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Revista de Folklore número

529



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Un patrimonio inmaterial ignorado y amenazado: decoraciones tradicionales de cementerios en el suroeste leonés y centro norte de Zamora

DE LAS HERAS ALIJA, José Luis

Publicado en el año 2026 en la Revista de Folklore número 529 - sumario >



Durante siglos, el mes de noviembre estuvo estrechamente vinculado a los difuntos, desde visitas y procesiones a los cementerios, rezos de responsos, novenarios a las benditas Ánimas del Purgatorio, ofrendas por ellas, etc. Los días previos a la festividad de Todos los Santos, que se celebra el día primero de noviembre, los vivos acudían al encuentro de los antepasados fallecidos a los cementerios, para adecentar las sepulturas excavadas en la tierra, prepararlas y decorarlas para la ocasión, con el fin de que el sacerdote pasara a bendecirlas y echar los responsos pertinentes. Este era un trabajo especialmente realizado por las mujeres, las cuales se ocupaban de la sepultura de su casa, y también de la de la casa del marido si esta no tenía quien la atendiera, incluso por caridad de las de otros pobres, niños, etc., enterrados en el cementerio del pueblo. Una simple azada con la que cavar y quitar las hierbas al túmulo era la herramienta utilizada.

No solía ser únicamente un día el que se acudía a preparar estos santos malvares, pues este trabajo de limpieza solía realizarse varios días antes, mientras que generalmente el día 31 de octubre, hoy ocupado por la fiesta importada de Halloween, era el día que se decoraba ese túmulo con flores naturales, para que estas lucieran al siguiente día y no se marchitasen o estropeasen por el aire, la lluvia, etc. La colocación de estas flores no era algo rápido, descuidado y al azar, sino que, dependiendo del lugar e incluso en una misma localidad, de la familia, encontramos diferentes gustos, formas o tipologías.

En este sencillo artículo expondré cómo han pervivido algunas de estas formas tradicionales en un territorio cultural similar, como es el caso del suroeste leonés y el centro norte zamorano, teniendo en común la presencia del río Órbigo y algunos de sus afluentes más destacados como el Eria, o el Jamuz. Esta es una práctica que podría formar parte plenamente del Patrimonio Cultural Inmaterial, término tan de moda como subjetivo, bajo el que se engloban «tradiciones o expresiones vivas heredadas de nuestros antepasados y transmitidas a nuestros descendientes, como tradiciones orales, artes del espectáculo, usos sociales, rituales, actos festivos, conocimientos y prácticas relativos a la naturaleza y el universo, y saberes y técnicas vinculados a la artesanía tradicional», como nos señala la propia web de la UNESCO. Sin embargo, y a pesar de que cada vez más hay una concienciación entre la población de que es algo importante a preservar y proteger, son muy escasas las actuaciones que las administraciones llevan a cabo para que esto ocurra.

En el caso que nos ocupa, son muchos y graves los problemas a los que esta práctica se ve sometida y por lo que desaparecerá en un corto plazo, si no se protege o potencia de alguna manera. Estos problemas vienen causados desde diferentes ámbitos y son difíciles de solucionar por las diversas implicaciones, especialmente emocionales, que tiene este «mundo de los muertos», aunque al menos, actualmente, tenemos la posibilidad de documentar la práctica[1], no por mucho tiempo. Intentaremos a continuación hacer un breve repaso por estos obstáculos, no como intento de solución, sino como un estudio fundamentalmente fotográfico y de documentación de lo que ha llegado hasta nuestros días.

