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El relato bíblico es un texto complejo en el que se entremezclan y superponen relatos procedentes de diversos autores y de épocas muy diferentes. No constituye una narración seguida y unitaria. Por eso mismo, al pretender seguir la pista de los diferentes nombres que se asignan a Dios, no sólo se encuentra variedad, sino que es preciso remontarse a estratos antiguos, de los que no es fácil precisar ni fechas ni origen.
Hay que retener la idea de que esa superposición remite a un conglomerado de nombres de utilización local, ceñida a tiempos concretos, cuyo uso perduró en ocasiones y vino a ser empleo común, o, al contrario, se diluyó aunque quedan vestigios sueltos, sin continuidad en los diversos libros bíblicos.
Como libro religioso que es, los redactores de los distintos escritos bíblicos manifiestan un hondo respeto, incluso en aquellas ocasiones en que se refieren a él como de pasada. Pero, en la simplicidad aparente de la narración, se encierra el procedimiento reverencial de significar que no se puede aludir a Dios de cualquier manera.
Nombre desconocido
Dios no se identifica con un ser humano cualquiera. Al semejante se le puede preguntar su nombre, para entrar en contacto con él; y la respuesta del otro es un primer acercamiento entre personas. Pero con Dios es distinto.
El nombre de Dios no se desvela: «Jacob le preguntó: “Dime tu nombre, por favor”. - “¿Para qué preguntas por mi nombre?” Y le bendijo allí mismo». (Gn 32, 30). El texto presenta aquí un encuentro tenso (lo califica como una disputa o pelea) entre Jacob y Dios mismo, al final de la cual, Jacob pregunta por el nombre de su adversario. Pero el nombre, que lo identifica, permanece oculto, desconocido. Jacob ha tenido un tenso momento frente a Dios, pero no puede nombrarle, porque no es igual que él mismo, es totalmente diferente.
Es un nombre misterioso, como misterioso es Él, por encima de la capacidad humana:
Manóaj [el padre de Sansón] dijo entonces al Ángel de Yahvé: «¿Cuál es tu nombre para que, cuando se cumpla tu palabra, te podamos honrar?» El Ángel de Yahvé le respondió: «¿Por qué me preguntas el nombre, si es maravilloso?» (Jue 13, 17-18).
Por consiguiente, el hombre no puede nombrarle, encerrarle en el reducido recinto de una palabra que lo signifique. Dios es más grande que todo eso, y su realidad, su ser, su nombre, se le escapan al ser humano; el nombre propio y el ser propio se identifican. (Para nuestra comprensión, «Ángel de Yahvé» y «Yahvé» reflejan dos realidades distintas; pero en términos bíblicos se identifican, aunque no en todas las ocasiones, como aparecerá más adelante).
A pesar de que se califica a Moisés como amigo de Dios –«Y una vez entrado Moisés en la tienda, bajaba la columna de nube y se detenía a la puerta de la Tienda, mientras Yahvé hablaba con Moisés. ... Yahvé hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con su amigo» (Ex 9, 9-11)–, Moisés no consigue ver a Dios; pide una excepción, como amigo que es, pero no deja de ser más que un hombre, y para él está fuera de su alcance ver a Dios. No lo vio:
Entonces dijo Moisés: «Déjame ver, por favor, tu gloria». Él le contestó: «Yo haré pasar ante tu vista toda mi bondad y pronunciaré delante de ti el nombre de Yahvé; pues hago gracia a quien hago gracia y tengo misericordia con quien tengo misericordia». Y añadió: «Pero mi rostro no podrás verlo; porque el hombre no puede verme y seguir viviendo». Luego dijo Yahvé: «Mira, hay un lugar junto a mí; tú te colocarás sobre la peña. Y al pasar mi gloria, te pondré en una hendidura de la peña y te cubriré con mi mano hasta que yo haya pasado. Luego apartaré mi mano, para que veas mis espaldas; pero mi rostro no se puede ver». (Ex 33, 18-23).
Lo más que obtiene es que Dios pronunciará su nombre propio ante él, como ya había hecho en el pasado.
La expresión Ángel de Yahvé resulta una fórmula que se ha de entender con prudencia, puesto que a veces designa a enviados de Dios (ángeles, mensajeros), y otras veces se refiere al mismo Dios. Se produce una terminología imprecisa, que no siempre es fácil aclarar, puesto que hay perfecta sintonía entre quien lo envía y el enviado, entre quien emite el mensaje y quien es portador, vocero, del mismo.
