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Revista de Folklore número

530



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Las cofradías de Bolaños de Campos. Historia y presente

AYUSO PICADO, César Augusto

Publicado en el año 2026 en la Revista de Folklore número 530 - sumario >



Es un hecho comúnmente admitido que las cofradías fueron las instituciones asociativas más importantes y características del Antiguo Régimen, tanto en los centros urbanos como en las zonas rurales. En una sociedad fuertemente sacralizada como aquella, fueron un fenómeno natural que, impulsado por la Iglesia, vertebró, sin embargo, la vida social y contribuyó en gran medida a aunar lazos de solidaridad y vecindad en las localidades donde aparecían. En el origen de todas ellas estaba el fomento de la devoción y el culto a un dogma o una imagen sagrada entre la población, así como el hacer, de manera individual, méritos de cara al más allá, a la salvación eterna; sin embargo, su organización y actuación daban respuesta también a otros ámbitos de la sociedad en la que se implantaban. Uno de ellos era el de la solidaridad y ayuda ante situaciones dramáticas como la pobreza y la muerte, amenazas especialmente imprevisibles en la precaria sociedad de aquellos siglos. Y otro era el de contribuir al calendario festivo de la población con ceremonias y ritos que, con el tiempo, engrosaban las tradiciones de la comunidad. Por descontado, que la solidaridad se hacía más perentoria y cercana dentro del grupo, entre los propios cofrades. Sobre todo, a la hora de la enfermedad y la muerte, y en las celebraciones de la fiesta de la cofradía, con actos de comensalidad y juegos. Por lo tanto, hay que concluir que si las cofradías eran vitales en la celebración de los distintos actos cultuales del calendario litúrgico católico, allí en los distintos templos o ermitas donde estos tuvieran lugar y a los que la cofradía estaba adscrita, lo eran también en la contribución a la sociabilidad general de la población, pues ellos llenaban en los días señalados de su fiesta de ruido y algazara las calles y convocaban y arropaban el entierro de los hermanos en una sociedad en la que la muerte era un rito de paso de trascendental importancia religiosa.

Si tomamos el Catastro de Ensenada como principal referencia documental, hay que decir que en el año 1751 contaba Bolaños de Campos con noventa y un vecinos seglares y había tres parroquias: Santa María, San Miguel y San Pedro, y dos ermitas bajo las advocaciones de Santiago y la Vera Cruz. Eclesiásticamente, la localidad estaba circunscrita a la diócesis de León. Había también cinco eclesiásticos residentes en el pueblo y otros dos, naturales y con bienes patrimoniales en él, que ejercían su ministerio en otras poblaciones como Palacios de Campos y Cabezón de Valderaduey. Las cofradías eran cinco: la de la Vera Cruz, la de Ánimas, la del Rosario, la del Santísimo y la del Carmen[1]. Es decir, cofradías de advocaciones muy extendidas entre las parroquias y localidades del Reino de España; sobre todo, las cuatro primeras, muy promovidas, además, por la Iglesia de la Contrarreforma. Entre las de titulación mariana, la del Rosario era la más común, surgida a partir de la victoria católica sobre los turcos en la batalla de Lepanto (1571), y las de la Vera Cruz, Ánimas y el Santísimo han sido consideradas como «cofradías generales o de vecindad», frente a tantas otras más particularizadas y de menor aceptación en las poblaciones[2]. Posteriormente, aparecerían dos más –la de la Venerable Orden Tercera franciscana y la de las Santas Reliquias–, ambas de escasa duración. Excepto la del Carmen, que pertenecía a la parroquia de San Miguel, el resto radicaba en la de Santa María. De entre todas ellas, solo dos –la del Santísimo y la del Carmen– permanecen en la actualidad.

1. Cofradías desaparecidas

La documentación conservada de estas cofradías es desigual y fragmentaria. De las tres más antiguas es imposible fijar las fechas de su fundación, puesto que faltan los libros primeros y, con ellos, sus Reglas[3]. Lo más lógico es pensar que fue la de la Vera Cruz la primera en aparecer, y no solo porque sean de ella las primeras noticias que se tienen a través de sus libros de cuentas, sino porque las de esta titularidad eran las de tradición más antigua[4]. Las otras dos, la de Ánimas y la del Rosario, se extendieron solo después del concilio de Trento. Cabe, pues, pensar que las tres aparecieron en el pueblo en el siglo xvii, con alguna posibilidad de que la de la Vera Cruz lo hiciese en las últimas décadas del siglo anterior, lo que, objetivamente, es difícil de precisar.

