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Resumen
El presente artículo aborda la figura del dios Airón, una divinidad de raíz celtibérica vinculada a los pozos, lagunas y simas naturales de la Península Ibérica. A partir del análisis histórico, arqueológico y antropológico de las fuentes disponibles, se examina la evolución del culto a Airón desde su carácter de deidad acuática y subterránea hasta su reinterpretación demonológica en época cristiana. El estudio integra datos documentales –como los procesos inquisitoriales de Belinchón y Barahona– con la tradición oral, la toponimia sagrada y la pervivencia simbólica del agua como elemento liminal entre la vida y la muerte.
Desde una perspectiva interdisciplinar, el trabajo plantea que la figura de Airón constituye un ejemplo paradigmático de transformación mítica y resistencia cultural, donde la tradición se reconfigura bajo nuevas formas de creencia y control ideológico. La continuidad de los topónimos y la persistencia de los relatos asociados sugieren que la memoria de este dios subterráneo sigue activa en el imaginario rural, convirtiéndose en testimonio vivo de la relación ancestral entre paisaje, mito y sacralidad.
Palabras clave:
Airón; mitología celtibérica; culto acuático; tradición popular; sincretismo religioso; demonología; etnohistoria ibérica.
Abstract
This article explores the figure of the god Airón, a Celtiberian deity associated with wells, lagoons, and natural chasms throughout the Iberian Peninsula. Drawing from historical, archaeological, and anthropological sources, it examines the evolution of Airón’s cult–from his role as an aquatic and subterranean divinity to his demonological reinterpretation during the Christian era. The study integrates documentary evidence, such as inquisitorial processes from Belinchón and Barahona, with oral tradition, sacred toponymy, and the symbolic persistence of water as a liminal element between life and death.
From an interdisciplinary perspective, the research argues that Airón represents a paradigmatic case of mythical transformation and cultural resilience, in which tradition is reshaped under new systems of belief and ideological control. The continuity of place names and the endurance of local legends suggest that the memory of this chthonic god remains active in rural imagination, serving as a living testimony of the ancestral relationship between landscape, myth, and sacredness.
Keywords:
Airón; Celtiberian mythology; water cults; folk tradition; religious syncretism; demonology; Iberian ethnohistory.
1. Introducción
El estudio del dios Airón, una de las deidades más enigmáticas de la antigua Celtiberia, ofrece una ventana privilegiada hacia las formas simbólicas y espirituales que articularon la relación del ser humano con el paisaje en la Península Ibérica. Pese a la escasez de fuentes directas, los testimonios toponímicos, arqueológicos y etnográficos permiten reconstruir una red de significados que vinculan el culto a las aguas profundas con las concepciones de la muerte, la regeneración y el poder invisible de la naturaleza.
La figura de Airón se menciona como una de las más de trescientas divinidades indígenas veneradas en la época prerromana (Blázquez, 1995), aunque su culto parece haberse concentrado en torno a pozos naturales, simas y lagunas de carácter sagrado. Estas localizaciones, a menudo cargadas de leyendas, representaban espacios de tránsito entre los mundos –el visible y el subterráneo–, configurando un eje vertical simbólico que comunicaba la superficie con el inframundo. En la antropología de las religiones, tales lugares se interpretan como espacios liminales, zonas donde el orden cotidiano se interrumpe para permitir el acceso a lo sagrado (Eliade, 1959). En ellos, el agua funciona como principio de la vida y, al mismo tiempo, como el umbral hacia la disolución. Esta dualidad explica la complejidad del culto a Airón: un dios acuático, infernal y a la vez regenerador, que encarna la continuidad entre la existencia y el más allá.
Con la llegada del cristianismo, estos cultos locales fueron reinterpretados bajo una nueva lógica religiosa, y las antiguas divinidades acuáticas se transformaron en las figuras demoníacas o en las leyendas de advertencia moral. Este proceso de resemantización –por el cual el mito pagano se convierte en narrativa cristiana– constituye un fenómeno clave en la historia cultural de la península. Airón, en este sentido, representa un caso paradigmático de transmutación simbólica, donde un dios antiguo sobrevive bajo la forma del diablo de los pozos o de espíritu maligno, sin desaparecer del todo de la memoria popular.
