Joaquín Díaz

Editorial


Editorial

Parpalacio

Observación del cielo

30-09-2014



-.-

La antigüedad clásica estuvo siempre preocupada por la relación del individuo con su entorno. Es más, trató, por medio de la filosofía, de encontrar en el cielo, o sea en el espacio ocupado por los dioses, un reflejo de las leyes naturales que regían en la tierra. Para ello hizo uso de la observación, permitiendo al ser humano percibir y asimilar los elementos de su entorno usando los sentidos. El Renacimiento resucitó esa visión global y antigua que colocaba al ser humano en un cosmos en el que toros, peces, cangrejos, escorpiones, cabras, leones y centauros eran reconocidos con solo observar el firmamento, desde donde influían con su presencia sobre el organismo y la vida del hombre, así como sobre los lugares que habitaba. Sol, luna y estrellas se personificaban adoptando rostros humanos y los cuatro elementos tradicionales –tierra, aire, agua y fuego- hacían de intermediarios de los planetas para incidir de algún modo en los seres que habitaban la máquina del mundo. De esa manera inteligente y cósmica era más sencillo explicar lo mágico en el terreno de las creencias, dando a la superstición el sentido etimológico de «supervivencia», es decir, de algo antiguo y sin embargo respetado.

La pérdida paulatina a lo largo del último siglo de esos conocimientos que interpretaban de forma cercana el universo, ha sido irreparable. Nadie con autoridad ha sido capaz de explicar convincentemente el error en que se incurría al menospreciar esa sabiduría contrastada y eficaz. La tecnología ha ensoberbecido de tal modo a la sociedad que se ha decidido prescindir de aquellas preguntas eternas –origen de los mitos y de los relatos tradicionales- que hacían pensar al individuo, para quedarse sólo con las respuestas que la ciencia oficial podía «certificar». La consigna ha sido: «el pasado ya no es necesario para el futuro». Sin embargo sigue teniendo gran importancia esa relación entre las creencias y la técnica, práctica habitual en siglos pasados en la que hubo tan grandes maestros, de los que siempre se puede aprender.

Si hay dos publicaciones en castellano que pueden competir en ventas con el Quijote en sus diferentes ediciones, esas dos son la cartilla de las primeras enseñanzas y el calendario zaragozano. Baste decir que de la primera -de ese Catón elemental y escueto- se imprimieron más de 70 millones de ejemplares sin contar las ediciones piratas, perseguidas y condenadas por la Iglesia, en concreto por la Catedral de Valladolid, que era la que tenía el privilegio de la impresión a partir del siglo XVII para subvenir a los gastos de su construcción. Del segundo, del almanaque Zaragozano (llamado así en honor de Victoriano Zaragozano, uno de sus primeros editores), se podría hacer un congreso para analizar todos aquellos calendarios ibéricos que comienzan a hacer fortuna en el siglo XV, con el primer Renacimiento, sobre todo a partir de la publicación en Portugal y España respectivamente de dos títulos, debidos al judío Zacuto y al bachiller Hoces. El primero se tituló Almanach Perpetuum Celestium Motuum y, aunque se publicó primero en hebreo bajo el título de Compilación Magna, apareció después en latín tras la salida de España de su autor en 1492. Como profesor de astronomía en Salamanca tal vez tuvo Zacuto el privilegio de escuchar a Colón e incluso de denegar su proyecto. De hecho hizo incursiones en el arte de la navegación perfeccionando el astrolabio aunque finalmente fuesen los navegantes portugueses los que se beneficiasen de sus avances al haber sido expulsado de España y haber buscado protección en la corte de Lisboa.

La reforma del calendario por el papa Gregorio XIII se basó en el resultado de un concurso convocado por el mismo pontífice entre muchos astrónomos cristianos para rectificar los inconvenientes del calendario juliano. Las Tablas de epactas se aprobaron por la Iglesia en 1582. En ellas Aloigi Giglio, autor primero de dichos cálculos, había presentado un proyecto en el que combinaba el calendario solar con las revoluciones de la luna por medio de la epacta o edad de la luna al empezar el año.

Uno de los primeros sabios en percibir la importancia de ese cambio en el calendario fue el riosecano Rodrigo Zamorano, cosmógrafo de Felipe II. Zamorano, nacido en Ríoseco y muerto en Sevilla, se distinguió, hacia el último cuarto del siglo XVI, por sus conocimientos sobre matemáticas  y sobre navegación. Desde su cargo de instructor de pilotos en la Casa de Contratación de Sevilla desarrolló una actividad importantísima para el arte de navegar, aunque las insidias del cartógrafo Domingo de Villarroel introdujeran en el Sindicato de pilotos hispalense las dudas acerca del hecho de que un hombre que no se había embarcado fuese la persona adecuada para enseñar a pilotar una nave. Tras dos años de separación del cargo como consecuencia de esas insinuaciones, Zamorano pudo demostrar públicamente que sus conocimientos teóricos, superiores a los de la mayoría de los científicos de su tiempo, le bastaban para desarrollar las funciones que el cargo requería.

En su Cronología y reportorio de la razón de los tiempos, obra publicada años antes del litigio, ya había insistido Rodrigo Zamorano sobre la necesidad de observar el cosmos, relacionar los signos de la luna con el tiempo atmosférico, estudiar las estrellas, advertir en animales y plantas movimientos augurales y todo ello sin el menor asomo de esoterismo, simplemente haciendo uso del sentido común y del correcto juicio. Escribe Zamorano en la obra citada, impresa en Sevilla: «Tuvieron los filósofos por cosa muy importante y de grandísimo momento, el conocimiento de la mudanza de los tiempos y variación del estado del aire, así para la salud y vida de los hombres y de todas las cosas como para la agricultura, navegación y milicia». Al cosmógrafo le sirvieron de gran ayuda todos aquellos pormenores y detalles, grabados en su memoria durante la infancia ríosecana, que revelaban unas causas y unos efectos entre los cambios lunares, la actitud de personas y animales, las necesidades de la tierra cultivable y el mejor resultado en las cosechas. Hoy sería un error grave ignorar que obras como la de Rodrigo Zamorano, Victoriano Zaragozano o Jerónimo Cortés, reimpresas una y otra vez hasta el siglo XX, fueron el libro de cabecera para labradores y pastores durante cinco siglos, además de la principal fuente de conocimiento para sus oficios y los mejores consejeros a la hora de efectuar las labores y trabajos del ciclo anual. El éxito de Zamorano y la perdurabilidad de sus asertos se derivan no sólo de su capacidad para observar su entorno sino también del hecho, recomendado en su tratado, de no fiarse de un solo fenómeno y contrastar la relación entre varios para extraer de todos ellos una consecuencia. Esta forma de registrar y recordar hechos cíclicos en forma de experiencias concordantes, catalogadas y fijadas en la memoria de las personas, alimentó la riqueza y variedad de las expresiones populares hasta límites nunca jamás superados. El lenguaje, el conocimiento, las creencias, bebieron así de un venero mágico cuyas ricas aguas, convertidas en cultura y consecuentemente en identidad, han sobrevivido hasta nuestros días gracias a la perfecta integración de esa aptitud (aptitud para interpretar de forma inteligente y práctica el entorno), en la vida de los individuos.