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Constituye la Semana Santa la conmemoración más relevante de todo el año litúrgico, días en los que rememoramos los últimos momentos de la vida de Cristo, que culminan de manera esplendorosa en el Domingo de Resurrección, jornada rezumante de alegría para el orbe cristiano, símbolo perenne de la victoria de la vida sobre la muerte y de la luz sobre las tinieblas, que el misterio de la Redención del Género Humano trae consigo.
La fiesta que nos ocupa desde sus orígenes siempre estuvo impregnada de un alto contenido dramático, algo que no nos debe extrañar si tenemos en cuenta que las manifestaciones teatrales tienen en los cultos religiosos sus comienzos, sírvanos como ejemplo las fiestas que se celebraban en honor al dios Dionisos, hijo de Zeus y Sémele, símbolo de la vida vegetal y una de las divinidades más destacadas en la religión de la antigua Grecia.
A lo largo del medievo se sigue conmemorando la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, a la cual contribuyeron notablemente las órdenes mendicantes, como la Orden de Predicadores y, sobre todo, la franciscana que tiene en la figura de su fundador, Francisco de Asís (1182-1226), a un segundo Salvador o al Espejo de Cristo, como lo denominara el célebre historiador, filósofo y periodista británico Gilbert Keith Chesterton (Londres, 1874-Beaconsfield, 1936) al escribir la biografía del Poverello de Asís. Es en el período medieval, cargado de teocentrismo y oscurantismo, cuando surgen las primeras cofradías penitenciales, que potenciarán también la celebración. En este momento se fundan confraternidades religiosas como la cofradía de la Santa Vera Cruz de Zamora, para muchos la más antigua de España, o la cofradía de Jesús Nazareno (vulgo El Silencio) de la capital andaluza, cuyas reglas fundacionales datan del año 1356[1].
El teatro, como ya hemos comentado, jugó un papel fundamental a la hora de fomentar las manifestaciones culturales de carácter pasionario con sus teatros de misterio, en los que un gran número de actores recorrían multitud de pueblos y ciudades, encarnando los personajes que rodearon a Cristo en los últimos momentos de su vida terrenal. Constituía la puesta en escena de estas representaciones dramáticas uno de los mayores entretenimientos para una sociedad que vivía atada al yugo del trabajo que impuso el sistema feudal en los días del medievo.
En cuanto al rito que nos ocupa, conviene señalar que para la puesta en escena del mismo se llevó a cabo una interesante serie de crucifijos articulados en madera policromada, fundamentalmente entre los siglos xiv-xvi, y localizados en su mayoría en el área que se corresponde con el antiguo Imperio Romano-Germánico. Se trata de tallas que se caracterizan por un marcado patetismo, profundo rictus de dolor y grandes llagas, destacando especialmente la del costado derecho (Fig. 1), presentando asimismo brazos y cuellos articulados, e incluso, en algunos ejemplares, ojos que se abren y cierran[2].
Hemos de indicar que la primera ceremonia del descendimiento de la que se tiene constancia documental tuvo lugar en la iglesia de la Real Abadía de benedictinas de Barking, en Essex, cerca de Londres (Inglaterra), el Viernes Santo del año 1370, siendo abadesa la Rvda. M. Catalina de Sutton (1358-1376), a quien la crítica especializada considera la primera dramaturga del Reino Unido y autora del mencionado drama litúrgico (Depositio) escenificado en la Real Abadía[3]. La efigie articulada con la que se llevó a cabo el ritual, anónima y muy probablemente de origen germano, lamentablemente no ha llegado hasta nosotros[4]. Posteriormente, y merced al notable influjo ejercido por el teatro de los misterios surgido en Francia, el ritual llega a nuestro país; en primer lugar, a Cataluña y Aragón, extendiéndose por el resto de la Península Ibérica[5] y, con posterioridad, a los antiguos virreinatos americanos. La trascendencia del ritual paralitúrgico del Viernes de la Cruz en el Nuevo Mundo queda puesta de manifiesto merced a la notable serie de crucifijos articulados comisionados por las corporaciones penitenciales, efigies que hoy atesoran parroquias y conventos de México, Perú y otros países hispanoamericanos[6].
Así, consta documentalmente que la ceremonia pronto comenzó a llevarse a cabo en Castilla (Valladolid[7], Palencia[8], Salamanca, Zamora[9]); Extremadura (Cáceres)[10]; Galicia[11], Sevilla[12], urbe en la que la ceremonia fue prohibida sin mucho éxito por el cardenal arzobispo de Sevilla Fernando Niño de Guevara (1541-1609) en el sínodo de 1604[13]; y Murcia (Cartagena, Lorca, Cehegín y Alhama)[14], entre otros lugares[15].
Valioso testimonio plástico de este ritual en la Península Ibérica lo constituye el conjunto de imágenes de Cristo articuladas que han llegado hasta nuestros días, que fueron realizadas ex profeso para protagonizar la ceremonia del descendimiento en la jornada del Viernes Santo[16]. Sirvan de muestra, entre otros ejemplares de interés, el Cristo de los Gascones, datado en el siglo xii y conservado en la iglesia segoviana de San Justo; el Crucificado del siglo xiii que se custodia en la iglesia-museo del Salvador de Toro (Zamora); el ejemplar conservado en el convento de Santa Clara de Palencia; el célebre y muy devoto Cristo de Burgos, realizado en el siglo xiv que, procedente del cenobio agustino de la capital burgalesa, hoy se venera en su capilla de la catedral de Burgos[17]; el Cristo gótico de Lebrija (Sevilla), articulado en el barroco para el rito; y las efigies malagueñas localizadas en Antequera, de mediados del siglo xvi, y el Yacente de Archidona, tallado por el antequerano Diego de Vega (doc.1569-1583) en 1578[18]. Nos encontramos ante una serie de simulacros cristíferos, dotados de gran realismo y patetismo, cuyo fin primordial no era otro que el de conmover al fiel devoto que se postraba a orar ante ellos o presenciaba con emoción el rito del desenclavo. Con el fin de conseguir este propósito, las tallas mostraban diferentes postizos: pelo y barba de cabello natural, ojos de cristal, dientes de marfil, uñas de asta de toro, corcho para simular las excoriaciones epidérmicas, vidrio para lágrimas y gotas de sudor, corona de espinas naturales e, incluso, un mecanismo que hacía brotar sangre del costado derecho, así como la piel de búfalo que cubre su anatomía, como acontece en el referido Cristo de Burgos[19].