El presente trabajo examina la trayectoria de este arquetipo desde tres perspectivas complementarias:
A través de estas aproximaciones se propone comprender a Airón no solo como una figura mitológica, sino como un principio de continuidad cultural, un hilo que enlaza las creencias prerromanas con la mentalidad rural contemporánea.
1.1. El dios Airón en el contexto de la religión celtibérica
La religiosidad de la Celtiberia prerromana, lejos de constituir un sistema homogéneo, se configuraba como un entramado de cultos locales profundamente arraigados en el paisaje. Cada fuente, montaña o sima podía ser considerada morada de una divinidad tutelar, un espíritu ancestral o un genio protector. En este contexto, el dios Airón formaba parte de un amplio panteón de entidades naturales que mediaban entre el mundo humano y las fuerzas invisibles del entorno (Marco Simón, 1998).
Diversos autores han señalado que el nombre Airón aparece vinculado a topónimos relacionados con pozos, lagunas o simas. Estos espacios eran considerados sagrados cuando el agua no se secaba, cuando mostraba tonalidades inusuales o cuando se asociaba a acontecimientos inexplicables. El agua, símbolo de la vida y del tránsito, representaba una frontera entre la materia y el espíritu, entre el orden de los vivos y el de los muertos.
La asociación del dios Airón con estos lugares refuerza su carácter ctónico, es decir, perteneciente al mundo subterráneo. En este sentido, puede compararse con otras divinidades infernales o acuáticas de distintas tradiciones indoeuropeas, como Hades y Proserpina en la mitología grecolatina, o Veles entre los eslavos. La semejanza estructural entre estos dioses radica en su dominio sobre las profundidades y en su poder ambivalente: destructivo y, a la vez, regenerador.
Según las escasas evidencias disponibles, el culto a Airón se desarrollaba probablemente en torno a ofrendas o sacrificios arrojados a las aguas profundas. Aunque en la Península Ibérica no se han hallado pruebas arqueológicas concluyentes de sacrificios humanos vinculados a este dios, las excavaciones en pozos celtas de Francia y el ámbito galorromano sí han revelado restos de animales y personas depositados ritualmente (Green, 1992). Estas analogías sugieren que el simbolismo del sacrificio acuático pudo tener presencia también en los cultos hispanos, donde el agua funcionaba como mediadora entre el oferente y la divinidad.
Uno de los enclaves más conocidos asociados al nombre del dios es el Pozo Airón de La Almarcha (Cuenca), una pequeña laguna situada a poco más de un kilómetro del núcleo urbano. Las leyendas locales afirman que en su interior habita un ser maligno o un espíritu del abismo, reminiscencia cristianizada del antiguo dios. Los vecinos aún recuerdan relatos sobre desapariciones, luces extrañas y la prohibición de acercarse al agua en determinadas fechas, indicios de un tabú residual heredado de un culto ancestral.
Los procesos inquisitoriales del siglo xvi mencionan este lugar en relación con prácticas de brujería. En el expediente de Belinchón (1565), se recoge el testimonio de una mujer acusada de hechicería que afirmaba que «en el Pozo Airón mora un diablo con rabo tan largo…», expresión que delata el proceso de demonización del antiguo dios. La Inquisición, al registrar tales relatos, no solo perseguía desviaciones doctrinales, sino que documentaba sin saberlo la supervivencia de una cosmovisión anterior, donde lo sagrado y lo natural eran inseparables.
Este fenómeno –la conversión de una divinidad pagana en una figura demoníaca– constituye un caso clásico de reinterpretatio christiana. En él se refleja el esfuerzo de la Iglesia por sustituir el orden simbólico anterior, asociando las fuerzas naturales a lo maligno y estableciendo un nuevo mapa de lo sagrado. Sin embargo, lejos de erradicar los antiguos cultos, este proceso dio lugar a una simbiosis cultural: las viejas creencias sobrevivieron disfrazadas de superstición, integrándose en la religiosidad popular.
La figura de Airón, en consecuencia, encarna una doble identidad: la del dios subterráneo que rige los ciclos de la muerte y la vida, y la del espíritu prohibido que el cristianismo condena pero no logra borrar. En ambos casos, su presencia señala la persistencia de un mismo arquetipo: el del agua profunda como puerta del más allá, símbolo que atraviesa las culturas desde la Antigüedad hasta el imaginario rural moderno.