Las primeras cuentas que existen de esta cofradía se remontan a 1678 y dan a entender que era, por entonces, una cofradía en pleno funcionamiento, con su ermita y algunas posesiones de tierras en distintos pagos del término municipal –siete en total, que habría recibido como mandas testamentarias de cofrades o encomendados– y cuyas labores mandaba hacer o alquilaba en renta a algún particular. En 1679 anotan las cargas y fanegas de trigo que recogen de la senara, así como el valor de la venta del grano y la paja y el coste del laboreo de la misma y la siega[5]. Casi un siglo después, en el Catastro de Ensenada, aparecen alquiladas a Santiago Pérez, de quien reciben anualmente la renta de cinco fanegas de pan mediado en trigo y cebada[6].

Otra importante fuente de financiación para la cera que gastaba en sus cultos la cofradía y las misas que encargaba en sufragio de los cofrades muertos eran las entradas y salidas de hermanos. En el mencionado primer año de las cuentas conservadas, el de 1679, anotan 184 reales por este concepto. Hay que tener en cuenta que cada nuevo cofrade, fuera hombre o mujer, pagaba 10 rs., y que la misma cantidad se les cobraba a sus herederos al morir. Frente a los 10 rs. que aportaban de entrada los hermanos de disciplina, los hermanos de luz lo hacían con 22 rs. A estas entradas hay que sumar las de los «encomendados», que eran vecinos que, sin haber sido cofrades en vida, se encomendaban a la cofradía para que asistiera a su entierro y les dedicaran sufragios. Las cantidades varían, pero se cuentan en ducados.

La cofradía había, en su día, levantado una ermita de considerables proporciones –a tenor de lo que hoy se conserva de ella, externamente muy transformada, pues se dedica a almacén industrial–. En ella se hacía cada 3 de mayo el relevo anual de los oficios: mayordomos, escribano, llamador, cerero, limosneros, etc. Y desde estos primeros años de las cuentas conservadas no cesan las anotaciones de retejos y diversos materiales de arreglo y mejora de su fábrica, así como de componer el esquilón. Para alojar a este, añadieron una espadaña el año 1754, que, con algún otro arreglo, tuvo un coste de 179 rs.[7]. Aunque la adquisición más importante que se recoge en sus cuentas obedece a los primeros años del siglo xvii, en que adquirió un retablo para la efigie del Crucificado. Se lo compraron al convento del vecino pueblo de Valdunquillo (Orden de la Merced) por la cantidad de 1.212 rs. Esto lo anotan en 1704; y en 1710 apuntan otros 2.000 rs. que costó el dorado de dicho retablo, pagado al dorador de Medina de Rioseco Jerónimo Marín. No serían estos los únicos gastos que añaden en estos años para el aderezo y mejora de esta ermita.

El día más importante de la cofradía era el Jueves Santo, a cuyos oficios todos los hermanos habían de acudir confesados y comulgar en ellos, y, en cuya noche realizaban su procesión de disciplina, en la que sacaban todas sus insignias y los hermanos de sangre se iban disciplinando a la luz de los faroles que portaban los hermanos de luz, que eran los que rebasaban ya la edad de los 50 años. Finalizada esta, y lavadas las heridas de los penitentes, tenía lugar la colación, en la que se repartían los «molletejos», panecillos especiales, con vino, higos y avellanas. Para los «molletejos» empleaban 5 fanegas de trigo a finales del xvii, pero ascendieron a 12 medio siglo después, hacia 1731, lo cual puede ser un índice del aumento de hermanos. De hecho, en 1701, en un concejo en la ermita acordaron que, por razón de los gastos que muchos cofrades cuentan a la cofradía excesivos, en adelante solo se les permitiera a los mayordomos el gasto de una carga de trigo para molletejos y cien reales para los demás gastos, corriendo de su cuenta cuanto hubiere de exceso. También celebraban fiesta el día 3 de mayo, día de la Invención de la Santa Cruz, en la que, junto a los cultos en la Iglesia, se reunían para confraternizar en un refresco (vino, higos, avellanas). En la visita episcopal de 1740, se les advierte de «que se abstengan de gastos excesivos de refrescos y colaziones cuyo celo incumbe a dicho cura que lo invigile»[8].