Conviene señalar que es a finales del siglo xvi y, especialmente durante la siguiente centuria, coincidiendo con el barroco, cuando la conmemoración del drama del Calvario alcanza su cenit, al definirse plenamente los rituales y la liturgia de la Cuaresma y Semana Santa en las sesiones del Concilio de Trento, celebrado en dicha urbe italiana entre 1545 y 1563[20]. La celebración de la Pasión y Muerte de Cristo tendrá un especial desarrollo en España, debido a unos condicionantes socio-económicos determinados, los cuales harán que la Semana Mayor se torne en una de las fiestas religiosas más destacadas, junto con la del Corpus Christi.
Las órdenes religiosas y las cofradías penitenciales realizaron innumerables encargos a los talleres más prestigiosos de imaginería del momento, obradores que se encargaron de formar valiosos pasos procesionales que aún hoy recorren las calles de la geografía nacional durante estos días. En otros casos se sustituyeron las antiguas imágenes de cartón-piedra y lino que se deterioraban con facilidad. Las hermosas tallas que salieron de la gubia de Juan de Juni (1506-1577), Gregorio Fernández (1576-1636) o Juan de Mesa (1583-1627), por citar solo algunos, siempre eran acompañadas de sus cofradías y hermandades, con sus hermanos de sangre y luz, cada vez que aquéllas salían a la calle. Estas corporaciones de penitencia, según palabras del recordado Dr. Martín González,
[…] se llamaban de disciplinantes, por el uso de la mortificación en privado y en público, muy especialmente en la procesión. Esa mortificación llegaba a lo cruento, con derramamiento de sangre, por afán de emular la Pasión de Cristo, modelo del cofrade[21].
De esta manera los cofrades proclamaban su fe católica en culto público, algo que se vio intensificado durante la Contrarreforma, como un acto para reafirmar el catolicismo frente a la reforma protestante. La fuerza que alcanzaron los postulados tridentinos en nuestro país se debe al hecho de que el rey Felipe II aprobó el Concilio como ley del Reino en Pragmática del año 1564. Al año siguiente son notificados los dictados del Concilio a las parroquias del archipiélago canario, siendo aceptados en febrero de 1565 por el Cabildo Catedralicio de Santa Ana de Canaria.
En lo concerniente a la celebración del rito en las Islas Canarias, hay que indicar que desde la segunda mitad del Quinientos arribaron o se tallaron en las mismas, fundamentalmente en Tenerife -desde 1819 perteneciente a la Diócesis de San Cristóbal de La Laguna-, una serie de interesantes crucificados articulados destinados a presidir la ceremonia del descendimiento. Algunos de ellos fueron ejecutados para cofradías de penitencia con sede canónica en parroquias, mientras que otros fueron realizados para órdenes religiosas, especialmente la franciscana, tan afecta a los sagrados misterios de la Pasión y Muerte del Redentor. Al primer grupo pertenecen creaciones como el novohispano Cristo de la Misericordia de la parroquia de Santa Ana, de la Villa y Puerto de Garachico, ejecutado antes de 1584 en papelón y cuyos brazos no están articulados sino serrados[22], como los tiene, entre otros, el Cristo de Fuentes de Nava (Palencia)[23]; el Cristo de la Misericordia de la parroquia de Santa Úrsula de Adeje (antes de 1665), hoy desprovisto de las articulaciones[24]; las efigies conservadas en las parroquias de Santiago Apóstol de Realejo Alto, San Pedro Apóstol de Güímar (ca. 1650-1700)[25] y Virgen de la Luz de Los Silos, actualmente Cristos Yacentes; el Cristo de la Dulce Muerte de la parroquia de la Virgen de la Luz de Guía de Isora, templo al que llegó en 1787 procedente de San Cristóbal de la Habana (Cuba)[26]; así como el simulacro habanero -hoy en día un Cristo Yacente- que se venera en la parroquia de La Concepción de la capital tinerfeña, datado en 1796[27].
En el segundo grupo se incluye la mayoría de los ejemplares conservados, caso del Cristo custodiado en el convento dominico de La Laguna, talla quinientista germano-flamenca provista también de cuello articulado; las efigies de los cenobios franciscanos de San Lorenzo de la Villa de La Orotava, tallado en Sevilla antes de 1620[28]; y San Juan Bautista de Puerto de la Cruz, obra documentada de Domingo Pérez Donis (1604-1645)[29]; así como para el convento agustino de San Sebastián de Icod de los Vinos, trabajo en pasta de maíz de los indios tarascos del estado mexicano de Michoacán, donado al cenobio por Inés Montes de Oca en 1587, tras el óbito de su esposo Gaspar de Torres[30].
En lo que a los conventos y parroquias matrices de Los Realejos respecta, tanto la de la Concepción de Realejo Bajo como la del Apóstol Santiago de Realejo Alto, sus celebraciones en torno a la Santa Cruz (Invención, 3 de mayo; Triunfo, 16 de julio; y Exaltación, 14 de septiembre) y la Semana Santa se remontan al siglo xvi[31]. No debemos olvidar que la Cruz, signo de la salvación del Género Humano, ha presidido el segundo de estos templos, erigido en parroquia en 1498, desde sus primeros momentos. La Santa Cruz, ante la que se celebró el primer sacrificio de la Eucaristía en la primavera de 1496, en presencia del primer Adelantado Mayor de Canarias y Capitán Alonso Fernández de Lugo (†1525), se conserva aún bajo el reticulado argénteo de la bella Cruz de altar, confeccionada por el platero Juan Ignacio de Estrada con la plata obtenida de la fundición de una antigua Cruz procesional en 1677. Según los inventarios parroquiales, el templo disponía de otras varias cruces de mano, algunas cubiertas de plata, con las que se celebraba la festividad de la Invención de la Santa Cruz cada 3 de mayo, fiesta reconocida por el Arciprestazgo del Valle de Taoro el 3 de julio de 1889.
La parroquia matriz y consagrada de La Concepción, de Realejo Bajo, contó en el pasado siglo, entre sus numerosos oficios y funciones de Semana Santa, con una emotiva ceremonia que se desarrollaba en las primeras horas de la tarde del Viernes Santo. Nos referimos al acto del Descendimiento de Nuestro Señor Jesucristo de la Cruz, rito que ponía en escena ante la atenta mirada de la feligresía el piadoso gesto que tuvieron los Santos Varones José de Arimatea y Nicodemo al bajar de la cruz el cadáver de El Redentor.