Cuando hablamos de la rigidez, inmutabilidad y uniformidad del ritual, reconocemos naturalmente su variabilidad tanto en el tiempo como en el espacio. De hecho, un investigador que estudia un solo ritual siempre puede señalar variaciones, incluso en un corto período de tiempo y en una región limitada. Sin embargo, debe tenerse en cuenta que las diferencias observadas –todo tipo de innovaciones y modificaciones– generalmente afectan solo a los niveles superficiales del ritual (relacionados con el plano de expresión), mientras que los patrones más profundos y sustanciales se distinguen por una notable estabilidad y uniformidad.
2. Características de la Organización de la Información: Texto Ritual
La condición más importante para la existencia de cualquier sociedad es la presencia de una memoria común (colectiva). Los principios de la organización de la memoria colectiva, la naturaleza de su contenido (es decir, la selección de la información que se almacena), su volumen y muchos otros parámetros han experimentado cambios significativos incluso durante el siglo actual. La memoria cultural, de tipo ritual, es fundamentalmente diferente de sus formas posteriores.
Señalemos las principales diferencias.
En primer lugar, cabe señalar que una cultura orientada principalmente al ritual carecía de un sistema semiótico uniforme diseñado específicamente para el registro, almacenamiento y procesamiento de la información. Tal sistema solo puede considerarse con el uso generalizado de la escritura. En una cultura «oral», se utilizaban al máximo los medios improvisados con fines informativos. El entorno natural y cultural de una persona (elementos del paisaje, utensilios, partes del hogar, comida, vestimenta, etc.) estaba imbuido de significado simbólico. Todos estos medios semióticos, junto con los textos lingüísticos, los mitos, los términos de parentesco, la música y otros fenómenos culturales, poseían un campo de significado unificado y común, que constituía una imagen holística del mundo. En otras palabras, todos estos sistemas se unían en un sistema semiótico integral, de modo que un elemento de un sistema semiótico particular podía tener como significado la expresión de otro sistema, y así sucesivamente. Esta organización lograba el efecto de la derivabilidad mutua de significados y la metáfora omnipresente. Al mismo tiempo, esta redundancia (múltiples expresiones dentro de un mismo contenido) garantizaba el nivel necesario de inmunidad a las interferencias: la pérdida de cualquier elemento no podía llevar al olvido del significado, ya que estos elementos eran duplicados por otros y, por lo tanto, podían restaurarse fácilmente. Pero incluso con tal preservación del significado, se puede asumir que su «borrado» ocurría inevitablemente, al menos en la periferia de la cosmovisión. Teniendo en cuenta este proceso, la sociedad identificaba fragmentos centrales de la memoria (la experiencia más valiosa, desde su perspectiva) y ejercía un control especial sobre su preservación mediante el ritual.
¿Qué se reservaba para la porción especialmente preservada de la memoria de la sociedad arcaica y, en consecuencia, qué se reproducía en el ritual? El tema principal, presente de una forma u otra en cualquier ritual, es la creación del mundo, el establecimiento de diversas reglas y patrones, y, ante todo, los sistemas de parentesco y relaciones matrimoniales. La inmutabilidad de estas estructuras se consideraba clave para el bienestar individual y colectivo. La memoria, al carecer de medios semióticos especializados para registrar y almacenar información, se vio privada de la capacidad de incorporar significativamente nueva información y aumentar su volumen. Una cultura con este tipo de memoria se orienta menos a la creación de nueva información que a la reproducción de la existente.
2.1. Del dios al demonio: cristianización y memoria del agua sagrada
El proceso de cristianización de la Península Ibérica no se limitó a la imposición de una nueva religión; fue, sobre todo, una reconfiguración simbólica del paisaje sagrado. Los antiguos lugares de culto fueron resignificados mediante una estrategia sistemática de superposición religiosa, en la que los templos cristianos se edificaban sobre antiguos santuarios paganos, y las fuentes o pozos venerados se consagraban al santos o a las vírgenes locales. Esta operación de apropiación espiritual transformó profundamente el imaginario colectivo, pero no logró erradicar por completo los símbolos ancestrales.