He aquí varias muestras:
Se le apareció Yahvé en la encina de Mambré. [Abraham] levantó los ojos y he aquí que había tres individuos parados a su vera. Cuando los vio acudió desde la puerta de la tienda a recibirlos, y se postró en tierra, y dijo: «Señor mío, si te he caído en gracia, ea, no pases de largo cerca de tu servidor. Ea, que traigan un poco de agua y lavaos los pies y recostaos bajo este árbol». (Gn 18, 2-4).
Se puso en marcha el Ángel de Yahvé que iba al frente del ejército de Israel, y pasó a retaguardia. También la columna de nube de delante se desplazó de allí y se colocó detrás. (Ex 14, 19).
Yahvé hizo soplar durante toda la noche un fuerte viento del este, que secó el mar, y se dividieron las aguas. (Ex 14, 21).
Echaron mano a los apóstoles y les metieron en la cárcel pública. Pero el Ángel del Señor, por la noche, abrió las puertas de la prisión. (Hch 5, 18-19).
En definitiva, Dios, o el enviado de Dios, comunica al hombre un mensaje para su salvación.
Resulta espontáneo que, en la tradición bíblica, como en otras muchas culturas, Dios se manifieste en el estruendo de la tormenta:
Todo el monte Sinaí humeaba, porque Yahvé había descendido sobre él en el fuego. Subía el humo como de un horno, y todo el monte retemblaba con violencia. (Ex 19,18).
La biblia tiene en común con el resto de las civilizaciones circundantes que los hombres perciben a Dios en las manifestaciones de la naturaleza que le desbordan y que resultan imposibles de controlar: el fuego desbocado, el fragor del trueno retumbante, el seísmo que sacude los cimientos de la tierra, la tormenta horrísona,... Superado ampliamente por encima de sus posibilidades, el ser humano se siente pequeño, limitado, frágil. Todo lo que le desborda sin medida es asignado al dios o dioses a quien se venera.
Este elemento común a todas las civilizaciones no es privativo de las más antiguas, consideradas primitivas. Los modernos y poderosos medios, maquinaria, instrumentos, se quedan siempre ridículos frente a los violentos fenómenos de la naturaleza. El ser humano de hace siglos percibía aún más la fragilidad que el hombre contemporáneo, aunque no nos distanciemos tanto unos de otros. Resulta espontáneo atribuir a Dios toda una serie de fuerzas infinitamente superiores a la capacidad humana.
La narración bíblica comparte sin reservas esa mentalidad. Pero revela un paso más, al descubrir a Dios en el silencio, el silencio interior, en la brisa suave apenas imperceptible, en la calma externa que activa la calma interna, en el desierto donde todo parece estar inerte aunque suscita íntimo sosiego. Así se muestra el relato bíblico en que Dios se hace el encontradizo con el profeta Elías:
Le dijo: «Sal y ponte en el monte ante Yahvé». Y he aquí que Yahvé pasaba. Hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebrantaba las rocas ante Yahvé; pero Yahvé no estaba en el huracán. Después del huracán, un temblor de tierra; pero Yahvé no estaba en el temblor. Después del temblor, fuego, pero Yahvé no estaba en el fuego. Después del fuego, el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se puso a la entrada de la cueva. Le fue dirigida una voz que le dijo: «¿Qué haces aquí, Elías?» El respondió: «Ardo en celo por Yahvé, Dios Sebaot, porque los israelitas han abandonado tu alianza, han derribado tus altares y han pasado a espada a tus profetas; quedo yo solo y buscan mi vida para quitármela». (1Re 19, 11.14).
Diversidad de nombres divinos
1. Baal. Se trata de un nombre genérico, de origen cananeo, aplicado a «dios» o «dioses», que se encuentra de forma común en los pueblos del entorno de la biblia. Como es lógico, por tratarse de pueblos distintos entre los que se ha desarrollado la historia bíblica, son distintos los dioses de los hititas, los acadios, los fenicios, sumerios,... De ahí que el sustantivo baal designa siempre para los creyentes bíblicos a los falsos dioses: «[Dice Elías]... por haber abandonado a Yahvé y haber seguido a los Baales» (1Re 18,18). También sirve para señalar —ridiculizando— a dioses paganos: como Baal-Zebub (Bel-zebú, que equivale a «príncipe», y. despectivamente, «príncipe de los demonios»: 1Re 1, 2ss).