Dicha ceremonia paralitúrgica ha de verse como el resultado del proceso de recuperación y cristianización de antiguas manifestaciones teatrales, que llevó a cabo la Iglesia con el propósito de evangelizar y acercar los sagrados misterios de la fe a los fieles. Esta labor contó con la aprobación y el apoyo de algunas de las más notables figuras de la Iglesia Católica, caso de San Agustín, obispo de Hipona († 430), y el prelado de Nola San Paulino († 431)[32]. Si bien es cierto que el ritual halló amplia acogida en el ámbito hispano, fundamentalmente durante el Barroco, pronto contaría con algunos detractores en el siglo xviii. Éste fue el caso, entre otros documentados, de los obispos canarios ilustrados fray Juan Bautista Cervera i Signes, O.F.M. (Gata de Gorgos, Alicante, 1707-Cádiz, 1785) y Antonio Tavira Almazán (Jaén, 1737-Salamanca, 1807), quienes decidieron prohibirla[33]. Así, el prelado Tavira, al prohibir en 1795 la ceremonia que se llevaba a cabo el Viernes Santo en la parroquia de Nuestra Señora de la Luz, en la Villa de Los Silos (Tenerife), justifica tal prohibición por considerarla «una representación de farsa y tramoya»[34]. Para lograr su objetivo los prelados se apoyaron en algunas disposiciones reales, caso de la Real Cédula de Fernando VI de 11 de junio de 1765, que perseguía eliminar los autos sacramentales y las comedias de Santos en los templos, y la Real Orden de Carlos III de 20 de febrero de 1777, que prohibió la presencia de los disciplinantes y empalados en las procesiones, así como los bailes en las iglesias[35]. A estas disposiciones hemos de sumar la Real Resolución de 17 de marzo de 1784, por la que desaparecieron muchas confraternidades de penitencia que escenificaban el ritual del Desenclavo, mientras que otras corporaciones se vieron obligadas a someterse a la autoridad real.
En cuanto al acto del Descendimiento de la Semana Santa de Realejo Bajo, indicamos que se celebraba en torno a las tres de la tarde, momento de la expiración de El Salvador, una vez finalizado el Sermón de las Siete Palabras, que solía predicar algún religioso por invitación del párroco. La imagen era descendida por miembros de la Venerable Hermandad del Santísimo Sacramento, y, una vez bajada del madero, se procedía al besapiés y veneración de la misma por parte de los numerosos parroquianos que habían presenciado el solemne ritual. Este acto de piedad popular se llevaba a cabo utilizando una bella imagen barroca de Cristo Crucificado que, en un principio ubicado en un sencillo retablo emplazado entre las capillas de Los Afligidos y la de El Nazareno, pasó luego a coronar el tabernáculo del altar mayor. Hemos de advertir que originariamente la talla no disponía de brazos articulados, recurso necesario a la hora de escenificar el sagrado misterio, por lo que fue necesaria su adaptación para que cumpliese a la perfección su cometido durante la función vespertina del Viernes de la Cruz. De esta tarea se encargó el que fuera párroco de La Concepción de Realejo Bajo, el lagunero Rvdo. D. Antonio Rodríguez Bello (1941-1945), a quien se debió la iniciativa de realizar la emotiva ceremonia, la cual vino a enriquecer el ya de por sí variado programa de cultos y procesiones de la Semana Mayor de este pueblo. Así, este párroco, según nos manifestó el desaparecido canónigo realejero D. José Siverio Pérez (1928-2019), decidió llevar la imagen del Crucificado al taller lagunero del carpintero D. Rafael Delgado Rojas, hermano de D. Cristóbal Delgado Rojas, párroco de Ntra. Sra. de La Luz de la Villa de Los Silos y condiscípulo de Rodríguez Bello, con el deseo de que aquél hiciese los trabajos pertinentes para adaptar el devoto simulacro al ritual. Estos trabajos se vieron complementados con los realizados por las señoras De Solís, pintoras amateurs de La Laguna, que se encargaron de estucar y policromar la talla tras la intervención efectuada por el referido carpintero.
No ha de extrañarnos el hecho de que el Rvdo. Rodríguez Bello quisiese celebrar la ceremonia del Descendimiento de la Cruz tan pronto como llegó a nuestra parroquia, sobre todo, si tenemos en cuenta su gran afición por el teatro y los autos sacramentales. Prueba de ello es asimismo que este sacerdote se esforzara y dispusiera todo lo necesario para celebrar en la misma parroquia el acto de la Adoración del Niño Jesús por los Reyes Magos, simplificando para ello el largo texto (1215 versos) que cada víspera de La Epifanía del Señor se interpreta aún en el Auto Sacramental de los Reyes Magos de Tejina, versión de La Infancia de Jesu-Christo, original de fray Gaspar Fernández y Ávila (1785), que fue representado por primera vez el 5 de enero de 1904. Hay que indicar que de la parroquia tejinera de San Bartolomé Apóstol procedía el Rvdo. Rodríguez Bello cuando fue destinado a la de Realejo Bajo, trayendo consigo el texto del referido auto sacramental de Tejina, el más antiguo que se conserva en las Islas.
Al mismo párroco se debió la iniciativa de enriquecer los tronos procesionales de la Pasión, mejorar el vestuario de las imágenes y sustituir las flores artificiales por las naturales, labores emprendidas con el fin de organizar en aquella primera mitad de la década de los cuarenta la primera Procesión Magna del Santo Entierro la tarde del Viernes Santo, tras el acto del Descendimiento. En este vistoso cortejo procesional desfilaron todos los pasos con los que hasta aquel momento contaba la Semana Santa de este pueblo[36], pues hasta los años treinta sólo habían procesionado en el Santo Entierro seis de ellos: San Juan Evangelista, San José de Arimatea, San Nicodemo, Santa María Magdalena junto a la Cruz de Plata, el Cristo Yacente en la Urna y la Virgen de la Soledad[37].