La figura del dios Airón constituye un ejemplo paradigmático de este fenómeno. Asociado originalmente con el agua como principio generador, Airón fue reinterpretado por el cristianismo como un ente demoníaco que habitaba las profundidades de los pozos. En este tránsito de lo divino a lo diabólico se observa una clara intención doctrinal: el agua, antes fuente de la vida y mediadora con el más allá, pasa a ser concebida como puerta del infierno, un espacio peligroso que debía ser temido y exorcizado.
Las fuentes documentales más elocuentes sobre esta metamorfosis son los procesos inquisitoriales. En el expediente de Belinchón (Cuenca, 1565) se menciona a Ana Sánchez, una mujer acusada de brujería, quien –según los testigos– habría afirmado que en el Pozo Airón vivía «un diablo con rabo tan largo» y que «todas las brujas van a verse con él». El relato evidencia cómo la memoria del dios pagano se había transformado, en la percepción popular, en la figura de un demonio con atributos animales.
La Inquisición interpretó estas afirmaciones dentro del marco de su lucha contra la superstición y la herejía, pero desde una lectura antropológica pueden entenderse como la supervivencia de un mito ancestral resemantizado. El mismo pozo que en la antigüedad había sido un centro de culto se convirtió en un punto de convergencia entre el miedo, el deseo y la transgresión: el lugar donde las brujas –figuras femeninas marginadas pero depositarias de saber ancestral– se reunían con el antiguo espíritu de la tierra.
El Pozo Airón de Barahona de las Brujas (Soria) ofrece un paralelismo revelador. Este sumidero natural, que traga las aguas de una acequia, aparece mencionado en registros del siglo xvi como escenario de reuniones nocturnas y ritos sospechosos. Curiosamente, en la tradición oral soriana se conserva la leyenda de que las brujas, al caer del cielo, golpeaban la tierra con sus cuerpos y así nacían los pozos llamados «Airón». Este relato, además de su carácter simbólico, encierra una cosmogonía arcaica en la que las fuerzas femeninas –representadas por las brujas– modelan el paisaje. (Imagen 4)
La relación del Pozo Airón con la brujería quedó fijada literariamente en el siglo xviii por Diego de Torres Villarroel, quien en su Pronóstico para el año 1731 escribió los versos:
No todo va a ser chupar,
Brujas mías, porque quiero
que al astrólogo embustero
se la demos a mamar:
si soplos viene a buscar
a la boca de Ayrón,
echadle con ton y son
muchos soplos de Occidente…
Estos versos, que ironizan sobre la superstición popular, confirman que el Pozo Airón era ya en el siglo xviii un símbolo cultural consolidado del misterio, el peligro y lo oculto. El topónimo había dejado de designar a una divinidad para convertirse en metáfora del mal y del poder subterráneo.
No obstante, esta «diabolización» no puede interpretarse como una mera sustitución semántica. En términos simbólicos, el cristianismo heredó y transformó el poder numinoso del agua profunda. Allí donde antes se ofrecían sacrificios a los dioses, ahora se arrojaban cruces bendecidas o se celebraban rogativas. El espacio siguió siendo sagrado, aunque bajo un régimen teológico distinto.
Así, el dios Airón no desapareció: fue integrado en el imaginario cristiano como el guardián temible de las simas, el espíritu que acecha en las aguas turbias, el demonio que castiga la curiosidad humana. Este proceso de resignificación evidencia la resistencia cultural de los símbolos, que sobreviven adaptándose a los cambios de paradigma. La memoria del dios acuático, transmutada en mito cristiano, se convirtió en una forma de continuidad de lo sagrado a través del miedo.
En consecuencia, el Pozo Airón –ya sea en La Almarcha, Barahona o en tantos otros lugares donde el nombre perdura– funciona como un palimpsesto de la religiosidad ibérica: bajo la superficie cristiana subyace un estrato más antiguo, donde el agua sigue siendo umbral, morada y espejo de lo invisible.
