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Durante muchos años, y a la vista de los datos que iba tomando de mis entrevistas por los pueblos de España, comencé a llamar «especialistas» a aquellas personas que por su preparación y dedicación, tenían la llave del conocimiento en el medio rural. Ni siempre eran naturales del lugar en que los encontraba y los entrevistaba, ni sus conocimientos dependían solamente de la transmisión oral o pertenecían a un patrimonio exclusivamente inmaterial. Evidentemente, lo intangible de su sabiduría tenía siempre una correspondencia en enseres o piezas que podían caracterizar su oficio o complementar los datos de una dedicación. Vuelvo a repetir lo que siempre debe tener en cuenta cualquier estudioso de la antropología: el individuo tiende, por curiosidad o por naturaleza, a desarrollar un conocimiento holístico que mejora su formación y le ayuda a vivir. La especialidad, por tanto, no consistía en un enfoque concreto dado a sus capacidades o al trabajo en el que empleaba su tiempo, sino en su facilidad para transmitirlo verbal o gestualmente y en la eficacia de sus formas.
Maestros y sacerdotes que por necesidades de su profesión se veían obligados a residir en un pequeño pueblo o en una aldea con pocos habitantes, terminaban siendo los mejores conocedores de su pasado, de sus características y de las costumbres de los naturales del lugar, con quienes intercambiaban sabiduría. Las anotaciones manuscritas que aparecen de vez en cuando en los sobrados y trasteros de algunas casas, podrían constituir –y de hecho lo hacen–un material de altísimo valor antropológico.
A uno de esos casos se refiere el artículo de Carlos Porro que encabeza el número de la Revista de este mes. El descubrimiento de una cultura diferente a la suya por parte de un presbítero peculiar, nos permite tener una idea bastante completa de cómo funcionaba una pequeña aldea rural a comienzos del siglo XX.