Se estilaba en la cofradía el arrendar las insignias entre los hermanos para la mencionada procesión de penitencia del Jueves Santo, por las que cada año se pujaba. Al principio solo se hacía por llevar el pendón, por el que en 1678 se pagó de limosna cinco fanegas de trigo. A finales del siglo xvii se paga también por llevar la imagen del «santo Cristo de la caxa», y, ya bien entrado el setecientos, se habla, al correr de los años, de dos efigies «maior y menor del Vendito Christo», de «la cruz de ñudos», de «la cruz de tabla» y de «la cruz de la Soledad». Se habla también de los arriendos del guión y del estandarte y de dos hábitos que tenía en propiedad la cofradía y que los alquilaba a los disciplinantes, que en 1696 supusieron media carga de trigo de limosna de quienes consiguieron el remate de los mismos. Estos hábitos solían ser donaciones de hermanos muertos, y llegarán a cuatro en 1714. A mediados de este siglo alquilará también blandones y hachas para iluminar la procesión.

Y es a mediados de este siglo cuando empieza a constar en las actas de las visitas canónicas del obispo o sus delegados que las cuentas de la cofradía parecen estar abandonadas, pues pasan años sin darse y el canónigo visitador llega a sospechar –y así lo hace constar por escrito– que los mayordomos estén utilizando los caudales de la cofradía en su propio provecho y priven a esta de los intereses y alcances que en sus cuentas tuviere. En 1780 se vuelve a reclamar a los mayordomos los alcances que no se han hecho efectivos durante una serie de años. Las últimas cuentas del libro segundo tienen fecha de octubre de 1800. Suman las entradas 182 rs., correspondientes en gran parte a las rentas de las tierras y, el resto, a dos muertes de hermanos. Las salidas son 169 rs., distribuidos en 108 en actos de culto; 54, de cera y 4, del hacer la cuenta. Queda un alcance de 13 rs.

Eran en 1782, 72 hermanos y 11 hermanas. No puede decirse nada más, pues la documentación conservada termina con el siglo xviii.

Las cofradías de Ánimas empiezan a proliferar en España tras el concilio de Trento y su decreto sobre el Purgatorio y la doctrina del Cuerpo Místico y la Comunión de los Santos (1564). Aunque esta teología empezó a elaborarse en la época medieval, fue a raíz de la Reforma protestante cuando la Iglesia Católica aquilató su doctrina en contraposición al pensamiento de aquella defendiendo la necesidad de las oraciones por los difuntos en un trasvase solidario de vivos y muertos. Estas cofradías eran las encargadas de recabar limosnas y dedicar oraciones y sufragios para las almas que esperaban en el más allá la purificación de sus pecados y obtuvieron gran aceptación entre los fieles, pues, no en vano, se trataba de lograr un salvoconducto para la otra vida y todos se veían representados en ellas[9]. De la de Bolaños nada se puede afirmar sobre su fundación y puesta en marcha, pues el único libro que de ella se conserva empieza a recoger noticias a partir de 1729, año en que aparece como una cofradía ya rodada, que llevaría, por lo menos, un libro llenado con sus cuentas y avatares. Lo único que puede aventurarse es que bien pudiera haber sido una cofradía introducida en el pueblo por los agustinos, pues recoge en su apertura una estampa de San Nicolás de Tolentino, religioso de esta orden y gran devoto de las Benditas Ánimas[10].

En las primeras hojas de este libro aparece el asiento de los cofrades que la forman. Están inscritos tres eclesiásticos y, hasta el año 1754, son 52 nombres de varones los que se anotan, más otros 32 de mujeres. Este número parece ir disminuyendo a medida que se acerca el final del siglo. Para entrar en la cofradía, se les exigía 8 rs. La cofradía fue reuniendo una serie de tierras que recibiría por mandas testamentarias de distintos cofrades y devotos, y que en la declaración del Catastro de Ensenada suman 23 heredades, que hacen desde 18 heminas la mayor a media hemina la menor, hasta un total de 144 heminas[11]. En el año 1729, el primero de este libro de cuentas, la renta por el concepto de senara asciende a 279 reales. Y los gastos de ese año fueron 419, llevándose la cera la mayor partida, 315 rs. El resto se fue en pagar el sermón de la fiesta de Ánimas y a distintos eclesiásticos que asistieron a las funciones, así como en armar el túmulo y tocar las campanas en las tres parroquias, tarea que sería encomendada a los sacristanes. No vuelven a aparecer las cuentas hasta el año 1769. Increíblemente, la renta por las tierras disminuye de manera drástica, pues si 18 años antes se dice en el catastro de Ensenada que el que las lleva paga anualmente dos cargas de pan anualmente, en las cuentas del antedicho 1769 solo se anotan una fanega y nueve celemines de renta, y algo parecido en los años siguiente, lo que hace pensar que el que las llevaba en arriendo no pagaba lo que debía. Y llama más la atención que en 1776 tengan que llegar en cabildo a un acuerdo, porque al

no aver bienes ni efecto alguno en dha cofradía para mantenerla así en la zera como en el Culto Divino, desde ahora y para siempre, y por el verano de cada un año todos los Cofrades hemos de dar de limosna dos celemines de trigo al May(mo) que fuere de dha Cofradia y esto lo ha de emplear en zera, de que se pedirá cuenta, y el que no cumpliere en uno o dos años quando mas queremos sea despedido de dha Cofradia.

