen los "repertorios" (libros en que se hacía relación de sucesos históricos notables), los calendarios y lunarios (con los días del año uno por uno y sus fiestas más celebradas según las fases de la luna) y los pronósticos (con predicciones sobre el tiempo atmosférico y algún horóscopo). A partir del siglo XIX, con la apoteosis del Romanticismo y la proliferación de viajes pintorescos, los Almanaques añadieron a todos aquellos propósitos la nueva pretensión de servir de guía y proporcionar datos estadísticos sobre personas, lugares y monumentos.