El primer motivo, que puede hacerse extensible a todo este patrimonio inmaterial, es la ignorancia. Mientras se dedican muchos esfuerzos a un tipo de tradiciones, quizá por su mayor vistosidad, pequeñas prácticas vinculadas especialmente a la religiosidad popular y a las formas de vida tradicionales son desconocidas o permanecen inéditas para el «gran público», por lo que estas se pierden sin que nadie se alarme o preocupe de ello ni, al menos, las documente durante el tiempo que les queda de vida. Por otra parte, dentro de esta misma problemática, una gran parte de la población tiene serias dificultades en comprender qué es una tradición, qué aspectos la conforman o cuáles son las particularidades o variantes locales que le aportan interés, lo que hace que muchas veces, sin una mala intención y en pro de su conservación o recuperación, se cambien aspectos fundamentales de la misma como pueden ser recorridos, materiales, tiempos, modos de hacer y decorar, modos de actuar, quién puede y quién no actuar y qué lugar debe ocupar cada persona, y un largo etcétera de estas «menudencias» que hacen algo grande. Así, estas formas de decorar las sepulturas de los antepasados, pasan desapercibidas para locales y etnógrafos o estudiosos de la tradición y ya prácticamente nadie se preocupa ni de efectuarlas, ni de estudiarlas, a no ser el caso de poblaciones donde esté muy arraigado[2]. Por otro lado, el desinterés, la falta de relevo generacional o la nula implicación de nuevas generaciones imposibilitan la transmisión de la práctica.

El segundo gran problema es, al igual que con cualquier tema relacionado con el mundo rural, la despoblación. Cada vez son más las sepulturas que no tienen nadie a su cargo o que, si lo tienen, está lejos y no puede ocuparse de ellas. De la misma manera las celebraciones en los cementerios y su decoración para la fiesta de los Santos están en claro detrimento. Ligado también a este problema, el del envejecimiento de la población rural que, aun residiendo en este medio, no puede ocuparse de estos menesteres, ni aún cultivar las flores propias en los corrales, jardines o huertas pertinentes, por lo que la práctica se pierde o varía profundamente.

En los últimos 40 años, los cementerios rurales han vivido una profunda alteración. Las sepulturas de tierra han dado paso a los fríos y vanidosos panteones marmóreos, o a filas y filas de nichos superpuestos que ocupan las paredes de los cementerios. Ambos modos de enterramiento imposibilitan esta práctica tradicional. Por otra parte, y unido a lo dicho anteriormente, algunas sepulturas en tierra existentes se han sustituido por panteones o se han cubierto de cemento, lo que tampoco permite este antiguo ejercicio. En la actualidad, unido a estas problemáticas, el aumento de incineraciones provoca también el paulatino abandono o estancamiento de los camposantos, aunque este hecho no afecta demasiado al medio rural, donde la inhumación suele ser la práctica más común.

También, de un tiempo a esta parte, ha proliferado la compra de flores artificiales de tela y plástico en comercios, que han sustituido a las cultivadas en huertos y jardines o incluso de centros realizados por profesionales en floristerías y macetas comercializadas por floristerías y otros comercios que, aun siendo naturales y con flores propias de estas fechas, estandarizan los modos de decoración, restando particularidad a la práctica.

Podemos encontrar también otros factores como los climatológicos, menos preocupantes en este caso. Si la época es lluviosa, no da tiempo ni lugar a realizar este ornamento, o estropea las flores destinadas para ello.

Por último, y el más drástico de los problemas que mencionamos, es la destrucción de estos espacios de enterramiento, de nuevo en pro de la modernidad, decenas de antiguos cementerios, todavía en uso, o ya completos, han visto caer sus tapias y allanar sus túmulos por el «mal hacer» en este caso, de las instituciones -ayuntamientos y juntas vecinales-, que deberían velar por el cuidado de estos espacios y no por su destrucción. Sangrante es el caso de Regueras de Abajo, donde pudimos documentar esta práctica y en el año 2024 el ayuntamiento de Regueras de Arriba, al que pertenece la localidad, anunció una subvención de 150.000 euros para la «urbanización de la zona», lo que supuso la eliminación del cementerio ubicado enfrente de la parroquia de la localidad[3].

A pesar de todo lo anterior, y las dificultades para atajarlo, pues son muchos los factores implicados, la práctica todavía está viva en el presente y se ha podido documentar en algunas zonas de este territorio mencionado. Conociendo también su vigencia en otros lugares de Asturias, Palencia, Burgos, Cantabria, etc.