3. El simbolismo del agua y la sacralidad del paisaje
3.1. El agua como principio generador y destructor
En el pensamiento mítico de las civilizaciones antiguas, el agua ocupa un lugar central como símbolo de la totalidad y del origen. Es a la vez principio de la vida y el agente de disolución; representa la materia indiferenciada de la que surge el cosmos y, al mismo tiempo, aquello que puede devolverlo al caos. En la tradición indoeuropea, los ríos, manantiales y lagunas eran considerados moradas de los dioses o los espíritus, intermediarios entre la tierra y el inframundo (Eliade, 1976).
En la Península Ibérica, este simbolismo se manifiesta en una serie de espacios acuáticos sacralizados, donde la continuidad del agua –su inagotabilidad o su profundidad insondable– confería al lugar una cualidad mágica. Los pozos llamados Airón representan un ejemplo paradigmático de este pensamiento arcaico: el agua que nunca se seca simboliza la inmortalidad, pero también el abismo que engulle la vida.
El hecho de que el nombre Airón se repita en distintas regiones (Cuenca, Burgos, Soria, Toledo, etc.) sugiere la existencia de un culto extendido, probablemente anterior a la romanización, centrado en la veneración de las aguas profundas. En estos enclaves, el pozo o la laguna no son simples accidentes geográficos, sino umbral de comunicación con los poderes subterráneos.
El simbolismo dual del agua –vida y muerte, pureza y peligro– explica que los mismos lugares pudieran ser objeto de veneración y de temor. Los rituales asociados, como el arrojar objetos valiosos o animales al fondo del pozo, indican una intención de apaciguar o alimentar al espíritu que habitaba en él. El dios Airón, en este contexto, no sería un «demonio» sino un intermediario entre los mundos, una divinidad del equilibrio cósmico cuya función era mantener el ciclo natural de la existencia.
3.2. Agua y memoria: la persistencia del mito
El agua, como elemento móvil y eterno, se ha considerado tradicionalmente un soporte de la memoria colectiva. Su constante fluir la convierte en la metáfora del tiempo, pero su profundidad remite a lo inconsciente, a lo que se oculta bajo la superficie. En las culturas rurales ibéricas, los pozos y fuentes eran lugares de transmisión oral, donde las mujeres –guardianas del agua y de la palabra– perpetuaban los relatos antiguos.
La supervivencia del nombre Airón en la toponimia moderna constituye una prueba de esta memoria persistente. Los pueblos conservaron el término sin comprender plenamente su origen, pero mantuvieron el tabú, el respeto y la fascinación por esos lugares. En la antropología simbólica, este fenómeno se denomina continuidad de la sacralidad del espacio: cuando un lugar sagrado cambia de religión, pero no de función simbólica. De hecho, muchos de los pozos Airón están situados en entornos donde luego se levantaron ermitas, cruces o iglesias. Este patrón de superposición sacra demuestra que el paisaje conserva una carga espiritual que trasciende las transformaciones históricas. La iglesia cristiana, al construir sobre antiguos lugares de culto, no anuló su poder simbólico, sino que lo absorbió y reorientó, integrándolo en su propio sistema de significación.
3.3. Comparaciones europeas: dioses del agua y guardianes del inframundo
El culto a las aguas profundas es un rasgo común a las religiones antiguas europeas. En la mitología celta, de la que deriva la tradición celtibérica, los ríos y fuentes estaban asociados a deidades como Sequana (en el Sena) o Coventina (en Northumberland), ambas relacionadas con la curación y la fertilidad. En el ámbito germánico, los manantiales sagrados eran dedicados a Nehalennia y Hludana, mientras que entre los eslavos orientales, el dios Veles dominaba los pantanos y las aguas turbias como señor del inframundo y protector de los juramentos.
Airón comparte con estas figuras el carácter de divinidad ambivalente, vinculada tanto a la regeneración como a la muerte. En su aspecto ctónico, actúa como guardián del umbral, un rol equivalente al de Anubis en Egipto o Charon en Grecia. Pero a diferencia de estos, Airón no conduce las almas: las absorbe, las disuelve en la profundidad. Su poder no es el del tránsito, sino el de la integración con la naturaleza primordial.
Desde la perspectiva del estructuralismo mitológico, podríamos interpretar a Airón como una representación del arquetipo del abismo: el punto donde el orden humano se disuelve en el misterio. Su persistencia en la cultura ibérica demuestra la fuerza de este arquetipo, que reaparece en leyendas, romances y supersticiones rurales, desde los «pozos sin fondo» hasta los «ojos del diablo» o las «lagunas encantadas».