Desaparecida la talla del Cristo en el incendio que asoló el templo matriz de Realejo Bajo, el 5 de noviembre de 1978, la ceremonia no volvió a celebrarse hasta el año 2007. En efecto, con motivo de la restauración de la hermosa capilla del calvario parroquial el citado año (Fig. 2), recinto ubicado desde el siglo xvi en el pago de San Vicente, otrora lugar del Calvario, la imagen del Crucificado tuvo que ser bajada de la cruz para ser depositada en un domicilio particular de dicho barrio. Esta circunstancia llevó a un grupo de jóvenes feligreses a plantearle al párroco de Realejo Bajo la posibilidad de trasladar el Cristo a la parroquia para, una vez allí, recuperar la antigua ceremonia del Descendimiento de la Cruz en la tarde del Viernes Santo, tal y como se había celebrado unos setenta años antes[38]. Esta posibilidad, tras ser planteada y analizada en una reunión mantenida con el Rvdo. Párroco D. Juan Manuel Batista Núñez en la Casa Parroquial, se hizo finalmente realidad. Así, la noche del Viernes de Lázaro, 23 de marzo de 2007, la imagen del Santísimo Cristo del Calvario fue trasladada a hombros de varios cofrades, en devoto Via Crucis Penitencial, desde la ermita de San Vicente Mártir hasta la parroquia de La Concepción (Fig. 3). Fue éste un acto que se caracterizó por el profundo silencio que guardaron los fieles durante todo el trayecto, quienes acompañaron al Cristo portando cirios mientras meditaban las catorce estaciones del Via Crucis. Señalamos que para el traslado se utilizó el antiguo trono, las cuelgas de terciopelo granate y las borlas de oro de la urna del Cristo Yacente, así como su rica sábana, elaborada en tul bordado con las Insignias de la Pasión en hojilla de oro, y el cojín pintado, elementos gentilmente cedidos por el que fuera mayordomo del paso, D. José Hernández Siverio. El trono se completó con los cuatro faroles lignarios que porta el paso del Señor del Huerto en la procesión del Lunes Santo.
Tras la llegada de la efigie a la parroquia, la misma fue colocada durante unos días en el altar mayor, estando flanqueada por las imágenes de San Juan Evangelista y Ntra. Sra. de los Dolores, las cuales formaban la escena del calvario. Finalmente, el Viernes Santo 6 de abril, tras la conclusión de los oficios litúrgicos de ese día, y con el templo en penumbra, el sagrado simulacro fue desenclavado y bajado lentamente del Santo Madero, habiendo sido a continuación mostrado a su Madre Dolorosa por algunos miembros de la Venerable Hermandad Sacramental. Al tiempo que se desarrollaba el ritual, el ya citado M. I. Sr. D. José Siverio Pérez, Canónigo Doctoral Emérito de la Catedral de La Laguna, pronunciaba el sermón que daba cuenta del misterio que en aquel momento se representaba en el presbiterio del templo mayor de Los Realejos.
Hay que indicar que para el perfecto desarrollo de la ceremonia fue necesaria la construcción de algunos enseres, como las dos escaleras de madera, confeccionadas por los carpinteros y tallistas locales D. José y D. Manuel Hernández Siverio, y un largo y blanco sudario, tejido que fue elaborado por Dª Rosa Marina Plasencia García. En cuanto a la cruz, en la primera edición de 2007 el Cristo fue descendido de la antigua cruz de tea que la imagen tenía en la capilla del calvario, mientras que al año siguiente la talla fue bajada de una gran cruz ejecutada por los referidos carpinteros, obra que fue donada por un feligrés. A esta nueva cruz se suman la corona de espinas y las tres potencias de metal plateado que el Cristo estrenó en la Semana Santa de 2008, trabajos que han sido realizados de manera artesanal por jóvenes cofrades colaboradores de la parroquia.
El rito del desenclavo en la actualidad
Actualmente, la imagen del Cristo del Calvario sigue siendo trasladada como Yacente, en las mismas parihuelas, desde la ermita de San Vicente Mártir, Copatrón del municipio, a la parroquia matriz cada Viernes de Lázaro. Cuando llega al templo es colocada en la cruz en el presbiterio, junto con las efigies de la Virgen de los Dolores, San Juan Evangelista y Santa María Magdalena, constituyendo la escena del Calvario ante el imponente velo negro que cubre el retablo mayor desde el Domingo de Pasión hasta el Sábado Santo (Fig. 4). En ese lugar permanece hasta el Miércoles de Pasión, cuando es retirada y reservada en la sacristía de la epístola hasta la noche del Jueves Santo, momento en que de nuevo es situada en el presbiterio.
La ceremonia del descendimiento tiene lugar la tarde del Viernes Santo, en torno a las 18,30 horas, una vez concluida la Celebración de la Pasión y Muerte del Señor. En ese momento, los concelebrantes se retiran a la sacristía mayor para dejar los ornamentos litúrgicos rojos, propios de la referida celebración, y revestirse con los negros o morados para el rito del desenclavo. Seguidamente, salen al altar mayor acompañados por varios acólitos revestidos con sobrepellices o roquetes y sotanas, y también algunos miembros de la Venerable Hermandad del Santísimo Sacramento, cuyo origen se remonta al siglo xvi, que intervienen en la ceremonia ataviados con sus hopas rojas.
Mientras el sacerdote invitado va predicando sobre los últimos momentos de la Pasión, dos acólitos suben por las escalas de madera apoyadas en el patibulum de la cruz, flanqueada en esa tarde por los tronos procesionales con las imágenes de los Santos Varones José de Arimatea (Fig. 5) y Nicodemo (Fig. 6), obras del escultor sevillano Álvaro Abrines Fraile (2017 y 2019), que sustituyen a las desaparecidas en el referido incendio[39]. Los ministros del altar, provistos de tenazas, martillo y sudario, retiran la corona de espinas, los clavos de las manos y el del pie. Se trata éste de un momento que, tal y como ocurriera en los días del barroco, rezuma una intensa emoción, a la que prestan su valioso concurso algunos recursos dotados de una relevante carga sensorial, como el silencio que invade las naves del templo, la penumbra que envuelve al mismo, las numerosas velas de las hachas de los cofrades, la voz del predicador y los penetrantes martillazos (Fig. 7).
Una vez desclavado del santo madero, el simulacro cristífero, con el blanco sudario bajo las axilas, es descendido lentamente por los acólitos que simulan ser los referidos Santos Varones (Fig. 8). La efigie, con los brazos replegados junto a los costados, es recogida por los miembros de la Hermandad Sacramental que aguardan al pie de la cruz, quienes la presentan ante la imagen de Nuestra Señora de la Soledad (Fig. 9), colocada en su trono bajo dosel a la derecha del altar, y, a continuación, es trasladada a la sacristía. En este recinto es cambiada por la talla del Cristo Yacente (Ezequiel de León, 2002) que, envuelta por el sudario, es conducida a lo largo de la nave central (Fig. 10) hasta la hermosa Urna del Santo Entierro (Fig. 11)[40], que se sitúa ante el baptisterio. Se trata de una sobria y solemne procesión fúnebre en la que toman parte los acólitos, algunos portando cirios o faroles; seis hermanos del Santísimo Sacramento, que tienen el honor de portarla sobre sus hombros; y, cerrando el cortejo, los sacerdotes revestidos con capas pluviales.