Entre las flores que se utilizan para ello se encuentran los crisantemos, las dalias, las rosas o los claveles.

Los primeros, crisantemos o chrisanthemun en latín, conocidos popularmente como «flores de Todos los Santos» o «de los Santos», son las más destacadas y propias de estas fechas. En tonos principalmente rosáceos, amarillos y blancos. Su tamaño, vistosidad, fácil cuidado y las numerosas flores que produce en estas fechas, las hacen las más propicias para estas decoraciones. Pueden aparecer en algunas ocasiones acompañados de margaritas.

También la dalia, proveniente del nuevo mundo y con una enorme variedad de colores y tamaños, que fácilmente puede aguantar hasta la fecha, si las temperaturas no son extremas, es otra de las flores empleadas para estas decoraciones.

En menor número pues las primeras heladas del otoño dan al traste con ellas, las rosas también se pueden emplear para la decoración de las sepulturas.

Los claveles chinos o «tagetes» también son otra de las plantas que hemos podido documentar en la realización de estas ornamentaciones para la festividad de Todos los Santos, de tamaño y características similares a los crisantemos, aunque sin la variedad cromática de los anteriores.

Por último, aparecen también otras variedades, en menor medida, como puede ser el clavel, generalmente provenientes del comercio.

En cuanto a su disposición, existen también diversos tipos, más característicos de uno u otro lugar.

Cubrimiento del túmulo: para realizar este tipo de decoración es necesario cortar las flores con un tallo largo. Así, se cubre el túmulo colocando estas de los bordes laterales a la parte central, donde se juntan todas las flores, formando una especie de cubierta a dos aguas. Pueden encontrarse más o menos recargados (Fig. 9, 10, 11, 12, 13, 14 y 15, documentada en Zamora en Fresno de la Polvorosa y Morales del Rey y en León en Quintana del Marco y Jiménez de Jamuz).

Realización de dibujos y filigranas: con las flores cortadas sin apenas tallo, se van colocando haciendo dibujos y filigranas. Uno de los motivos más recurrentes es la realización del perímetro del túmulo y una cruz latina en la parte centrar, en ocasiones también se colocan las iniciales de la persona allí enterrada. Se rodea con flores, dejando la parte central o superior para la realización de un dibujo. La parte interior se rellena con los pétalos desgajados de las flores. También se puede cubrir todo el túmulo con flores o pétalos (Fig. 16, 17, 18, 19, 20, 21, 22, 23, 24, 25, 26, 27, 28, 29, 30, 31, 32, 33, 34 y 35, documentada en León especialmente en Alcoba de la Ribera, Velilla de la Reina, San Félix de la Valdería, Calzada de la Valdería y Villazala).

Sembrado del túmulo: las flores se colocan sobre el túmulo, bien con un trozo de tallo clavado en la tierra, bien con la simple flor a ras de suelo, sin orden aparente, cubriendo toda la sepultura. Suelen aparecer alternados los colores y sin una forma definida. También encontramos solamente pétalos cubriendo el túmulo en algunos casos (Fig. 36, 37, 38, 39, 40, 41, 42, 43, 44, 45 y 46, documentada en Zamora en Santa María de la Vega y Morales del Rey y en León en Genestacio de la Vega, Quintana del Marco, Velilla de la Reina, Villar del Monte, La Nora del Río, Regueras de Arriba, Villazala, etc.)

Superposición de ramos: esta es la decoración más extendida. Las flores se colocan, de manera tradicional, escaladamente y por colores. Se pueden formar diferentes ramos, generalmente de una cara y alargados, que se van colocando unos sobre otros hasta cubrir el túmulo (Fig. 47, 48, 49, 50, 51, 52, 53, 54, 55, 56, 57, 58, 59 y 60 documentada en la mayoría de lugares).