Y seis años después, en 1782, por las mismas razones se obligan por acuerdo «a dar dos R(s) de vellon cada un año a el maiordomo» para poder pagar la cera que se gasta en los cultos y entierros. Por esos años acostumbraban a pedir por las casas en Pascuilla la limosna, que solían darles en trigo, y también pedían con «el canastillo» los domingos del año. La realidad es que no cubrían gastos y la deuda se les iba acumulando. En la visita pastoral que en setiembre de 1792 hizo el obispo de León Cayetano Alonso Cuadrillero a las parroquias del pueblo, conmina seriamente, bajo multa de 20 ducados, al párroco a liquidar las cuentas de la cofradía, pues observa que no hay claridad ni diligencia en ellas y debiera haber alcances y no deudas. El párroco reúne a los mayordomos y se las presentan al obispo con el resultado de 665 rs. a favor de la cofradía. Este le ordena que recobre esos débitos y emplee una parte en misas de sufragio y el resto lo remita a la Colectoría del obispado. A partir de entonces, las cuentas se toman más en serio y, junto a los dos reales que aporta anualmente cada hermano –se deduce, de esta cantidad, que andaban por el medio centenar en 1800– y la limosna de los devotos, se vuelve a poner lo que rentan las tierras, aunque con notables variaciones en los años –102 rs. en 1801 de dos fanegas y 10 celemines de trigo o 30 rs. en 1809 de 6 heminas–. En 1816 traspasan el alquiler de renta de tres fanegas de tierra a un nuevo rentero. En estos años rifan o venden también corderos que donan algunos devotos como limosna, que van en considerable aumento con los años –8 corderos en 1814, 10 en 1815– y se anima la entrada de hermanos, con lo que las cuentas anuales engrosan y pueden dedicar mucho más dinero a misas y sufragios por las Ánimas. Toman también nuevos acuerdos que añaden a los capítulos de la Regla. Como observan que flaquea mucho la asistencia a los entierros de los hermanos fallecidos, en 1833 acuerdan subdividir la cofradía en «tres tercios o cuadrillas», cada una con un muñidor que avisará de las muertes y señalará a cuatro hermanos para que porten el féretro. En 1856, año en que se cierra este libro de cuentas conservado, se cobran 99 ofertas de hermanos, por lo que se puede deducir que el número de estos se acercaban al centenar.

La cofradía desapareció a principios de los años noventa del pasado siglo, pues fue 1991 el último año en que celebró la fiesta. La realidad es que casi todo el pueblo era cofrade, pero se acabó, sin más, cuando los últimos mayordomos prefirieron no asumir sus atribuciones. En el imaginario de la población queda una oscura paraliturgia de cera y túmulos en noviembre, de lúgubre campaneo en la noche de Ánimas. Pero queda también la rebatiña de las castañas, que era un gozo para los niños, pues se las tiraban a la puerta de los mayordomos. Las castañas era el alimento por antonomasia de los cofrades en su refresco: a cada uno le correspondían dos morteras de castañas cocidas, que los mayordomos debían adquirir y cocer. Y, toda la noche de Ánimas, en las casas de estos, los juegos de naipes –el gilé, el cinquillo, etc– les tenían bien entretenidos.

De la cofradía del Rosario no se conserva libro alguno. Así no se pueden precisar las fechas ni de su nacimiento ni de su desaparición. Solo cabe recurrir a lo transcrito en el Catastro de Ensenada, en el que consta que, en 1751, poseía dos tierras que le producían unos 35 rs., más otras dos en renta que le aportaban una fanega de pan mediado un año con otro. También tenía un censo, tomado por un vecino de Villalán, de 916 rs, que le reportaba 27 rs. anuales[12]. Poco más se puede decir, salvo que a la Virgen del Rosario está dedicado el retablo rococó sito en la parte de la epístola levantado en 1766 –el medallón cimero representa la entrega del rosario a Santo Domingo–, cuya hornacina central ocupa la imagen de San Fernando, patrón del pueblo.