Cuando la procesión llega a la Urna, a la imagen del Cristo se le retira el sudario y es puesta en la misma. Finalmente, se le coloca la kipá y las tres potencias (Fig. 12)[41] que lucirá en la Procesión del Santo Entierro, cortejo en el que participan los siguientes pasos: San Nicodemo, San José de Arimatea, La Piedad, Santa María Magdalena, San Juan Evangelista, Cristo Yacente y Nuestra Señora de la Soledad. Cuando regresa al templo se desarrolla en el altar mayor la conmovedora Ceremonia del Santo Entierro y, seguidamente, la Procesión del Silencio con la Virgen de la Soledad (Fig. 13).
El Cristo del Calvario: una talla articulada del barroco al servicio de la piedad
El Stmo. Cristo del Calvario (Fig. 14) es una efigie realizada en madera policromada (175 x 163 x 40 cm.), crucificado con tres clavos y provisto de brazos articulados que muestra a El Salvador ya muerto. El simulacro llama la atención por su tamaño, enjuta anatomía y el sereno patetismo, de íntima expresividad, que rezuma su rostro, en el que el anónimo imaginero ha plasmado unas finas e inclinadas cejas, ojos almendrados y semicerrados, boca entreabierta con dientes y lengua tallados, así como una barba bífida. En cuanto a su cabeza, inclinada y ligeramente ladeada hacia la diestra, destaca la talla del pelo, resuelta a base de finas acanaladuras paralelas, y, sobre todo, el gran mechón que cae por el lado derecho (Fig. 15). El perizoma o paño púdico, anudado sobre la cadera derecha, ha sido resuelto con maestría, mostrando una interesante hechura en la consecución de los pliegues del tejido, labor que le imprime cierto grado de naturalismo.
Con respecto a su autoría, si bien en publicaciones anteriores la habíamos relacionado con los obradores de la floreciente Villa y Puerto de Garachico, datándola entre las postrimerías del Quinientos y los inicios del siglo xvii[42], una contemplación más cercana y detenida de la pieza, con motivo de su incorporación a la Semana Santa en 2007, nos ha inducido a emparentar sus características formales con la estatuaria salida de los afamados talleres garachiquenses en el comedio del Seiscientos. En efecto, la recogida expresividad que emana de su rostro, algunos aspectos faciales y la labra del cabello evidencian ciertos paralelismos formales con la labor desarrollada en algunas esculturas del gomero Francisco Alonso de la Raya (1619-1690)[43]. Éste es el caso del Cristo del Calvario de La Laguna (Fig. 16), ubicado en el Calvario de San Lázaro y procedente del cenobio de MM. Clarisas de San Diego de Alcalá, de Garachico[44], y sobre todo el arcaizante Cristo de las Aguas venerado en la iglesia conventual de San Francisco de Asís, de Icod de los Vinos (Fig. 17), inspirado en el gótico Cristo de La Laguna y tallado por Alonso de la Raya en 1643[45], el cual comparte algunos grafismos con el Crucificado franciscano de Los Realejos. Sirvan de ejemplo el tallado del cabello, marcado con recorrido lineal; las finas cejas inclinadas, en lugar de arqueadas; los ojos almendrados y entornados, la boca entreabierta en un rictus de dolor que potencia más si cabe el dramatismo que supone el instante de la expiración, así como la desviación de las piernas hacia la izquierda. Estos grafismos nos invitan a adjudicar la paternidad artística del otrora Crucificado de los franciscanos realejeros al reputado imaginero de La Gomera, discípulo del manchego-sevillano Martín de Andújar Cantos (1602-1673), hacia los años centrales del siglo xvii.
La talla fue originariamente ejecutada para la iglesia de los franciscanos descalzos del convento de Santa Lucía de Los Realejos, cenobio fundado en enero de 1610[46], y, tras la desamortización de los bienes conventuales, decretada en 1836 por el ministro de Hacienda Juan Álvarez de Mendizábal (Cádiz, 1790-Madrid, 1853), el simulacro fue trasladado al calvario de la parroquia matriz de Realejo Bajo, recinto donde continuó celebrándose el ritual durante algunos años[47]. El traslado de la talla tuvo lugar en 1823, tras la solicitud concedida al párroco de La Concepción D. Pedro Próspero González Acevedo por el canonista Dr. D. José Hilario Martinón Hernández (1775-1843), Vicario Capitular diocesano (1822-1824), Provisor del Obispado y Juez de la Santa Cruzada.
A modo de conclusión, indicamos que el simulacro cristífero de los franciscanos realejeros gozó de gran devoción entre los vecinos del lugar, causando asimismo honda impresión en el que fuera V Prelado de la Diócesis de San Cristóbal de La Laguna Dr. D. Nicolás Rey Redondo (Burgos, 1834-San Cristóbal de La Laguna, 1917). El mismo concedió cuarenta días de indulgencia a todo devoto que rezase un Credo ante la imagen del Cristo del religioso y simpático Calvario del Realejo Bajo, según consta en la carta manuscrita en 1901 por el citado Obispo Nivariense, que hemos hallado en el Archivo Parroquial de Realejo Bajo[48].
José Cesáreo López Plasencia
Profesor, Lcdo. en Filología (Universidad de La Laguna) e historiador del Arte
ORCID ID: https://orcid.org/0000-0002-7506-467X
Gobierno de Canarias
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NOTAS
[1] Alfredo José MARTÍNEZ GONZÁLEZ, «La fundación de la Hermandad de Jesús Nazareno en el siglo xiv y sus Reglas de 1356: rastreo archivístico y análisis documental», Boletín de la Archicofradía de Jesús Nazareno, núm. 159, septiembre (2022): 60-73.
[2] Johannes TAUBERT y Gesine TAUBERT, «Mittelalterliche Kruzifixe mit schwenkbaren Armen: Ein Beitrag zur Verwendung von Bildwerken in der Liturgie», Zeitschrift des Deutschen Vereins für Kunstwissenschaft, núm. XXIII (1/4) (1969): 79-121.
[3] Anne BAGNALL y Jesse D. MANN, «The Liturgical Dramas for Holy Week at Barking Abbey», Medieval Feminist Forum. Subsidia Series, núm. 3 (2014): 4.
[4] Karl YOUNG, The Drama of Medieval Church (Oxford: Oxford University Press, 1932), Vol. I, 164 y ss.; Johannes TAUBERT, Farbige Skulpturen. Bedeutung, Fassung, Restaurirung (Múnich: Callwey, 1978), 38-43.
[5] Juan GÓMEZ LUIS-RAVELO, «El Descendimiento, una ceremonia de origen medieval en Ycod», Semana Santa (1995): s. p.
