Revista de Folklore • 45 años

Fundación Joaquín Díaz

Si desea contactar con la Revista de Foklore puede hacerlo desde la sección de contacto de la Fundación Joaquín Díaz >

Búsqueda por: autor, título, año o número de revista *
* Es válido cualquier término del nombre/apellido del autor, del título del artículo y del número de revista o año.

Revista de Folklore número

529



Esta visualización es solo del texto del artículo.
Puede leer el artículo completo descargando la revista en formato PDF

Apodos en Colle (Barrio del Obispo, La Viliella y Muriellos) y Llama de Colle (León)

ANGEL RODRIGUEZ, Luisa

Publicado en el año 2026 en la Revista de Folklore número 529 - sumario >



Introducción

Este es un artículo de Luisa Ángel Rodríguez, mi madre, por desgracia fallecida en diciembre de 2025. Colaboró en varias ocasiones en la Revista de Folklore. Cuando comuniqué a D. Luis Vincent su óbito, fue tan amable (y se lo agradezco de corazón) de abrir las páginas de esta publicación para algún artículo en relación a ella. Leyendo manuscritos de mi madre, encontré un trabajo, referido a los apodos de Colle y Llama de Colle, dos pequeñas localidades de montaña en el norte de la provincia de León, donde vivió de niña en la primera mitad de la década de los años 50 del siglo pasado (mi abuelo fue a construir 56 viviendas para mineros que trabajaban en el pozo de San Pedro, en el vecino pueblo de Veneros). Lo escribió hace unos 28 años para la Revista de Folklore, pero cuando me lo leyó creo recordar que le dije que sería mejor no publicarlo porque quizá se enfadase alguna persona conocida por ver su apodo impreso. Probablemente me equivoqué. Ahora reencontré este texto y creo que es una manera muy oportuna de homenajear a mi madre el hecho de que, finalmente, vea la luz y, además, en la publicación para la que fue pensado.

Mi madre poseyó siempre una memoria extraordinaria, sorprendente, admirable. Muchas personas (y yo entre ellas) podemos dar fe de esto. El listado de apodos que se recoge en la presente publicación lo refleja, pero también algo más: es como una ventana abierta en el tiempo para conocer algo de las personas que componían las dos localidades hace más de setenta años. No solo recoge los apodos sino, en ocasiones, la causa de los mismos. Son datos de los que no queda testimonio en la documentación oficial. La memoria de mi madre y el hecho de escribir ese recuerdo han salvado lo que son retazos de la vida cotidiana de dos pueblos y de sus habitantes. En cierta ocasión escribí un poema y dos de sus versos eran: «El mejor libro de historia que conozco / es la memoria de mi madre». Lo creía entonces y lo mantengo ahora, porque (retomando una sabia idea de Cicerón) en sus recuerdos mantenía vivos a quienes ya fallecieron, con detalles que, de otra manera, habrían caído en un olvido sempiterno.

Mi madre, en mi infancia, me contó las leyendas de Colle y Vozmediano que escuchó del tío Adriano (la de la Patadica de la Mula y el caballo de Santiago con las herraduras al revés, la de la cueva de Colle con su portalico, sus bocas y lo que había en cada una de ellas, etc.), habitante de la primera localidad mencionada, y, al hacerlo, consiguió dos cosas: fomentar mi interés por la cultura tradicional desde niño y unirme al proceso natural (ya casi en vías de extinción, desgraciadamente) de la transmisión oral de generación tras generación a lo largo de siglos. A mi madre le debo agradecimiento por un enorme cúmulo de motivos y también por esto que acabo de indicar. Me comentó, igualmente, algunas costumbres y elementos de la mentalidad popular que vio allí, como, por ejemplo, que cuando entraba una mariposa (que en aquella zona de montaña solían ser muy grandes) negra en una casa la echaban rápidamente porque era presagio de la llegada de malas noticias (el anuncio de una muerte); se lo volví a escuchar a un nonagenario de Colle recientemente.

Dejó escritas dos redacciones del trabajo. La primera centrada en Colle y la segunda, con una estructura diferente, incluyendo los apodos de Llama de Colle. He transcrito básicamente la segunda aunque añadiendo también algo de la primera. He respetado las formas coloquiales, es decir, la forma de pronunciar allí en aquel entonces: así, por ejemplo, aparece «Cagapraos» en vez de «Cagaprados», o «Uville» en vez de «Oville». Mi madre no ha podido dar un repaso final al artículo: cualquier posible fallo es solo achacable a mí.