Aprovechando una misión que ejercitaron en el pueblo, dos frailes franciscanos del convento de Sahagún instituyeron en la parroquia de Santa María la Venerable Orden Tercera de Penitencia de San Francisco. El 16 de abril de 1759, en la ermita de la Vera Cruz dieron los hábitos a 64 hermanos hombres y a 72 mujeres de Bolaños y a 9 hombres y 22 mujeres del vecino Villalán. Se recoge también en el libro la distribución de cargos entre los hermanos, presididos por el Ministro Don Fernando Vergara, presbítero, los hombres, y por la Ministra Doña Josepha Olea, las mujeres.

Según los capítulos de la Regla, favorecida por más de 40 bulas papales, se confirma que el hábito se da a gente del lugar que tenga con que sustentarse y sea de vida virtuosa, y que todos los hermanos pasarán un año de noviciado antes de profesar. Debían de confesar y comulgar en las fiestas principales de Pascua, Nuestra Señora, los Apóstoles y el día del patrono, día este en que el sermón se le encomienda al Guardián del convento franciscano de las Fuentes del colindante pueblo de Aguilar, bajo cuya presidencia elegirán cada año los cargos. Estaban sometidos a una serie de rezos diarios en privado y de prácticas espirituales en grupo en ciertos tiempos litúrgicos. Debían practicar entre ellos las relaciones de hermandad y contribuir con dos cuartos de limosna al mes para la cera de sus ejercicios y funciones espirituales. Debían también guardarse de entrar en las tabernas. Una cofradía, esta de la V.O.T o, vulgarmente, orden terciaria franciscana, con unas exigencias devocionales mayores y una espiritualidad más rigurosa que las de las cofradías comunes, que, sin embargo, no tendría apenas recorrido en este pueblo. La última entrada de un hermano está asignada al mes de agosto de 1773, y es la del párroco de Santa María Don Francisco Xabier Morales. No hay anotación alguna de cuentas. Y el libro se usó primero para las anotaciones de Fábrica de la parroquia en los años de 1796 y 1798 y, a partir de 1814, pasa a ser el libro de Cuentas de la restablecida cofradía del Santísimo[13].

Tampoco tendría éxito la fundación de la cofradía de las Santas Reliquias el 1 de febrero de 1881 por el párroco de entonces Don Pascasio Ortega, que agrupaba a 8 hombres y otras tantas mujeres. Estas reliquias pertenecían a los santos mártires de Arjona: San Erasmo, San Ponciano, Santa Martina y Santa Antonina, se guardaban en la iglesia de Santa María y se sacaban en rogativas o momentos de apuro en las cosechas. El día de San Isidro se bendecía –y se bendice– con ellas el campo. Sus estatutos son muy simples. Para la entrada de hermanos se pedía «un blandón de cera buena de dos libras», con vistas a tener cera suficiente en las exequias de los mismos, pues pretendía ser una cofradía de solidaridad en la muerte. Sus miembros estaban obligados a cumplir el precepto pascual y a asistir a los cultos del día de la función y a los entierros de los cofrades, so pena de 4 rs. Y, como la llamada Santa Reliquia debía de ser solicitada por otros pueblos para efectuar conjuros en los campos, pues tenía fama de ser eficaz contra la «parpaja», los cofrades debían acompañarla con la cera a la salida de pueblo y luego a su vuelta. Pero salvo esta acta fundacional, nada más se recoge sobre dicha cofradía, como ya se ha dicho[14].

2. La cofradía del Santísimo Sacramento

La idea de la trasnsubstanciación del pan y el vino quedó reflejada como dogma en el IV Concilio de Letrán (1215), lo que supuso que el momento de la consagración se convirtiese en el acto más solemne y reverencial de la misa, con la elevación de la hostia y el cáliz para que fueran contemplados por los fieles postrados en adoración. De ahí a instaurar la fiesta del Corpus Christi como celebración de la apoteosis del Sacramento de la Eucaristía hay solo un paso, que dio el papa Urbano IV en 1264; aunque, debido a la muerte de este, no se llevaría plenamente a cabo en todo el orbe romano hasta principios del siglo xiv con el papa Juan XXII. Por su parte, las cofradías del Santísimo surgirían a principios del xvi impulsadas en Europa por los franciscanos y, en España, por doña Teresa Enríquez, conocida como «La loca del Sacramento», aunque la cofradía que, en adelante, marcaría la pauta para todas las demás habría de ser la fundada en la iglesia romana de Santa María sopra Minerva en 1538 por el dominico Tomás Stella, a la que el papa Paulo III otorgó una bula especial. El culto a la Eucaristía y la difusión de estas cofradías encargadas de mantenerlo y difundirlo fue, sin embargo, corroborado y especialmente favorecido por el Concilio de Trento, que, de este modo, plantaba cara a la indiferencia con que el protestantismo veía este sublime Misterio[15]. La fundación y difusión de las cofradías entre el pueblo fue una tarea fundamental en la Iglesia de la Contrarreforma, pero las del Santísimo, al igual que las de Ánimas y las del Rosario, son fruto señalado del celo contrarreformista católico para contrarrestar el escepticismo de las iglesias reformadas a la hora de encarar devociones como las de la Eucaristía, el Juicio Final o el papel corredentor de la Virgen.

