Joaquín Díaz

Editorial


Editorial

Parpalacio

Los animales amigos

30-06-2017



-.-

Desde Calila y Dimna, aquellos dos «lobos cervales» hermanos que narraban sus propias historias, los relatos han sido el mejor y más entretenido medio que han tenido nuestros progenitores para enseñarnos a no ser tontos de vocación y a que los animales sean nuestros mejores maestros. Habrá que recordar que no es por casualidad.

Los lobos encajan muy bien en los relatos y éstos parece que están hechos para los lobos, que se sienten tan a gusto en ellos como en el monte. Algo de lo que bien podríamos aprender nosotros, los humanos, que mostramos por naturaleza un recelo hacia el entorno que nos rodea, sobre todo si no somos capaces de controlarlo o dominarlo. El pánico a los animales salvajes que pueden causarnos daño está perpetuado en el cuento de Caperucita, por ejemplo: sólo el leñador, es decir el dominador del bosque, capaz de sortear sus trampas y de aprovecharse de sus recursos, es quien finalmente puede romper el maleficio y matar al lobo, que se ha comido a la niña (por ignorante o inocente ante el peligro) y previamente a la abuela (demasiado vieja para defenderse del ataque). ¿Es casualidad que Caperucita estuviese en el bosque? Ni hablar, ya sabemos que su madre la había mandado de recadera porque su abuela vivía en otro pueblo. Además Perrault, que fue quien más mano metió en los cuentos para usarlos en beneficio de sus teorías, aprovecha para comparar al lobo en su moraleja final con esos caballeretes desvergonzados que se acercan a las caperucitas y les prometen el oro y el moro para luego dejarlas a la primera ocasión que se les presente.



Nada es nuevo ni casual, por tanto, en los cuentos, pero mucho menos lo es el aspecto que toman sus protagonistas en nuestro imaginario. Para formar la imagen que hoy tenemos de Cenicienta o del barón Munchausen o del Coco o de Gulliver o de tantos otros personajes que adornaron nuestras infancias y adornan hoy mismo las de tantos millones de niños, tuvo que existir una pléyade de artistas, que soñaran en color e imaginaran el aspecto de los protagonistas de los relatos.

Podría decirse sin miedo a pecar de exagerado que la historia del cuento en castellano es como la médula de esa estructura ósea que sostiene la literatura en lengua española. No es necesario insistir tampoco en que la Disciplina clericalis de Moshe Sefardí, el Calila et Dimna o El conde Lucanor son libros fundamentales, independientemente de su género, que continúan con la antigua tradición -heredada de los semitas- de cultivar ese tipo de narración breve en la que va implícita una enseñanza moral. Los siglos XV y XVI contemplan colecciones de cuentos escritos a la moda italiana, más satíricos que ejemplarizantes, pero conteniendo muchos elementos del carácter e idiosincrasia de los españoles. Melchor de Santa Cruz, Juan de Arguijo y otros van a preparar con sus obras el camino que vendrá a recorrer posteriormente Cervantes, quien en la introducción de algún libro suyo se atribuyó el privilegio de haber sido el primero que escribió novelas en lengua castellana, y no podemos olvidar que novela - bien lo sabía don Miguel- significaba "cuento" en italiano, y además cuento inventado, salido del ingenio del autor, a diferencia de las patrañas o pastrañas, relatos de pastores que sólo podían aspirar a ser recogidos a veces por plumas diligentes que convirtieran esas "trazas fingidas" en "lindas amplificaciones" como dijera Timoneda en la presentación de su Patrañuelo. Y es justamente Cervantes quien introduce en la significación de la palabra patraña, inocente y familiar durante la Edad Media, el concepto de la duda sobre la veracidad de lo narrado: ¿Es saludable creer en mentiras, por antiguas que sean? -parece preguntarse el creador de ese personaje que precisamente enloqueció por crédulo-. Nuestros ilustrados vendrán un siglo y pico después a elevar a categoría de ley lo que sólo era una sospecha para don Miguel. Así, y seguramente preocupados por la intencionalidad y el efecto que la carga moral y didáctica que llevaban esos relatos -sobre todo aquellos que se transmitían de viva voz y acompañaban los primeros pasos del individuo- podían ejercer sobre el pueblo, decidieron poner manos a la obra y crear pulcras colecciones de cuentos y fábulas al estilo de las que Perrault había reunido en lengua francesa para poder ser narradas incluso al lado de una cuna. La misma preocupación asaltó a muchos escritores románticos, desde Fernán Caballero a Antonio de Trueba, para quienes sólo existían dos tipos de narración: el histórico y el de costumbres, y que reivindicaban el uso del término "relato" pues cuento les seguía sonando a falsedad.

Podríamos decir, pues, que el cuento ha tenido mala prensa y buenos lectores, interesando y preocupando a unos y otros, tanto por lo que se decía en él como por la manera en que se hacía.

¿Cuál es la moraleja que presentan hoy los cuentos a nuestra consideración? Pues una muy hermosa. Uno puede ser junco y servir -entretejido con otros- para formar un asiento; o ser junco y quedar en soporte de cohete o de fuego artificial; o ser junco y hacer de vara para disciplinar espaldas ajenas; sin embargo, también puede ser junco y seguir en la ribera del río viendo pasar el agua de los tiempos, pero clavado en el mismo lugar en el que la vida le hizo brotar. Aspirando el aire conocido o absorbiendo la fuerza nutricional a través de la raíz, hasta en el caso de que la rodee el légamo más espeso y pegajoso.