30-06-2026

Venimos del caos: los antiguos identificaban la palabra con el abismo o el vacío de cuya profunda oscuridad procedíamos, según la interpretación de distintas filosofías. Frente a esa ausencia de norma o de orden, el género humano fue creando paulatinamente el ordo, una forma de identificar las cosas y colocarlas adecuadamente, de modo que sirvieran para aliviar nuestra inseguridad. Los conocimientos actuales, el mundo de la aparente información en el que vivimos, nos transmiten una sensación que las nuevas generaciones vuelven a denominar caos. Tal vez el problema, si es que lo hay, radique en que esa sensación no les produce inquietud; más bien, por el contrario, se percibe en ese confuso y desordenado vacío, un gozo similar al que dicen sentir los astronautas cuando disfrutan de la ausencia de materia o de la ingravidez. Sin duda nuestro cerebro ha ido perdiendo peso también y el kilo y medio que daba soporte a la capacidad intelectual ha sufrido una peligrosa reducción.
En el fondo, sin embargo, la costumbre nos salva, por liviana que sea su entidad para nuestra vida diaria. Seguimos celebrando fiestas y nos acordamos de las mismas porque suelen ir unidas a un nombre, a una época del año, a un elemento de la naturaleza o a una forma de ejemplarizar conductas. El calendario enlaza cifras con prácticas y tradiciones que nos identifican, al tiempo que parecen asegurar nuestra continuidad en sus ciclos.
La autoridad del antropólogo José Luis Alonso Ponga nos regala, en el libro recientemente publicado por esta Fundación, un rosario de fiestas y costumbres entrelazadas que explican de forma amena y sencilla los orígenes y evolución del rico almanaque tradicional.