3.4. El paisaje como texto simbólico
Siguiendo a los autores como Augustin Berque (1994) y Mircea Eliade (1969), el paisaje puede entenderse como un texto cultural, un palimpsesto donde cada época deja inscritas sus creencias. El caso de los pozos Airón ilustra cómo la naturaleza se convierte en soporte de la memoria religiosa. En ellos se entrelazan la geología, el mito y la historia, configurando una forma de territorialidad simbólica.
El agua profunda, al igual que la montaña o el árbol sagrado, marca un centro del mundo (axis mundi) dentro de la geografía local. Estos centros actuaban como nodos de sentido, puntos de orientación espiritual que definían el territorio de una comunidad. En la cosmovisión tradicional, acercarse al pozo no era un acto banal: implicaba una forma de comunicación con las fuerzas que sostenían el orden del cosmos.
Por tanto, los pozos Airón deben entenderse no como restos de una superstición primitiva, sino como testimonios activos de la espiritualidad del paisaje, expresiones de una relación simbiótica entre el ser humano y la tierra que habita. La antropología contemporánea, al reexaminar estos cultos, revela no tanto una «creencia irracional» como una forma coherente y profunda de conocimiento simbólico.
4. Continuidad y reinterpretación moderna del mito de Airón
4.1. Pervivencia en la tradición oral y el imaginario popular
Pese al paso de los siglos y la desaparición de los ritos antiguos, el nombre de Airón ha sobrevivido en la memoria oral de las comunidades rurales de Castilla, Aragón y La Mancha. Su figura, transformada por la religiosidad popular, aparece como la del «diablo del pozo» o el «espíritu del agua», un ente que castiga la curiosidad humana o atrae a quienes osan asomarse demasiado al abismo. Estas leyendas, aunque revestidas de moral cristiana, conservan intacta la estructura simbólica del mito primitivo: el pozo como límite, el agua como umbral y la divinidad como guardián de lo prohibido.
En la mayor parte de los relatos recogidos durante el siglo xx por etnógrafos locales (Gómez Tabanera, 1982; Grande del Brío, 1996), el Pozo Airón se describe como un lugar donde desaparecen animales, objetos o personas, sin que nadie logre encontrarlos jamás. Tal motivo coincide con la antigua concepción del agua como devoradora, heredera de la idea celtibérica de la absorción ritual. Incluso cuando el relato adopta un tono de advertencia moral, la presencia del dios sumergido se mantiene latente, insinuando que la sacralidad no ha sido olvidada, solo disfrazada.
Los testimonios más recientes confirman que muchos habitantes de las zonas donde existen pozos Airón siguen evitando acercarse a ellos al caer la noche o arrojar piedras a sus aguas. Esta actitud de respeto temeroso revela una forma residual de religiosidad natural: un reconocimiento intuitivo del misterio que habita en el paisaje.
4.2. Airón en la literatura, la arqueología y la etnografía contemporánea
Durante los siglos xix y xx, el interés por el folclore y la arqueología propició una recuperación del mito desde una perspectiva científica. Autores como José María Blázquez (1995), Luis Monteagudo (1983) o Antonio García y Bellido (1967) mencionan a Airón como parte del panteón prerromano, relacionándolo con los cultos acuáticos extendidos por toda Europa. Paralelamente, la literatura romántica y costumbrista reintrodujo el tema en la narrativa, resaltando su valor poético y simbólico.
En la poesía de Gustavo Adolfo Bécquer o en los relatos de Emilia Pardo Bazán se percibe una sensibilidad afín: la fascinación por los lugares encantados y las aguas misteriosas donde habita lo invisible. Aunque no mencionen directamente a Airón, comparten su misma estética de lo sagrado oculto. En tiempos más recientes, el interés antropológico por el simbolismo del agua ha devuelto a Airón al debate académico como ejemplo de sincretismo y supervivencia cultural.
