Joaquín Díaz

Editorial


Editorial

Parpalacio

Uso de las hierbas

30-12-2014



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Dino Valls: Filum. Óleo sobre tabla, 2013

La Fundación agradece al artista que nos permita reproducir su obra

www.dinovalls.com

Las Crónicas de los Reyes de Castilla están plagadas de ejemplos en los que el protagonismo de las "yerbas" es significativo y letal. La época de la últimamente tan televisiva Reina Isabel, es como para sospechar de todo y de todos. Su hermano, por ejemplo, denominado "el Inocente" por el poeta Jorge Manrique que alabó la excelencia de su Corte arevalense, se ve obligado a dejar la Villa por el temor a una peste que se declara en ella, y viene a morir poco después en Cardeñosa por unas hierbas con que le adoban una trucha. Mosén Diego de Valera, que escribe el "Memorial de diversas hazañas", no duda en reseñar que los muchos niños que fallecieron casi al mismo tiempo que su señor natural en tierras de Segovia y Ávila se iban de este mundo confesando su alegría por poder reunirse en el otro con su rey que tendría poco más de catorce añitos en el momento del óbito.

El uso de venenos hechos con hierbas que se mezclaban con comida es tan frecuente que faltaría tiempo y lugar para documentarlo, sin embargo sí destacaremos que, al igual que en nuestros tiempos los virus informáticos se tratan de corregir con antivirus que casi inmediatamente están sobrepasados por nuevos virus, las triacas del siglo XVI eran menos numerosas que las eficaces ponzoñas. Paracelso, por ejemplo, describe un contraveneno que, aparentemente, se puede aplicar a diferentes tóxicos: "Se ponen a calentar, en un mismo cazo, alcohol y tártaro a una suave pero constante temperatura. El tártaro llega a destilar una especie de aceite rojizo, dotado de propiedades particulares. Este aceite es el indicado como excelente contraveneno para el caso. Tómense cuatro sorbos, con ligeras intermitencias". Lo que propone Paracelso, en realidad, es una solución de alcohol con tartrato ácido de potasio, una sal del ácido tartárico que se extraía de la costra formada en los recipientes en que fermentaba el zumo de la uva. Poca cosa para una buena cicuta o para un potente eléboro negro.

Diego Enríquez del Castillo, en su Crónica del rey Don Enrique IV no menciona directamente las hierbas venenosas y prefiere achacar a más altos misterios y profundos secretos la causa de la muerte del Maestre de Calatrava, Pedro Girón -señor de Urueña-, cuando va a toda prisa a casarse con Isabel: "E así, como el Maestre de Calatrava viniese con aquel propósito de casar con la hermana del Rey, e no queriendo Dios lo concertado, e no dando lugar a tan gran falsedad, súpitamente le tomó en el camino el mal de la muerte, en tal manera que dentro de diez días murió"... A buen entendedor...

Sin embargo tenemos ejemplos abundantes de que no todas las hierbas eran dañinas. El doctor Andrés Laguna, médico del papa Julio III, dedicó un enorme esfuerzo a comentar adecuadamente la obra clásica de medicina y venenos escrita en el siglo I por Dioscórides. En el prólogo de su traducción, Laguna confiesa las cuestas que tuvo que subir y bajar, los barrancos y despeñaderos por los que tuvo que transitar hasta hallar las especies comentadas y aun los desvelos que le costó solicitar de lejanos países las que no encontraba, con el consiguiente gasto y preocupación. Laguna era gotoso, al igual que el pontífice al que servía, y se tomaba tan en serio su profesión y sus dolencias que llegó a escribir: "Mirad en qué peligros están nuestras vidas, pendientes del albedrío de algunos idiotas, que en lugar de remedio confortativo os dan muy eficaz ponzoña"...

El célebre científico segoviano que estudió la materia medicinal de muchas hierbas y plantas y que comentó el ya mencionado tratado, aseguraba que la verbena, también llamada peristereon o incluso hierba sagrada, "se denominaba así por ser útil para purgar la casa de adversidades si se colgaba en algún lugar visible. Además de esto, hervida en aceite y aplicada servía para resolver los dolores de cabeza antiguos y pertinaces, así como para fortificar los miembros inferiores, soldar las venas rotas y despedir por sudor los cuajarones de sangre recogidos en alguna parte del cuerpo.

Otras plantas, como el corazoncillo o el helecho, de las que se aseguraba que sólo florecían la noche de San Juan, tenían aplicaciones diversas, bien recién cortadas, bien desecadas. Respecto al helecho, el Doctor Laguna tiene un párrafo que es un testimonio inexcusable del uso de las hierbas para todos los fines -incluso los mágicos-, pues escribe: "No puedo disimular la vana superstición, abuso y grande maldad (no quiero decir herejía), de algunas vejezuelas endemoniadas, las cuales tienen ya persuadida a la gente de que la víspera de San Juan, a la media noche en punto, florece y grana el helecho. Y que si el hombre no se halla allí en ese momento, se cae su simiente y se pierde, la cual simiente alaban para infinitas hechicerías. Yo digo a Dios mi culpa, que para verla coger, una vez acompañé a cierta vieja lapidaria y barbuda tras la cual iban otros muchos mancebos y cinco o seis doncelluelas mal avisadas, de las cuales algunas volvieron dueñas a casa. Del resto no puedo testificar otra cosa sino que aquella madre reverenda y honrada, pasando por el helecho las manos -lo cual no nos era a nosotros lícito- nos daba descaradamente a entender que cogía cierta simiente, la cual, a mi parecer, se había llevado ella misma en la bolsa, aunque también pudiera ser que realmente se desgranase el helecho entonces, pues por todo el mes de junio están aquellos flecos en su fuerza y vigor..."

