Joaquín Díaz

Editorial


Editorial

Parpalacio

El conocimiento de los astros

30-03-2013



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Rodrigo Zamorano, ilustre cosmógrafo nacido en Medina de Ríoseco y muerto en Sevilla, se distinguió, hacia el último cuarto del siglo XVI, por sus conocimientos sobre matemáticas y sobre navegación. Desde su cargo de instructor de pilotos en la Casa de Contratación de Sevilla desarrolló una actividad importantísima para el arte de navegar, aunque las insidias del cartógrafo Domingo de Villarroel introdujeran en el Sindicato de pilotos hispalense las dudas acerca del hecho de que un hombre que no se había embarcado fuese la persona adecuada para enseñar a pilotar una nave. Tras dos años de separación del cargo como consecuencia de esas insinuaciones, Zamorano pudo demostrar públicamente que sus conocimientos teóricos, superiores a los de la mayoría de los científicos de su tiempo, le bastaban para desarrollar las funciones que el cargo requería.


En su Cronología y reportorio de la razón de los tiempos, obra publicada años antes del litigio, ya había insistido Rodrigo Zamorano sobre la necesidad de observar el cosmos, relacionar los signos de la luna con el tiempo atmosférico, estudiar las estrellas, advertir en animales y plantas movimientos augurales y todo ello sin el menor asomo de esoterismo, simplemente haciendo uso del sentido común y del correcto juicio: “Tuvieron los filósofos por cosa muy importante y de grandísimo momento, el conocimiento de la mudanza de los tiempos y variación del estado del aire, así para la salud y vida de los hombres y de todas las cosas como para la agricultura, navegación y milicia”, escribe en la obra citada, impresa en Sevilla. Al cosmógrafo le sirvieron de gran ayuda todos aquellos pormenores y detalles, grabados en su memoria durante la infancia riosecana, que revelaban unas causas y unos efectos entre los cambios lunares, la actitud de personas y animales, las necesidades de la tierra cultivable y el mejor resultado en las cosechas. Hoy sería un error grave ignorar que obras como la de Rodrigo Zamorano, Victoriano Zaragozano o Jerónimo Cortés, reimpresas una y otra vez hasta el siglo XX, fueron el libro de cabecera para labradores y pastores durante cinco siglos, además de la principal fuente de conocimiento para sus oficios y los mejores consejeros a la hora de efectuar las labores y trabajos del ciclo anual. El éxito de Zamorano y la perdurabilidad de sus asertos se derivan del hecho, recomendado en su tratado, de no fiarse de un solo fenómeno sino de la relación entre varios para extraer de todos ellos una consecuencia. Esta forma de registrar y recordar hechos cíclicos en forma de experiencias concordantes, catalogadas y fijadas en la memoria de las personas, alimentó la riqueza y variedad de las expresiones populares hasta límites nunca jamás superados. El lenguaje, el conocimiento, las creencias, bebieron así de un venero mágico cuyas ricas aguas, convertidas en cultura y consecuentemente en identidad, han sobrevivido hasta nuestros días gracias a la perfecta integración de esa aptitud (aptitud para interpretar de forma inteligente y práctica el entorno), en la vida de los individuos.


El Renacimiento resucita esa visión global y antigua que coloca al ser humano en un cosmos en el que toros, peces, cangrejos, escorpiones, cabras, leones y centauros son reconocidos con solo mirar al firmamento, desde donde influyen con su presencia sobre el organismo y la vida del hombre. Sol, luna y estrellas se personifican adoptando rostros humanos y los cuatro elementos –tierra, aire, agua y fuego- hacen de intermediarios de los planetas para incidir de algún modo en los seres que habitan la máquina del mundo. De esa manera inteligente y cósmica es más sencillo explicar lo mágico, dando a la superstición el sentido etimológico de “supervivencia”, es decir, de algo antiguo y sin embargo respetado.


La pérdida paulatina a lo largo del último siglo de esos conocimientos que interpretaban de forma cercana el universo, ha sido irreparable. Nadie con autoridad ha sido capaz de explicar convincentemente el error en que se incurría al menospreciar esa sabiduría contrastada y eficaz. La tecnología ha ensoberbecido de tal modo a la sociedad que se ha decidido prescindir de aquellas preguntas eternas –origen de los mitos y de los relatos tradicionales- que hacían pensar al individuo, para quedarse sólo con las respuestas que la ciencia oficial podía “certificar”. La consigna ha sido: “el pasado ya no es necesario para el futuro”. Sin embargo, el interés creciente de las nuevas generaciones hacia sus raíces -las visitas a nuestro Almanaque se multiplican- está demostrando hasta qué punto la educación tradicional, práctica y funcional, era coherente por estar basada en una vetusta trama sobre la que tenía sentido entretejer la urdimbre vital para dar pleno sentido a la existencia.