Esta denominación pasa a integrar otras palabras que designan topónimos: «Salomón tenía una viña en Baal Hamón» (Can 8,11). «Di a los israelitas que se vuelvan y acampen frente a Pi Hajirot, entre Migdol y el mar, enfrente de Baal Sefón» (Ex 14, 2). «Vuestros propios ojos han visto lo que hizo Yahvé en Baal Peor» (Dt 4, 3). Además, se incorpora como un componente de nombres de personas: Baltasar, Balac, Balaam, Belfegor.
2. El, Elohim. Es nombre genérico de divinidad. Pero, a diferencia del anterior, El designa al Dios que se revela al pueblo de Israel. En el texto bíblico aparece con mucha más frecuencia en plural, Elohim, siempre equivalente a Dios; el Dios único expresado en plural, con una forma contradictoria, que da a entender que a Dios no le encajan los patrones humanos. La forma plural Elohim remite siempre al único ser divino personal. Aparece desde el inicio mismo del texto bíblico: «En el principio creó Elohim (=Dios) el cielo y la tierra...» (Gn 1, 1). Es reflejo de una de las tradiciones orales, denominada como eloísta por el uso reiterado del término, y una de las tradiciones que se integraron en el relato, cuando pasó a la fase de tradición escrita.
Una forma modificada, en arameo, ha perdurado y ha llegado hasta el evangelio: «A la hora nona gritó Jesús con fuerte voz: «Eloí, Eloí, ¿lemá sabactaní?» (=Díos mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?)» (Mc 15, 34). La forma que transmite Mt 27,46 (Elí, Elí, lemá sabactaní) es hebrea e induce a un juego de palabras entre Elí y Elías.
La forma singular, El, sirve para designar lugares o también atributos propios de Dios:
3. El-Betel es el lugar en que Jacob ha encontrado a Dios (Gn 35,7).
4. El-Sadday, del acádico, que señala al Dios de la estepa, que refleja el estilo nómada de vida de los israelitas (Gn 49, 25; Nm 24, 16).
5. El-Olam equivale a Dios eterno, quien está por encima del tiempo, de quien procede toda justicia (Ba 4,10; 5, 2).
6. El-Elohe-Israel es la forma de precisar que se trata del Dios-del pueblo-de Israel (Gn 33, 19-20, pues lo ha escogido entre todos los pueblos para realizar sus proyectos.
7. El-Roí significa Dios de visión, es decir, el Dios que todo lo ve y penetra (Gn 16,13), que admite una variante como es Lajay-Roí, cuyo sentido es El viviente que me ve (Gn 25,11), para el cual no hay nada oculto.
8. El-Juez. El Dios soberanamente justo, el que es el juez de toda la tierra (Gn 18, 25): «[Abraham] le dijo a Dios: «Tú no puedes hacer tal cosa: dejar morir al justo con el malvado, y que corran parejas el uno con el otro. Tú no puedes. El Juez de toda la tierra ¿va a sentenciar una injusticia?»».
9. Elyon, es forma superlativa equivalente a Altísimo, quien está sobre todo y sobre el cual no hay nada. «Entonces Melquisedec, rey de Salem, presentó pan y vino, pues era sacerdote de El-Elyon (Dios Altísimo)... Abram dijo al rey de Sodoma: «Alzo mi mano ante El-Elyon (el Dios Altísimo), creador de cielos y tierra»» (Gn 14, 18.22). Sin duda, es forma arcaica que refleja los primeros estadios propiamente históricos, en los que aparece un sacerdote que reverencia a la divinidad conocida con ese nombre. Melquisedec coincide con Abraham en la veneración a semejante divinidad, a la que ambos reconocen y con la que se sienten unidos. Parece que hay una influencia fenicia en cuanto a la expresión, pero la biblia la ha depurado eliminando cualquier vestigio que pudiera evocar otro Dios distinto del que se ha manifestado a Abraham.
10. Adonai (=El Señor). «Porque es muy poca cosa todo sacrificio de calmante aroma, y apenas es nada la grasa para serte ofrecida en holocausto. Mas quien teme a Adonai (al Señor) será grande para siempre» (Jdt 16, 16). Habrá que volver a esta forma, Adonai, más adelante. Pero es claro el sentido reverencial y supremo que encierra apuntando al señorío de Dios sobre todo.
11. Sebaot. Se encuentra en Is 18, 7, y su sentido va asociado al término Yahvé, de forma que su equivalencia es Dios de los ejércitos. El tono castrense que se percibe en la expresión no es tanto el de un guerrero presto al combate, sino más bien el de Dios del universo, de los ejércitos o multitud de seres animados o inanimados, ángeles, mares, estrellas, estaciones,...