Las investigaciones arqueológicas en yacimientos celtibéricos de Numancia, Tiermes o Uxama han revelado ofrendas votivas en pozos y fosas rituales, lo que confirma la existencia de un culto a las aguas profundas anterior a la romanización. La arqueología y la antropología coinciden en considerar estos espacios como centros de mediación simbólica entre el mundo humano y el divino, una concepción que atraviesa toda la prehistoria europea.
4.3. Relectura contemporánea: del mito local al patrimonio simbólico
En el contexto actual de recuperación del patrimonio inmaterial, el mito de Airón adquiere una nueva dimensión. Los pozos y lagunas asociados a su nombre han pasado de ser lugares de superstición a convertirse en elementos de identidad cultural y turística, incorporados a las rutas etnográficas y proyectos de divulgación patrimonial. Este proceso de resignificación moderna, lejos de banalizar el mito, lo reintegra al discurso de la memoria colectiva, subrayando su valor como testimonio de la cosmovisión antigua.
Desde la perspectiva antropológica, la figura de Airón representa un ejemplo de longevidad simbólica: un arquetipo que ha sabido adaptarse a los distintos paradigmas culturales sin perder su esencia. Hoy, el «dios sumergido» puede interpretarse como una metáfora de la propia identidad ibérica: compleja, subterránea, resistente al olvido. En un tiempo en que la modernidad tiende a disolver los vínculos con la tierra y la tradición, el mito de Airón reaparece como un recordatorio de la necesidad de reconectar con lo ancestral, de mirar de nuevo hacia el pozo –no por miedo, sino por conocimiento.
En las últimas décadas, varios investigadores han propuesto lecturas simbólicas que sitúan a Airón como una figura de la liminalidad: un mediador entre lo humano y lo telúrico, lo racional y lo inconsciente. Esta interpretación lo vincula con las teorías contemporáneas del imaginario (Durand, 1960; Bachelard, 1942), que entienden el agua como arquetipo de profundidad y de retorno. Desde esta óptica, Airón no sería ya una deidad olvidada, sino una imagen viva del inconsciente colectivo, capaz de manifestarse bajo formas siempre renovadas.
5. Conclusiones
El estudio del dios Airón revela la extraordinaria capacidad de las tradiciones para resistir el paso del tiempo, transformándose sin desaparecer. Lo que comenzó como un culto acuático prerromano –centrado en el agua como principio de vida, muerte y regeneración– se convirtió, con la llegada del cristianismo, en una leyenda demonológica. Sin embargo, bajo la nueva semántica teológica subsistió el mismo arquetipo: el del agua profunda como umbral entre mundos, el del espíritu invisible que habita en la naturaleza.
Desde la antropología simbólica, Airón representa la continuidad del pensamiento mítico en la Península Ibérica. Su persistencia en la toponimia, en los relatos orales y en la religiosidad popular demuestra que los símbolos primordiales no mueren: se transforman, adaptándose a los lenguajes culturales de cada época. La figura de Airón, demonio o dios, encarna una misma función social: la de mantener vivo el vínculo con el misterio, con aquello que la razón no puede domesticar.
La comparación con otros cultos europeos refuerza esta idea de la unidad simbólica. Al igual que Sequana, Coventina o Veles, Airón habita el territorio de la ambivalencia: concede vida y la reclama, protege y amenaza, invita y aterra. Su dominio es el de lo incierto, lo que fluye y lo que absorbe. Por eso, más que un resto arqueológico, Airón es un símbolo de la psique colectiva, un espejo donde los pueblos ibéricos han proyectado su relación con el agua, la muerte y la sacralidad del paisaje.
En la actualidad, su recuperación dentro de los estudios de patrimonio inmaterial permite reinterpretarlo no como superstición, sino como testimonio cultural y antropológico de primer orden. Los pozos y lagunas dedicados a Airón son vestigios de una cosmovisión que integraba al ser humano con su entorno natural, reconociendo en la tierra y en el agua una dimensión espiritual hoy casi olvidada.
El dios Airón, en definitiva, es el símbolo del equilibrio perdido entre el hombre y la naturaleza. Su mito, sumergido pero latente, nos recuerda que la tradición no es una reliquia del pasado, sino una corriente subterránea que sigue fluyendo bajo nuestros pies, esperando ser escuchada nuevamente.
BIBLIOGRAFÍA
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