[6] Susan Verdi WEBSTER, «The Descent from the Cross in Sixteenth-Century New Spain», en The Dramatic Tradition of the Middle Ages, ed. Clifford Davidson (Nueva York: AMS Press, 2005), 245-261; Nelson E. PEREYRA CHÁVEZ, «Las Tres Horas y el Desenclavo de Cristo: una representación de la Semana Santa de Ayacucho (Perú)», en La Semana Santa: Antropología y Religión en Latinoamérica III. Representaciones y ritos representados: desenclavos, pasiones y vía crucis vivientes, ed. José Luis Alonso Ponga, Fernando Joven Álvarez y María Pilar Panero García (Valladolid: Ayuntamiento de Valladolid, 2017), 63-73.
[7] J. Ignacio FOCES GIL, «La Tercera Orden y el Descendimiento de Villavicencio de los Caballeros», El Norte de Castilla, Valladolid, 3-IV-1985; Antonio SÁNCHEZ DEL BARRIO, «El rito del Descendimiento en la Villa de Olmedo (Valladolid)», Revista de Folklore, núm. 127 (1991): 23-26; José Luis ALONSO PONGA (coord.), La Semana Santa en la Tierra de Campos vallisoletana (Valladolid: Grupo Página, 2003), 36-39 (Tierra de Campos), 39 (Becilla de Valderaduey y Melgar de Abajo, ceremonia perdida), 328-332 (Villavicencio de los Caballeros) y 338-339 (Cuenca de Campos). Enrique GÓMEZ PÉREZ, «El desenclavo en Castilla y León», Franciscanos, núm. 119 (2019): 35-37; Enrique GÓMEZ PÉREZ, Semana Santa de la provincia de Valladolid (Valladolid: Diputación de Valladolid, 2024), 14-15 y 25 (Cuenca de Campos), 21 y 25 (Nava del Rey), 25 y 48 (Fresno del Viejo), 25 y 64 (Mayorga de Campos), 25 (Peñafiel), 25 y 40-41 (Villavicencio de los Caballeros). En Medina del Campo, la ceremonia se celebraba en el convento agustino de la Virgen de Gracia, y, tras muchos años sin celebrarse, se ha recuperado en la Semana Santa de 2025. El ritual fue plasmado por el Mudo Neyra, en 1722, en un lienzo conservado en el convento medinense de La Magdalena. Manuel ARIAS MARTÍNEZ, José Ignacio HERNÁNDEZ REDONDO y Antonio SÁNCHEZ DEL BARRIO, Semana Santa en Medina del Campo. Historia y obras artísticas (Valladolid: Junta de Semana Santa de Medina del Campo, 1996), 39-40 y 75-77; Julio César GARCÍA RODRÍGUEZ, «La función del desenclavo», en Resurrexit, ed. Andrés Álvarez Vicente, Julio César García Rodríguez y José Enrique Martín Lozano (Valladolid: Ayuntamiento de Valladolid, 2009), 28-29; Enrique GÓMEZ PÉREZ, El Oficio de Tinieblas y la Ceremonia del Desenclavo en Medina del Campo (Medina del Campo: Junta de Cofradías de Semana Santa, 2025), 16-32.
[8] Enrique GÓMEZ PÉREZ, «El desenclavo en la diócesis de Palencia: paraliturgia y teatro», en La Semana Santa: Antropología y Religión en Latinoamérica, ed. José Luis Alonso Ponga et al. (Valladolid: Ayuntamiento de Valladolid, 2008), 463-469.
[9] La más conocida de esta provincia, y la más antigua de las conservadas, es la que tiene lugar en Bercianos de Aliste, autorizada por el Papa Lucio III mediante bula conservada en su parroquia. Francisco RODRÍGUEZ PASCUAL, Pasión y Muerte en Aliste. Santo Entierro en Bercianos (Zamora: Diputación de Zamora, 1983); José María DOMÍNGUEZ MORENO, «La función del descendimiento en la Diócesis de Coria (Cáceres)», Revista de Folklore, núm. 77 (1987): 147; José Miguel TRAVIESO ALONSO, Simulacrum: en torno al Descendimiento de Gregorio Fernández (Valladolid: Asociación Cultural Domus Pucelae, 2011), 114-115.
[10]José María DOMÍNGUEZ MORENO, «La función del descendimiento en la Diócesis de Coria (Cáceres)», Revista de Folklore, núm. 77 (1987): 147-153.
[11] José Miguel TRAVIESO ALONSO, Simulacrum: en torno al Descendimiento de Gregorio Fernández (Valladolid: Asociación Cultural Domus Pucelae, 2011), 52-55.
[12] Preparada por la Cofradía del Santo Entierro, con la participación de cuatro capellanes de la parroquia de Santa María Magdalena. José BERMEJO Y CARBALLO, Glorias religiosas de Sevilla o noticia histórico-descriptiva de todas las cofradías de Penitencia, Sangre y Luz, fundadas en esta ciudad (Barcelona: Castillejo, 1994), 474 (Ed. príncipe Sevilla: Imprenta y Librería del Salvador: 1882).
[13] Alonso SÁNCHEZ GORDILLO, Religiosas estaciones que frecuenta la religiosidad sevillana (ca. 1630), ed. Jorge Bernales Ballesteros (Sevilla: Consejo General de Hermandades y Cofradías de la Ciudad de Sevilla, 1982), 163-168 (Ed. príncipe Sevilla, 1737); José SÁNCHEZ HERRERO, La Semana Santa de Sevilla (Madrid: Sílex, 2003), 18 y 135.
[14] Luis LUNA MORENO, «La ceremonia del desenclavamiento en Murcia», Murcia. Semana Santa, núm. 9 (2006): 66-70.
[15] Como Ávila, Aranda de Duero, Peñaranda de Duero, Sotillo de la Ribera (Burgos); La Bañeza, Astorga, Sahagún y Ponferrada (León); Toro y Almeida de Sayago (Zamora). En León, Salamanca y Burgos el rito se recuperó en 1992, 2009 y 2014, respectivamente, mientras que en otros lugares como Segovia, Ágreda y San Pedro Manrique (Soria) ya no se celebra. José Miguel TRAVIESO ALONSO, Simulacrum: en torno al Descendimiento de Gregorio Fernández (Valladolid: Asociación Cultural Domus Pucelae, 2011), 116; Enrique GÓMEZ PÉREZ, «El paso del Santo Sepulcro en la diócesis de Palencia», en Actas del I Congreso Nacional Arte, Cultura y Patrimonio, ed. Antonio Bonet Salamanca (Ávila: Diputación de Ávila, 2018), 267-283.