Laguna recomendaba que casi todos los remedios que hubiera que tragar se mezclasen con vino, consiguiendo una bebida un poco más aceptable que la simple poción. También Luis de Ávila diferencia los vinos y sus efectos por el color y la edad: "El vino es licor diverso tanto en virtud como en color y calidad, porque así como hay diferencia entre color y color y entre claro y no claro, hay diferencia entre añejo y nuevo y entre dulce y agrio, y como se diferencian en estos accidentes, así también en sus efectos y calidades, de tal manera que lo añejo es caliente en el tercer grado y lo nuevo en el primero, y lo que participa de lo uno y de lo otro es en el segundo: así lo dice Galeno... Lo blanco que es muy claro y acuoso y muy simple es más húmedo y menos cálido. Lo que es turbio o cetrino o dorado participa más de calor... Lo tinto grueso hace hinchamiento en el estómago y lo dulce asimismo, y no es bien digestible, y el dulce es más aparejado a laxar el vientre, y es de menos fuerzas que lo que no es dulce, y lo dulce añejo es convenible a pasiones de pecho, pulmones, vejiga, riñones y semejantes. Lo que es estítico algo áspero es más aparejado a hacer o causar dolor de cabeza, como dice Serapio: lo ácido, cuanto más agrio tanto es más frío y seco y apartado de la complexión natural del vino, que es ser caliente... El vino acuoso, en color simple, en sabor sutil y en licor dice Galeno que naturalmente tiene en su virtud familiaridad a la agua y casi como ella da sustancia".

No sabemos si este párrafo del doctor de Ávila tendrá que ver con la costumbre de bautizar al vino, practicada por algunos vinateros para rebajar el grado y por otros para obtener mayores beneficios, y que dio origen a aquel refrán que dice: "Vino bautizado no vale un cornado; vino moro, plata y oro". El cornado era una moneda que duró hasta el reinado de los Reyes Católicos, de cuyo escaso valor cabe deducir el poco aprecio que se le tenía al vino aguado. "Agua al vino es desatino"; lo mismo que si la operación se efectúa en sentido inverso, pues "Quien echa vino al agua, de dos cosas buenas hace una mala". Tal vez provengan estas paremias del hecho de que bajo tales circunstancias pierde el vino muchas de sus perfecciones, atenuándose su acción tónica y eliminándose su capacidad diaforética, cualidad que dio origen al famoso proverbio "Al catarro con el jarro", pues el enfermo que bebía vino caliente con romero y espliego macerados sudaba más y por tanto sanaba antes. Ésta y otras razones hicieron exclamar a nuestros antepasados "Con aceite y vino bueno, media botica tenemos", dando a entender no solamente que ambos productos eran primordiales para una correcta alimentación, sino que además podían ser utilizados como bálsamo. Recordemos que ya el buen samaritano, en el capítulo décimo del Evangelio de San Lucas cura al pobre maltratado vendando sus heridas tras haber echado en ellas "aceite y vino". El Doctor Laguna aseguraba que "todo género de aceite, comúnmente, calienta. Molifica el vientre, y preserva de frío el cuerpo". Por eso decía una paremia médica: "Aceite y vino, bálsamo divino", subrayando otra: "Cuidado con la llaga que el vino no sana", por desconfiar de la herida con la que no pueden las virtudes antisépticas, coagulantes y cicatrizantes de un buen zumo fermentado.

Sobre la fermentación tiene una curiosa disertación otro tratadista del siglo XVI, Diego Gutiérrez de Salinas, quien en sus Discursos del pan y del vino del Niño Jesús, afirma: "Al tiempo de cocer del vino tinto es bueno echarle cuatro onzas de pimienta de la negra redondilla que se ha de echar a medio moler, porque es fresca y pica y da sabor y olor al vino tinto y échenle a vuelta unas cáscaras de naranjas. Y si es vino blanco échenle gengibre y rosas secas y muchas cáscaras de peros de eneldo y camuesas y las cáscaras del limón, todo esto cocido con un poco del mosto de la misma tinaja hasta que se mengüe la tercia parte y dejarlo enfriar toda una noche y al sereno, que le dé todo el frescor, y luego a la mañana echarlo en la tinaja y hierva el vino blanco y luego cubrirlo por un día muy bien y será el vino bueno y oloroso; y si lo quisieren hacer esto cuando lo trasiegan y mudan a la bodega, es también bueno, pero ha de ir colado el vino, porque con el tiempo largo no se vengan a corromper aquellos peros o cascas y dañen la madre, que al fin es ella el alma del vino". Del vino blanco dice que es conveniente "echarle un poco de yeso de espejuelo para que lo purifique y sazone porque el vino blanco es caliente y seco y el yeso frío y húmedo".

Francisco Franco, en su Tractado de la nieve y uso della, escribe sobre la ventaja de conservar en frío los alimentos y sobre la conveniencia de preparar y filtrar el agua cuando ha de suministrarse a los enfermos que sufren un estado febril. Al hacerlo, tal vez sin proponérselo, nos está proporcionando la noticia de cómo combinaban a comienzos del siglo XVI algunas carnes con sus respectivas salsas: "Sabemos que el condimento del cabrito es pebre (pimienta, ajo, perejil y vinagre), y del conejo el salmorejo, y el de la ternera es el adobo del ajo, y de los capones asados es salsa de pavo, y para todos, las naranjas, y para los lenguados el vinagre y para los lechones su salsa y para las liebres lebrada. Y en fin, cada mantenimiento tiene su forma de guisarse y su condimento. ¿Por qué la bebida no tendrá la misma prerrogativa en tener su preparación?. La cual es coger el agua y colarse y enfriarse por la mejor manera que pudiese ser y ésta es, a mi ver, el enfriarse con nieve".