Ramos en la cabecera. Por último, puede cavarse el túmulo y colocarse un solo ramo en la cabecera del mismo. Haciendo las veces de la cruz metálica, lignea o la laja de piedra que remataba la sepultura o indicaba el lugar del enterramiento[4]. En otras ocasiones donde sí existen estos remates a la cabecera, que llegaron al medio rural de las zonas a las que nos referimos a principios del siglo xx, pueden atarse a esta o simplemente apoyarse desde el suelo (Pueden verse en algunos ejemplos expuestos).

Por último, señalamos otra práctica vista en algunos lugares, que es la de marcar con piedras, generalmente cantos rodados en los lugares donde estos abundan, el cerco de la sepultura, delimitándola, y una cruz en su interior (Fig. 61, 62, 63 y 64, documentado en Zamora en Morales del Rey y en Villanueva y Jiménez de Jamuz y en Castrocalbón).

En conclusión, todo este cuidado antiguo y tradicional de las sepulturas, además de ser un recuerdo a los que ya no están, y un acto de humildad ante la muerte que a todos iguala, y que estuvo arraigado durante años, languidece hoy ante la pasividad de un mundo desarraigado, rápido e inmediato, también de apariencias, que apenas deja tiempo para ocuparse unas horas de los que nos precedieron. Como se puede leer en muchos de estos lugares, «pronto dirán de vosotros, lo que decís de nosotros».




NOTAS

[1] Recomiendo las excelentes fotografías de Gerardo Alonso de Bandujo (Asturias), que pueden visualizarse en la siguiente dirección web de su blog «Imágenes de un País».
https://imagenesdeunpais.wordpress.com/2019/11/14/difuntos-en-banduxu-asturias/
En otras regiones como el País Vasco, se encuentran profundamente estudiados y publicados estos y otros ritos en el Tomo II del Atlas Etnográfico de Vasconia, titulado «Ritos funerarios de Vasconia» (Bilbao, 1995), dirigido por José Miguel de Barandiarán y Ander Manterola y coordinado por Gurutzi Arregui.

[2] Uno de estos casos puede ser Bandujo, en Asturias, donde la decoración de las sepulturas se ha tomado como un motivo más de la cultura del pueblo y se ha fomentado para atraer curiosos y visitantes, motivado también por el impresionante marco natural y arquitectónico de la población, y que ha ocupado diferentes páginas en medios de comunicación. Sirva como ejemplo la siguiente noticia de «La Voz del Trubia», a fecha de 2 de noviembre de 2016: https://lavozdeltrubia.es/2016/11/02/bandujo-dibujos-de-tierra-y-flores-contra-el-olvido/. Otro de los pueblos donde al menos se ha documentados la práctica es Villar del Monte, en la Cabrera leonesa, allí también el bellísimo marco etnográfico y paisajístico enmarca al camposanto, la noticia fue publicada en el «Diario de León» a fecha de 3 de noviembre de 2014: https://www.diariodeleon.es/leon/provincia/141103/1173451/cementerio.html.

[3] Queda patente en esta noticia del «Diario de León», con fecha de 31 de marzo de 2024:
https://www.diariodeleon.es/leon/provincia/240331/1517893/adios-viejo-camposanto-regueras-abajo.html

[4] Puede encontrarse más información sobre estos temas, y otros relacionados con la muerte en la provincia de León en las respuestas de la Encuesta del Ateneo de 1901 y 1902. Publicadas en Jesús Álvarez Courel, Nacimiento, matrimonio y muerte en León y su provincia. Encuesta del Ateneo (1901-1902) (León: Instituto Leonés de Cultura), 211-283. También hemos encontrado cruces y cercados del túmulo realizados con cantos rodados en algunos pueblos, manera indicativa de enterramiento que no encontramos publicada.



Un patrimonio inmaterial ignorado y amenazado: decoraciones tradicionales de cementerios en el suroeste leonés y centro norte de Zamora

DE LAS HERAS ALIJA, José Luis

Publicado en el año 2026 en la Revista de Folklore número 529.

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