Joaquín Díaz

Editorial segundo trimestre 2022


Editorial segundo trimestre 2022

Parpalacio

La biblioteca de la Fundación

30-06-2022



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Un reciente reportaje en el periódico La Nueva España de Asturias, firmado por Tino Pertierra, mostraba algunos de los tesoros que la Biblioteca de la Fundación guarda acerca del Principado.

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Artículo en La Nueva España


Lo mismo podría decirse, sin embargo, de innumerables documentos y libros de otras Comunidades y provincias pues, si algo se ha pretendido desde hace muchos años desde esta institución es poder ofrecer una documentación lo más completa posible acerca del estudio de la tradición y las costumbres en la Península Ibérica. Se atribuye a Cicerón la frase «Si hortum in bibliotheca habes, deerit nihil», sentencia con la que el escritor romano venía a recomendar que el estudio y el desarrollo de la mente no descuidaran la atención al cuerpo y su alimentación. Los libros alimentan el pensamiento y desarrollan un órgano tan complejo como el cerebro. Ya han pasado de 50.000 los libros y documentos que albergan las estanterías de nuestra Biblioteca y casi tantos son asimismo los recuerdos que cada libro o pliego suscita, porque una biblioteca no es un cúmulo de ejemplares amontonados en anaqueles sino una fuente viva de sensaciones provocadas por la memoria de esos mismos documentos: su adquisición, su lectura, su asimilación, su catalogación… Todas las fases de ese proceso por el cual un libro entra en una biblioteca y ocupa su exacto lugar, tienen sus anécdotas y, habitualmente, su recompensa.

Hace poco tiempo recibía una nota de un librero de viejo asturiano que me agradecía la adquisición de un pequeño y curioso ejemplar con tres poesías de Juan Menéndez Pidal. En mi contestación le recordaba que, de todos los miembros de la familia Pidal, Juan era el único al que no había conocido, y sin embargo guardaba un gran respeto y admiración por su trabajo que, en cierto modo, motivó que su hermano Ramón dedicara tanta atención a la tradición oral y al Romancero. Llegué a saludar a Don Ramón antes de que falleciera, sus hijos Gonzalo y Jimena me ayudaron con sus textos a conocer mejor el siglo XIX español o los Autos de Navidad (recuerdo el afecto con que Jimena me recibió en su casa para darme datos sobre la historia del general Mambrú en los romances), traté al nieto de Don Ramón, Diego Catalán, y hasta llegué a recoger en algún pueblo perdido de los Ancares los apuntes que había olvidado en la visita a una casa haciendo trabajo de campo, porque su sabiduría estaba desposada con el despiste… Cada uno de los libros del Seminario Menéndez Pidal trajeron a los estantes de mi biblioteca el esfuerzo colectivo de un equipo entusiasta que trabajó denodadamente por la memoria de España y del hispanismo. ¿Cómo considerar una biblioteca solo como una sucesión de tomos o volúmenes que se apilan sin vida en las baldas de un mueble? Si Dios y la naturaleza me proporcionan la salud suficiente, trataré de terminar un texto sobre todos aquellos libros que han tenido una importancia destacada en mi vida, que han sido muchos y muy notables.

Borges escribió –mejor dicho, supongo que pronunció, y luego se lo escribieron– que «el libro es una extensión de la memoria y la imaginación», y yo añadiría, con permiso del ilustre escritor, que también es una prótesis imprescindible de nuestro propio cuerpo. Conviene no tenerlo lejos físicamente. Es absolutamente necesario sostenerlo y mirarlo. Leerlo y asimilarlo, pero siempre a la distancia adecuada, la medida humana, la medida del brazo. En suma, tener en las manos el libro que vayamos a leer y contemplarlo con admiración por lo que significa, y añadiría más: hay que sobarlo y olerlo. Una de las características físicas –tal vez sería más apropiado decir organolépticas– que distinguen a un libro (aparte del papel, de la encuadernación, del diseño o del propio contenido), es el olor.

Decía el novelista Ray Bradbury que el olor de un libro nuevo sólo puede compararse con el que despide un libro viejo, que es mejor todavía. Y no me refiero ahora al olor que se desprende de la microencapsulación, técnica tan usada hoy día, por la cual una página de un libro o de una revista puede oler a lo que uno quiera gracias a unas gotas de cualquier tipo de fragancia que se descubren al frotar la capa de resina plástica que las protege; tampoco me refiero al olor del papel de las páginas, que procede de una mezcla de tinta, de lignina y de vainilla a la que viene a adherirse poco a poco el polvo del tiempo, sino a ese efluvio mucho más sutil que despide la esencia de un libro, nos permite conocer mejor su temática y nos transporta a un mundo distinto al cotidiano.

En ese sentido, de los libros emanan dos esencias fundamentales: por un lado, la esencia del tiempo, es decir, no sólo los recuerdos proustianos que nos podrían retrotraer al pequeño placer de revivir la infancia, sus imágenes y emociones, sino también todos aquellos elementos algo menos íntimos que hemos tenido ocasión de compartir con muchos de nuestros coetáneos, o con quienes nos precedieron o siguieron, en un destino común y en un espacio concreto.

Eso y mucho más es una biblioteca. Hace más de seis años escribí para la Revista Mi Biblioteca un breve texto en el que resumía los contenidos de la que durante años ha sido mi estancia favorita y cuyos fondos he recogido y comprado con personal empeño. A ese esfuerzo personal han venido a contribuir en tiempos recientes las aportaciones de particulares que, por medio de donaciones o depósitos han acrecentado y mejorado el caudal hasta convertir el conjunto en una de las mejores bibliotecas españolas sobre antropología y etnografía.