Hay, además, otras expresiones referidas a Dios. En una lectura ligera, superficial, pueden parecer adjetivos que expresan algunas de las notas o cualidades que el hombre le atribuye a Dios. Pero una visión más serena muestra que no son simples adjetivos, sino que denotan facetas de la propia divinidad, imposibles de condensar en una única expresión, y que es preciso desglosar como diversas formas de percibir a Dios.
12. El Santo. Es condición exclusiva e inherente a Dios: «Porque soy Dios, no hombre; en medio de ti yo soy el Santo» (Os 11,9). Se encuentra también con otras variantes como El Santo de Israel (que evoca la anterior El-Elohe-Israel, =El Dios-del pueblo-de Israel). Esta expresión absoluta se refuerza con la repetición que refuerza la intensidad con que se pretende aproximar a su culmen. El tres veces santo, el más santo de todos, el santísimo: «Y se gritaban el uno al otro: «Santo, santo, santo, Yahvé Sebaot: llena está toda la tierra de su gloria»» (Is 6, 3). El superlativo Santísimo recuerda el otro superlativo igualmente empleado para hablar de Dios, Altísimo.
Otra forma de reforzar la expresión consiste en denominar a Dios con la afirmación de la santidad plena de su nombre, es decir, de él mismo al recalcar que su nombre es santo: «... para profanar mi santo Nombre» (Am 2, 7).
13. Celoso. Resulta una condición humana evidente, aplicada al Dios bíblico como una forma tajante de cimentar el monoteísmo, y rechazar así cualquier otra forma de divinidad, proceda de donde proceda: «No habrá para ti otros dioses, delante de mí. No te harás escultura ni imagen alguna ni de lo que hay arriba en los cielos, ni de lo que hay abajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra. No te postrarás ante ellas ni les darás culto, porque yo, Yahvé, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la iniquidad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me odian, y tengo misericordia por millares con los que me aman y guardan mis mandamientos» (Ex 20, 3-6).
14. Clemente y misericordioso. La mezcla de ternura y piedad contrasta con las invectivas para quienes sigan a otros dioses. En expresión que se asigna al mismo Dios se reitera la condición de un Dios que ama a los suyos, con comprensión: «Yahvé pasó por delante de él [Moisés] y exclamó: «Yahvé, Yahvé, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad»» (Ex 34, 6). No es posible olvidar que son éstas las primeras cualidades que el monoteísmo islámico asigna a Dios: «¡En el nombre de Allah (Dios), el Compasivo, el Misericordioso!» (Corán, sura 1, 1).
15. Fuerte de Jacob que proporciona seguridad a su pueblo: «...las manos del Fuerte de Jacob, por el Nombre del Pastor, la Piedra de Israel...» (Gn 49, 24). En este preciso momento se asocian otros modos de designación.
16. El Pastor, o también El Pastor de Israel, al vincular a Dios con el pueblo que él ha elegido. Es denominación frecuente, dada la economía ganadera del pueblo en sus años de nomadismo y una vez asentado en Palestina. (Sal 23).
17. La Piedra de Israel, equivalente a la muy repetida La Roca de Israel, o simplemente La Roca. Los salmos son buen testimonio de este uso, así como Gn 20, 24; Sal 18.
18. Dios vivo. Es algo más que un simple adjetivo, pues señala al Dios que tiene como propia la vida, el que da la vida a los vivientes. Frente a él, los demás dioses, los ídolos, no están vivos, son materia inerte y son incapaces de proporcionar vida: «Daniel, servidor del Dios vivo, tu Dios, a quien sirves con perseverancia» (Dn 6, 21). Tiene que ver con la expresión «¡Vive Yahvé!», ya que él es el que garantiza la vida: «¡Vive Yahvé que, si los hubieseis dejado vivos, no os mataría!» (Jue 8. 19).
Se propone como una expresión extremadamente solemne, empleada en el juicio religioso que se sigue contra Jesús, con una formalidad inusitada: «Pero Jesús seguía callado. El Sumo Sacerdote le dijo: «Yo te conjuro por Dios vivo que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios»» (Mt 26, 63).