[16] Fernando Buenaventura GALTIER MARTÍ, «Los orígenes medievales de la imagen del Cristo descendido de la cruz, destinado al desenclavo, y la procesión del Santo Entierro», en Mundos medievales: espacios, sociedades y poder. Homenaje al profesor José Ángel García de Cortázar y Ruiz de Aguirre, ed. Beatriz Arízaga Bolumburu et al. (Santander: Universidad de Cantabria, 2012), Vol. I, 139-146; Julio I. GONZÁLEZ MONTAÑÉS, «Articulated Statues of Christ and Ceremonies of the Descendimiento in the Western Kingdoms of the Iberian Peninsula (Twelfth-sixteenth centuries)», en Good Friday Ceremonies with articulated Figures in Medieval and Early Modern Europe, ed. Christophe Chaguinian (París: University of North Texas-Classiques Garnier, 2023), 309-367.
[17]Para su historia, devoción y culto puede consultarse María José MARTÍNEZ MARTÍNEZ, «El Santo Cristo de Burgos. Contribución al estudio de los Crucifijos articulados españoles», Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arqueología (BSAA), núm. 69-70 (2003-2004): 207-232; José Miguel TRAVIESO ALONSO, Simulacrum: en torno al Descendimiento de Gregorio Fernández (Valladolid: Asociación Cultural Domus Pucelae, 2011), 40-45 y 48.
[18] José Luis ROMERO TORRES, «La escultura procesional y el trono en el patrimonio artístico de la provincia de Málaga», en Actas del Congreso Nacional Cofradías Penitenciales y Semana Santa (2011), ed. Juan Aranda Doncel (Córdoba: Diputación de Córdoba, 2012), 290 y 293.
[19] Andrés ÁLVAREZ VICENTE, Imaginería ligera en Valladolid (Valladolid: Junta de Cofradías de Semana Santa de Valladolid-Ayuntamiento de Valladolid-Junta de Castilla y León, 2011), 126-133.
[20] José Miguel TRAVIESO ALONSO, Simulacrum: en torno al Descendimiento de Gregorio Fernández (Valladolid: Asociación Cultural Domus Pucelae, 2011), 111.
[21] Juan José MARTÍN GONZÁLEZ, El arte procesional del Barroco, Cuadernos de Arte Español, núm. 95 (Madrid: historia 16, 1993), 4.
[22]Miguel TARQUIS, Semana Santa en Tenerife (Santa Cruz de Tenerife, 1960), 93-94; Domingo MARTÍNEZ DE LA PEÑA, «Esculturas americanas en Canarias», en Actas del II Coloquio de Historia Canario-Americana (1977), ed. Francisco Morales Padrón (Las Palmas de Gran Canaria: Cabildo de Gran Canaria, 1979), Vol. II, 478-479, fig. 2; Carlos ACOSTA GARCÍA, Semana Santa en Garachico (Santa Cruz de Tenerife: Cabildo de Tenerife-CIT de Garachico, 1989), 44-54; José María MESA MARTÍN, Garachico y su Santísimo Cristo (Santa Cruz de Tenerife: Ayuntamiento de la Villa y Puerto de Garachico, 2025), 179.
[23] Venerado en la parroquia de San Pedro, pertenece a la escuela de Juan de Balmaseda (1487-1576), según catalogación de Ángel SANCHO CAMPO, El Arte Sacro en Palencia. La Pasión y Resurrección del Señor en el arte palentino (III) (Palencia: Obispado de Palencia, 1972), s. p., lám. 148.
[24] Manuel HERNÁNDEZ GONZÁLEZ, «La Semana Santa de Adeje durante el Antiguo Régimen», Revista de Historia Canaria, núm. 187 (2005): 153.
[25]Carmen Milagros GONZÁLEZ CHÁVEZ, La Semana Santa en Güímar: imágenes de la Pasión (Santa Cruz de Tenerife: Excmo. Ayuntamiento de Güímar, 2007), 28 y 43-46.
[26] Constanza MORÍN, Patrimonio histórico artístico de Guía de Isora (Santa Cruz de Tenerife: Excmo. Ayuntamiento de Guía de Isora, 1990), 71-72; Julio I. GONZÁLEZ MONTAÑÉS, «Articulated Statues of Christ and Ceremonies of the Descendimiento in the Western Kingdoms of the Iberian Peninsula (Twelfth-sixteenth centuries)», en Good Friday Ceremonies with articulated Figures in Medieval and Early Modern Europe, ed. Christophe Chaguinian (París: University of North Texas-Classiques Garnier, 2023), 315.
[27] Todos ellos catalogados por Alfonso GARCÍA DE PASO REMÓN, Arte y Dramaturgia del Descendimiento de la Cruz en España (Zaragoza: Asociación para el Estudio de la Semana Santa, 2019), cat. 2 (Adeje); cat. 164 (Guía de Isora); 89-90, fig. 122, cat. 214 (Los Silos); 119, figs. 14 y 138, cat. 180 (Icod de los Vinos); cat. 193 (La Orotava); cat. 293 (Puerto de la Cruz); 187, fig. 120, cat. 311 (San Cristóbal de La Laguna); y cat. 321 (Santa Cruz de Tenerife).
[28] Miguel TARQUIS, Semana Santa en Tenerife (Santa Cruz de Tenerife, 1960), 74.
[29]Miguel TARQUIS, Semana Santa en Tenerife (Santa Cruz de Tenerife, 1960), 78-79; Clementina CALERO RUIZ, Escultura barroca en Canarias (1600-1750) (Santa Cruz de Tenerife: Aula de Cultura de Tenerife, 1987), 119-126; Manuel Vicente HERNÁNDEZ GONZÁLEZ, La religiosidad popular en Tenerife durante el siglo xviii (las creencias y las fiestas) (Madrid: Universidad de La Laguna, 1990), 153.
[30] Miguel TARQUIS, Semana Santa en Tenerife (Santa Cruz de Tenerife, 1960), 87; Domingo MARTÍNEZ DE LA PEÑA, «Esculturas americanas en Canarias», en Actas del II Coloquio de Historia Canario-Americana (1977), ed. Francisco Morales Padrón (Las Palmas de Gran Canaria: Cabildo de Gran Canaria, 1979), Vol. II, 479-480, fig. 3; Manuel Vicente HERNÁNDEZ GONZÁLEZ, La religiosidad popular en Tenerife durante el siglo xviii (las creencias y las fiestas) (Madrid: Universidad de La Laguna, 1990), 152-153; Juan GÓMEZ LUIS-RAVELO, «El Descendimiento, una ceremonia de origen medieval en Ycod», Semana Santa (1995): s. p.