En Bolaños de Campos la cofradía del Santísimo Sacramento no se fundó hasta el año 1706. Y se hizo con esa finalidad tan concreta que era también la propia en otros lugares en donde se estableció, y que se declara al principio de su Regla y Constituciones antes de plantear los capítulos por los que se regirá. No es otra que reverenciar al Santísimo «con aquella reverencia, y acatamiento, que debe ser dado a tan alto Sacramento», cuando saliere y fuera mostrado por el pueblo. Y se enumeran tales ocasiones: «el mesmo dia del Corpus, digo el primer Domingo de su Octaba, y el jueves santo de la Cena con la mañana de Pasqua antes que salga el sol, y los días que el Santísimo Sacramento saliere de la Iglesia para llevar a los enfermos». Y esto, lo harán «para gloria, y honra suya, y para alumbramiento, y devoción a los fieles cristianos». Se aducen, a continuación, dos razones teológicas tomadas de los evangelios. Concretamente, del capítulo 12 de Lucas, en donde se proclama el fuego del amor que Cristo vino a poner en los corazones de los hombres, para que en ese fuego ardan; y en del capítulo 13 del Juan, donde se insiste en cómo mostró a sus amigos su infinito amor para que pudieran comprender la grandeza del mismo, y cuya obra mayor es la institución de la Eucaristía.

Aunque no consta quién la inspiró, el eclesiástico –o eclesiásticos– secular o regular que fundase la cofradía, la redacción de esta Regla es breve y clara. Como, pasadas tres décadas, los capítulos, quizás por la disolución de la tinta, estuvieran ilegibles, determinaron «hacer nueva regla» y presentarla para su aprobación al Secretario de Cámara del obispo de León. De este modo, el 21 de junio de 1741, esta queda confirmada en su totalidad. Para hacerla más duradera y visible en su lectura, la dispusieron en un libro bellamente copiada e ilustrada, con letras unciales primorosamente miniadas y coloreadas, obra, sin duda, de un especialista. Ello es muestra del buen gusto y el desahogo económico de los cofrades, pertenecientes a la clase más culta y socialmente relevante del pueblo. Al final de la Regla se inscriben los nombres de los once fundadores y de todos los que, al morir uno de ellos, les relevaron y formaron parte de la misma en los 35 años que van de la fecha de su fundación hasta la de presentarla a aprobación.

Era –algo muy común a las cofradías de esta advocación en Tierra de Campos, por lo que vengo conociendo– una cofradía elitista, de numerus clausus, compuesta por los vecinos más distinguidos de la localidad, que, en número similar al de los apóstoles, rodean y acompañan al Sacramento en sus fiestas escoltándolo bajo palio. En efecto, pertenecen a ella los párrocos y eclesiásticos de la localidad y otros que tienen título de don o estaban entre los hidalgos o estados y profesiones más destacadas de Bolaños. Solo al bajar del número de 12, otro aspirante podía pedir su entrada en la cofradía, sometiéndose dicha solicitud a votación secreta en cabildo –a cada cofrade se le daban dos cédulas, una en blanco y otra escrita, y había de meter una en un cántaro; si salían más escritas que blancas, el cofrade estaba admitido– (cap. 4º). En los 35 años que transcurrieron desde la constitución de la cofradía hasta que presentan la Regla al obispado para su aprobación, se consignan 38 nombres. Leyéndolos se puede percibir esa condición elitista y cerrada que tenía, pues los apellidos son muy pocos y repetidos –Collantes (8), Villarroel (4), González (4), (del) Barrio (4), Vergara (3), Calderón (3), Rodríguez (2), García (2) y de Lera (2); y el resto de apellidos únicos pertenecen, sobre todo, a curas foráneos que se incorporaban a las parroquias–. Diez de estos cofrades tuvieron la condición de presbíteros, más uno que era familiar del Santo Oficio. A 27 de ellos se les antepone al nombre el título de Don. El capítulo quinto no deja lugar a dudas, al prescribir cómo habían de ir vestidos a las misas de la cofradía: «con sus sombreros y valonas», y los clérigos «lleven sus sobrepellices»; prendas que señalan suficientemente la distinción de clase. Así pues, si todas las demás cofradías de Bolaños eran cofradías abiertas, en que podían inscribirse gentes de diversos oficios o condiciones del pueblo, sin acepción, esta del Santísimo era una cofradía cerrada y elitista, que deja muy marcada la jerarquización y el distingo social, al quedar restringida a los privilegiados. Algo, por otra parte, que no debe extrañar en aquellos siglos del Antiguo Régimen[16]. Y, de hecho, muchos de estos cofrades del Santísimo pertenecían también a la Vera Cruz o a la de Ánimas, y se apuntarán también a la del Carmen o a la de la Tercera Orden franciscana. En la redacción de la Regla para nada aparece solidaridad entre ellos, pecuniariamente hablando, pues en principio no disponen misas a la muerte de cada uno ni ayudas ante la enfermedad. Tan solo el reparto democrático de gastos en la celebración de la fiesta de la Octava asumiendo la mayordomía por turnos.