19. El Dios de Abraham, Isaac y Jacob. Es una fórmula que no aporta ningún nombre específico asignado a Dios, pero que se convierte en una especie de nombre, al conectar con la historia del propio pueblo, de sus patriarcas antecesores de los que procede. Ese mismo Dios que se manifestó tiempo atrás es el Dios que reclama que los descendientes se mantengan fieles a él: «Y añadió: «Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob». Moisés se cubrió el rostro, porque temía ver a Dios» (Gn 3, 6).
20. El Dios de tu padre, como expresión equivalente, aparece esta forma en singular, que remite al antecesor, Abraham, junto a la otra expresión, muy parecida un poco más elaborada «Yahvé, el Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, me ha enviado...» (Ex 3, 15).
21. Vuestro Dios, es igualmente equivalente, al retomar la misma historia en que se entronca: «Yo os haré mi pueblo, y seré vuestro Dios; y sabréis que yo soy Yahvé, vuestro Dios, que os sacaré de la esclavitud de Egipto» (Ex 6, 7). O con subrayado personal que sustituye al colectivo, Tu dios: «No temas, que yo estoy contigo; no receles, que yo soy tu Dios» (Is 41, 10).
22. Yahvé. Se ha escrito de varias formas: Yahwéh, Yahvéh, Yahvé, Yavé, YHWH, según las preferencias de los autores varios. Se sitúa en el encuentro de Dios con Moisés que tuvo lugar en el desierto, cuando Dios le responde su pregunta, su inquietud: «Contestó Moisés a Dios: «Si voy a los israelitas y les digo: ‘El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros’; cuando me pregunten: ‘¿Cuál es su nombre?’, ¿qué les responderé?» Dios dijo a Moisés: «Yo soy el que soy». Y añadió: «Así dirás a los israelitas: ‘Yo soy’ me ha enviado a vosotros»» (Ex 3, 13-14).
Conviene recordar que ni en el encuentro que había tenido con Jacob, ni con el padre del forzudo Sansón, Dios ha revelado su nombre propio. Y vuelve a repetírselo a Moisés después de haberle expresado su nombre: «Me aparecí a Abraham, a Isaac y a Jacob como El Sadday; pero mi nombre de Yahvé no se lo di a conocer» (Ex 6, 3). Es un misterioso secreto, guardado celosamente, inasequible para el ser humano. Después, el nombre de Yahvé es sancionado con el mandamiento expreso de no pronunciarlo con trivialidad o falsamente, a fin de pretender asegurar ante los hombres lo que no es verdad.
Tras el destierro se extendió la costumbre de no pronunciar su nombre, asegurando así que no se pronunciaba mal, al no decirlo nunca. Se sustituyó por el nombre Adonai con una aliteración de las vocales, de forma que, aunque el nombre estaba escrito, se sustituía automáticamente al pronunciarlo por Adonai, para tener la certeza de no decir irreverentemente o mal el nombre sagrado. Hay otra explicación, en este caso falsa, que asegura esto mismo con el empleo de Jehová, con un cambio de vocales semejante; pero es una explicación que no puede ser sostenida. (Ver el párrafo n.º 10: Adonai).
Al contrario, sí se comprueba la sustitución del nombre propio por otros términos: El cielo, el Altísimo,... Algunas de estas formas de sustitución se han plasmado en el nuevo testamento, como vestigio de un uso secular e inamovible. Jesús es designado como Hijo del Altísimo (Lc 1, 32. 35. 76), Hijo del Bendito (Mc 14, 61). También aparece el Poderoso cuyo nombre es Santo (Lc 1, 49), que luego derivará en el Todo-poderoso. E incluso la forma más abstracta, que ni siquiera figura como sustantivo, ni como adjetivo: La diestra del Poder (Mc 14, 52; Mt 26, 64).
23. Abbá, Padre. Frente a la solemnidad y distancia impuesta por la mentalidad judía, frente al silencio farisaico de no pronunciar ni para alabarlo el nombre de Dios, Jesús hace otra propuesta, radicalmente distinta, rompedora: «El les dijo: «Cuando oréis, decid: «Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino»,...» (Lc 11, 2). «Y decía: «¡Abbá, Padre!; todo es posible para ti; aparta de mí esta copa; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que tú quieras»» (Mc 14, 36).
La aportación de Jesús resulta en labios de los que no lo aceptan un argumento que esgrimen contra él, al acusarle de que proclama que tiene a Dios por Padre. Pero quienes lo aceptan hacen suyo gozosamente tal nombre, Padre, y las páginas del nuevo testamento están salpicadas a cada momento de la referencia a Dios como Padre que ama y escucha a los suyos cuando se dirigen a él.