[31] Guillermo CAMACHO Y PÉREZ-GALDÓS, Iglesias de La Concepción y Santiago Apóstol (Santa Cruz de Tenerife: Ayuntamiento de Los Realejos, 1983), 21 y 57-58; José María MESA MARTÍN, Los Realejos y los hitos devocionales de sus Fiestas de Mayo (Santa Cruz de Tenerife: Ayuntamiento de Los Realejos, 2008), 23-38.
[32]Charles HUET, «Panorama del teatro popular navideño en España», Culturas Populares, núm. 3 (2006): 1-18.
[33] Manuel Vicente HERNÁNDEZ GONZÁLEZ, La religiosidad popular en Tenerife durante el siglo xviii (las creencias y las fiestas) (Madrid: Universidad de La Laguna, 1990), 153.
[34] Manuel HERNÁNDEZ GONZÁLEZ, «Las cofradías de Semana Santa en Canarias durante el siglo xviii», en Actas del III Congreso Nacional de Cofradías de Semana Santa (1996), ed. Juan Aranda Doncel (Córdoba: CajaSur, 1997), T. I, 148.
[35] Manuel HERNÁNDEZ GONZÁLEZ, «Las cofradías de Semana Santa en Canarias durante el siglo xviii», en Actas del III Congreso Nacional de Cofradías de Semana Santa (1996), ed. Juan Aranda Doncel (Córdoba: CajaSur, 1997), T. I, 146.
[36] Señor Preso, Las Lágrimas de San Pedro, Cristo atado a la Columna, Ecce Homo, Jesús Nazareno, Cristo Crucificado, Virgen de los Dolores, San Juan Evangelista, Santa María Magdalena, San José de Arimatea, San Nicodemo, Cristo Yacente y Virgen de la Soledad. Posteriormente, el repertorio escultórico de Pasión se enriqueció con La Piedad (1959), Entrada de Cristo en Jerusalén (1976) y la Verónica (1978). La parroquia también contó con una talla barroca de Cristo Resucitado (1665).
[37] Cinco de estas imágenes, así como la Cruz de Plata y la Urna del Santo Entierro, desaparecieron en el incendio que destruyó la parroquia en 1978. Únicamente se ha conservado la talla dieciochesca de la Virgen de la Soledad, puesto que estaba restaurándose en el momento del siniestro.
[38] José Cesáreo LÓPEZ PLASENCIA, «El Cristo del Calvario de Realejo Bajo y la recuperación de una antigua ceremonia», La Prensa, núm. 607, Santa Cruz de Tenerife, 15-III-2008; José Cesáreo LÓPEZ PLASENCIA, José Cesáreo, «La Semana Santa de Realejo Bajo (1979-2015): pasos, cofradías y artes suntuarias», Tercerol: cuadernos de investigación, núm. 18 (2015-2016): 149-151.
[39] José Cesáreo LÓPEZ PLASENCIA, «Nueva obra de Álvaro Abrines», La Hornacina, Sevilla, lunes, 8 de mayo de 2017. Disponible en:
https://www.lahornacina.com/noticiasabrines15.htm (consulta: 18-VIII-2025); José Cesáreo LÓPEZ PLASENCIA, «Nueva obra de Álvaro Abrines», La Hornacina, Sevilla, domingo, 7 de abril de 2019. Disponible: https://www.lahornacina.com/noticiasabrines17.htm (Consulta: 18-VIII-2025).
[40] La obra reproduce la Urna barroca realizada a mediados del siglo xviii, en madera policromada y sobredorada, cuya hechura hemos atribuido al maestro francés afincado en Tenerife Guillermo Veraud (doc. 1710-1752), creación que desapareció en el incendio de la parroquia. José Cesáreo LÓPEZ PLASENCIA, «Un trono procesional recuperado para la Semana Santa de Los Realejos: la Urna del Santo Entierro de Realejo Bajo», Semana Santa Los Realejos (Los Realejos: Ayuntamiento de Los Realejos, 2025), 4-9.
[41] El Viernes Santo de 2025 la imagen ha estrenado un juego de potencias de salida, realizado en metal sobredorado por el platero cordobés Jesús María Cosano Cejas, oriundo de Puente Genil.
[42]José Cesáreo LÓPEZ PLASENCIA, «El Calvario y su Cristo», en San Vicente en la historia y el arte de Los Realejos, ed. Gerardo Fuentes Pérez (Villa de Los Realejos: Comisión de Fiestas San Vicente Mártir, 2002), 52-61.
[43] Domingo MARTÍNEZ DE LA PEÑA, «El escultor Francisco Alonso de la Raya», Anuario de Estudios Atlánticos, núm. 13 (1967): 449-486; Clementina CALERO RUIZ, Escultura barroca en Canarias (1600-1750) (Santa Cruz de Tenerife: Aula de Cultura de Tenerife, 1987), 165-178.
[44] Clementina CALERO RUIZ, Escultura barroca en Canarias (1600-1750) (Santa Cruz de Tenerife: Aula de Cultura de Tenerife, 1987), 174.
[45]Clementina CALERO RUIZ, Escultura barroca en Canarias (1600-1750) (Santa Cruz de Tenerife: Aula de Cultura de Tenerife, 1987), 170; Domingo MARTÍNEZ DE LA PEÑA, «El Señor de las Aguas. Origen de la imagen y de la devoción», Semana Santa (2007): 8-9.
[46] José SIVERIO PÉREZ, Los conventos del Realejo (Santa Cruz de Tenerife: Ayuntamiento de Los Realejos, 1977), 69-93.
[47]José Cesáreo LÓPEZ PLASENCIA, «El Calvario de Realejo Bajo. Piedad popular y drama litúrgico en torno a la Orden Franciscana», La Prensa, núm. 354, Santa Cruz de Tenerife, 19-IV-2003.
[48] José Cesáreo, LÓPEZ PLASENCIA, «A propósito del V Centenario de San Pedro de Alcántara (1499-1999). La advocación mariana de Los Afligidos y los franciscanos descalzos de Santa Lucía en la historia religiosa de la Villa de Los Realejos», Revista de Historia Canaria, núm. 182 (2000): 146-148.
No queremos concluir el presente estudio sin dejar constancia de nuestro más sincero agradecimiento a las personas que han colaborado en la realización del mismo. Al desaparecido sacerdote realejero D. José Siverio Pérez y, especialmente, a las personas e instituciones eclesiásticas que han realizado la documentación gráfica que lo ilustra: D. Manuel Bencomo, D. Santiago Fumero, D. David González, parroquia matriz de La Concepción de Realejo Bajo y Obispado de San Cristóbal de La Laguna.