Termino. Este trabajo posee, en mi opinión, un valor especial. Es una muestra de estudio etnográfico realizado desde dentro, desde el cariño y el profundo respeto por las personas a las que se ha conocido y con las que se ha convivido en vecindad. Es, en definitiva, un ejemplo de lo que no dudo en calificar de etnografía con alma.

Lorenzo MARTÍNEZ ÁNGEL

Mi niñez fue muy bonita: andaba con mis padres de pueblo en pueblo, y de distintas provincias. Con mi curiosidad de saber el porqué de las cosas y costumbres de cada lugar iba adquiriendo una gran riqueza en todo lo popular y, según adónde íbamos, las cosas eran similares pero distintas.

Cuando fui a vivir a un pueblo de la montaña, del ayuntamiento de Boñar, llamado Colle, fue algo hermoso. Aunque en ese pueblo no había minas, era cuenca minera: solo había unos mil quinientos metros a las minas donde trabajaban casi todos los habitantes del pueblo (o habían trabajado). Nada más cruzar la carretera ya es otro pueblo: Llama. Allí se conocía a las personas más por el apodo que por el nombre. Eso me resultó gracioso y voy a recordar con cariño a quienes vivían hace más de cuarenta años. Hoy solo quedan los hijos o nietos y los pueblos casi deshabitados al cerrar las minas.

Este pueblo (Colle) se divide en tres barrios: a la entrada, el barrio del Obispo. Se cruzaban Los Quiñones, que son grandes prados con una fuente a la orilla de la senda del mismo nombre, y llegaba a La Viliella; el otro Muriellos.

–«Oye, Santitos –pregunté a Santos, que siempre se le conoció por su diminutivo–: ¿por qué están los barrios tan lejos unos de otros?» Y respondió: «Para no morirnos todos a la vez».

El marido de la tía Restralla me dijo que hubo una peste y empezaron a hacer casas unos más lejos de otros para no contagiarse.

Siempre decían los del pueblo:

«Aunque haiga fuego el pueblo entero nunca se quemará; si empieza en el barrio del Obispo a La Viliella no ha de llegar. Lo mismo a Muriellos, que estando separados se pueden salvar».

Los apodos, motes y diminutivos

El Barrio del Obispo

El Largo: era muy alto y desgarbado; daba grandes zancadas.

El Tío Menor: alto y fuerte.

La Pinta: su marido se apellidaba Pinto.

El Tío Azota Cristos: tenía las llaves de la iglesia, cantaba en misa y el sacerdote para en su casa.

El hijo de Soes Coño.

El Cagapraos: muy flamenco.

La Hompanera: era su apellido.

El Comadre: el marido de la Hompanera.

El Tío Porreto[1]: un hombre alto, muy delgado y siempre llevaba un palo. Los hijos: los Porretos.

El Tío Chaleco: siempre andaba en chaleco. Dos hijos: Popo el Chaleco y Marcha y Vuelve (cuando no le veían los vecinos y preguntaban por él, el Tío Chaleco decía: «marcha y vuelve»). Los demás hijos: los hijos del Tío Chaleco.

La Restralla, porque cuando los críos la hacían rabiar decía: «¡mira que te restrallo!».

El Tío Chepa: tenía un poco de chepa; a una de sus hijas, la Marquesona (decía su padre: «es tan guapa que parece una Marquesona»); a otro, Quineto.

El Sito.

El Pobre: uno de los más ricos del pueblo. A su hijo, el Pobrín. A su hija, la hija del Pobre, que se casó con el Laureles, y un hijo que tuvieron El Laurelines, nieto del Pobre.

El Vega.

El Tío Pacho. La mujer, la tía Pacha; los hijos del Tío Pacho y, al pequeño, Pachín.

El Tío Chaparro: era pequeño, y a dos de sus hijos, uno el Negocios (era de lo que siempre hablaba) y el otro el Oficinista, porque trabajaba en una oficina.

La última casa del barrio: el Viajante y la casa de las Viudas (vivían dos cuñadas viudas, la del Viajante y la del Tío Ranchiles). El Viajante tenía tres hijos: Ligio, la Coja (tenía una pierna más corta y era muy gruesa; se casó con el Rácano, bajo y delgado como un fideo); el otro hijo el Tuerto: una maestra le dio un golpe y le reventó el ojo.