Las mujeres de los cofrades se tenían por cofradas «sin que gocen de cosa alguna, más que de los bienes espirituales, y si muriere alguna durante su marido se la entierre con dicha Cofradía (cap. 2º). Posteriormente añadirán que, aunque haya muerto su marido, se la seguirá teniendo por tal cofrada y se la enterrará como tal. Y en otro de esos capítulos que iban añadiendo a medida que notaban algún vacío o necesidad en lo siete de primera hora que formaban la Regla, está el de incluir al sacristán de la parroquia de Santa María para que «goce de los sufragios de dicha Cofradía», ello siempre que cumpliese con las condiciones de asistir a dar la cera y el palio a los cofrades, tocar las campanas cuando fuere necesario, que era en las misas mensuales de la cofradía y en el toque de Ánimas de la víspera.

En cuanto a los deberes religiosos que la Regla dictamina, están los de confesar y comulgar el Jueves Santo de cada año (en capítulo posteriormente añadido, dispone lo mismo para el día de la función de la Octava del Corpus, estando incluidas sus mujeres). También el asistir a las doce misas anuales que se celebrarán el tercer domingo de cada mes, cantadas y con procesión alrededor de la iglesia, y a la del domingo de Resurrección, so pena de pagar media libra de cera por falta injustificada (cap. 5º). También debían acompañar al Viático, con toda la cera de la cofradía, cuando se le llevare a un cofrade enfermo, y lo mismo si se llevare «a otro cualquier vecino», aunque, en este caso «solo lleven dos cirios», y ello bajo la misma pena que en el capítulo anterior si alguno faltare (cap. 6º). Cada cofrade pagaba tres libras de cera a su entrada (cap. 2º) y siempre que fuese necesario renovarla, si no tenía medios la cofradía, la pagarían ellos a escote, tanto si se trataba de blandones como de cera menuda, según capítulo añadido posteriormente.

Salvo esta Regla copiada en 1741, no se conserva ninguna otra documentación de la cofradía durante este siglo xviii, por lo que mal podemos saber sus cuentas y su evolución. Tan solo hay noticia de sus propiedades en lo recogido por el Catastro de Ensenada. Consistían estas en dos viñas y cuatro tierras, posiblemente dejadas en mandas por cofrades o devotos. Las viñas eran de primera calidad y sumaban entre ambas siete cuartas. Las tierras se dedicaban al cultivo del trigo y hacían 30 heminas y estaban clasificadas como de segunda categoría. Las viñas le rentaban 24 rs. anualmente y las tierras seis heminas y media de pan[17]. Volvemos a tener noticia de estas heredades en el siglo xix, una vez que en 1814 la cofradía, que parece que había tenido una considerable interrupción de años, queda restablecida. La renta por la senara aumenta considerablemente, por lo que puede pensarse que nuevas tierras se habrían incorporado a sus propiedades. Andan en torno a las 12 fanegas de trigo y cebada recogidas, que suponen unos 300 rs. anuales vendidas, de los que hay que descontar lo que se lleva la siembra y la siega. El dinero resultante les servía para pagar las misas y la cera del año.