En una casa del Tío Chaparro vivíamos nosotros. A mi padre también le pusieron apodo (¡cómo iba a quedar sin un segundo bautizo!): el Contratista (relacionado con la profesión de mi padre), la mujer del Contratista y las hijas del Contratista. Así se nos conocía.

El Gallego, que está de peón en casa de la tía Pacha (peón se decía a los huéspedes que pernoctaban en las casas particulares).

El segundo barrio: La Viliella

El Tío Soes Coño, como comenzaba una conversación.

La Palurda: una mujer muy lista.

La Tejedora: desde niña vivió con una tía suya que tejía.

La Bruja: porque se salían de la iglesia los domingos cuando estaban en misa antes de consagrar.

El Llombos: decía siempre «me duelen los llombos de trabajar». Palabra leonesa para los lomos.

El Gatuñas: todo le parecía poco.

La de Uville y su hijo el Cagancho. A los otros, los hijos de la Uville.

Santitos.

Tercer y último barrio: Muriellos

El Tío Ranchiles y un hijo Ranchilines.

El Tío Madruga: siempre llegaba tarde. Y su mujer la Carbonera (vendía cargas de carbón: eran dos sacos grandes y uno pequeño).

El Tres Huevos: cuando se enfadaba decía «¡y qué se creen! ¡Anda! ¡Y que vengan! ¡Aquí está el Tres huevos!»

Llama de Colle

Panza Buey: hombre grueso y ganadero.

El Zorro: siempre miraba hacia abajo.

El Lentes: porque llevaba gafas.

La Negra: era de piel oscura.

El Carterista: muy hábil con las manos.

El Electricista: su marido era electricista, y los hijos de la Electricista.

El Tío Morrones: tenía los labios muy gruesos.

La Practicanta: el marido fue practicante.

El Pescadilla: sobrino de la Practicanta.

La Argollana, la Carbonera: también vendía cargas de carbón.

El Pécora. La mujer, la Pastora y los hijos del Pécora. Bebía mucho y decía: «estás un buen pécora».

El Cojo, porque tenía una pierna sin juego, y la sobrina del Herrero.

El Herrero, porque era herrero.

Pablito, porque era un hombre muy pequeñito.

El Carpintero: era su oficio.

Los del corralón de Llama: Angelón, Rufinón y Goro. Todos familia.

La tía Pastora: el marido fue pastor. Todo el que iba a su casa de peón tenía un hueco.

Los Estudiantes: porque estaban estudiando en la capital.

El Tío Chapinete.

Codines o el Leonés. El Tío Codines tenía una taberna, se ponía de codos sobre el mostrador mirando por la ventana y cuando veía ir al Tío Chapinete decía: »voy a beber el coñac que me queda en la botella porque viene ahí el Tío Chapinete». «¡Anda!, decía cuando tenía solo un poco, «para que se lo beba él, me lo bebo yo!» Así le fue el negocio: cuando hablaban los vecinos sobre cosas del mercado decían «no vayas a hacer como el Codines». A la mujer y a los hijos: los del Leonés, unos, y Codines, otros.

·-·

En aquellos años había más gente de fuera que nacidos del pueblo. ¡Eran tantos hombres de todas las provincias de España y extranjeros los que trabajaban en las minas!

Cuando mi padre fue a construir 56 viviendas, el Tío Azota Cristos decía: «ya hay bastantes extranjeros. Después vienen más y nos roban las patatas». A todo el que no era nacido en el pueblo se nos consideraba extranjeros, pero tengo muy buen recuerdo y era una gente amable y cariñosa. Me apena ver las casas vacías y el valle muerto, algo que conocí lleno de vida[2].




NOTAS

[1]Incluso mi madre recogió en el manuscrito lo que parece un simpático chascarrillo de aquel momento: «El Tío Porreto y la tía Porreta tomando el sol están. El Tío Porreto poca o nada sombra le da».

[2]Transcribo aquí el final de la primera redacción: «Ya quedan muy pocas personas. Solo hijos o nietos de los recordados con tanto cariño. ¡Lo familiar que resultaba ver cuando se encontraban y el saludo era: “ya te veré, largo”, o “hasta mañana, Porreto” – “que pases buena noche, Chaparro”! Nadie se ofendía y se sentían satisfechos de sus apodos, pues así llaman a sus padres y a los padres de estos».



Apodos en Colle (Barrio del Obispo, La Viliella y Muriellos) y Llama de Colle (León)

ANGEL RODRIGUEZ, Luisa

Publicado en el año 2026 en la Revista de Folklore número 529.

Revista de Folklore

Fundación Joaquín Díaz