Desde 1819 a 1834 las cuentas vuelven a desaparecer. Y, por acuerdo tomado el último de estos años, sabemos que las viñas se sacan a pública subasta con un remate de 27 rs. anuales de renta, mientras que las tierras se le dan en disfrute al cura de la parroquia y abad de la cofradía por razón de las doce misas de Minerva anuales, y aduce, como pretexto, «por evitar cuenta de rentas que no sirven sino de gravamen p(a) todos». Lo que había sucedido era que renteros anteriores, hermanos de la cofradía, no siempre pagaban su renta, y eso hacía que los cofrades tuvieran que prorratear los gastos de cultos un año sí y otro también. De esta forma, se descargan de cuidados de cobros demorados, y traspasan la procura al párroco y abad. En las cuentas de 1842 se anotan, todavía, 580 rs. de rentas no cobradas a tres cofrades: uno que llevaba las viñas y debía 180 rs., es decir, desde que se le alquilaron en 1834, y otros dos que debían cada uno 200 rs. por el alquiler de las tierras (quizás, tampoco le pagasen al párroco). Este problema de la tardanza e, incluso, de la no satisfacción, de las rentas de tierras que las cofradías alquilaban era un problema general entre las de este pueblo como lo eran en la mayor parte de España. Ante años de dificultades o de malas cosechas los tenedores recurrían a esta práctica, que, a finales del xviii, sobre todo, se fue haciendo endémica y luego vino a dar la puntilla la invasión napoleónica, por lo que muchas cofradías, sumidas en el caos contable y en la falta de medios, acabaron despareciendo. Solo algunas de estas fueron reflotadas, una vez que los franceses fueron expulsados definitivamente del país y volvió la normalidad.

En junio de 1843 se lee que no cuenta la cofradía ni con rentas ni con deudas, lo que hay que entender como que la desamortización de Mendizábal les ha dejado sin viñas ni tierras[18]. Estos años, como los anteriores, sí que se harán efectivas las multas por falta de asistencia a las misas de mes, no confesar y comulgar el día de la función o no asistir al refresco. En este acuerdo rectifican que estas serán de 2 rs. por el primer motivo y de 5 rs. por los otros dos, lo que les supuso 22 rs. en ese año. En estos años, en que, además, los miembros de la cofradía se van reduciendo, el prorrateo incluye también a las viudas. Son años difíciles, que complicó aún más la desamortización de Mendizábal, al incautarse de las heredades de la cofradía, y que los cofrades solventan con su propio pecunio.

Y si a finales del siglo xviii y principios del xix la vida de la cofradía se eclipsó por distintos motivos, el principal de los cuales –cabe suponer, puesto que nada se guarda documentado– sería la falta de cobro de las rentas anuales de sus heredades, con la consiguiente omisión de cuentas y la dificultad de hermanos que quisieran tomar, ante tal panorama de débitos arrastrados, la mayordomía. La cofradía, en efecto, pasó por distintas fases, alternando crisis de inscripciones con momentos de resurgimiento. La restauración del año 1816 fue corroborada por 12 hermanos, incluido el abad, que encabezaba la lista. Es entonces cuando deciden elevar a 18 el número de hermanos porque, muchas veces, para llevar el palio o la cera acompañando al viático a algún enfermo, por diversas causas de ausencias, enfermedades o trabajo, apenas había quien lo hiciese. (E incluyen al sacristán, que realizaba misiones de asistencia al culto y de llamador, y también su mujer recibía la consideración de las demás esposas). Consta que 18 eran en 1838, aunque el declive se fue iniciando y en los años del sexenio revolucionario (1868-1874) se precipitó hasta quedar con solo en 6 en los años 1873, 1874 y 1875. Fue el punto de inflexión, porque, en seguida, empezó a reconstituirse, llegando a 10 tres años después, en 1878; a 16 en 1880; y al máximo, los 18, en 1882. El declive empieza de nuevo una treintena después, que culmina con la gripe de 1918, en que el fallecimiento de 4 hermanos baja el número de estos a solo 9, pero en 1924, con la entrada de 6 nuevos miembros, vuelve a los 18 de cupo, que mantendrá ininterrumpidamente hasta el año 1936. A partir de ahí declina, de nuevo, por falta de sustitutos de los fallecidos, hasta llegar a la mitad en 1953. Tras ligera recuperación, volverá a bajar de la decena en 1982, pero la entrada conjunta de cinco nuevos miembros al año siguiente eleva de nuevo el número hasta 14, para terminar el siglo con la docena que la componían en su fundación.

Aunque la mayordomía fuera rotativa y todos los cofrades hubieran de pasar por ella, esta era fundamental para la buena administración de la misma, que, repercutía en su marcha. En principio, parecería que su labor fundamental era ostentar la representación en las fiestas y, particularmente, en la función de la Octava del Corpus, con el consiguiente agasajo a los hermanos, tal como se dispone ya en el tercer capítulo de la Regla:

Lo tercero hordenamos; que el Mayordomo, que fuere de dicha Cofradia, el dia de su fu(n)cion, de un refresco onrrado á los Cofrades; y esto solo a de ser su ordinario, y extraordinario, que se compone de tres manjares, y no mas, y el que excediere pague de pena quatro libras de cera, que desta suerte se conserbara dicha Cofradia, y Cofrades escusando gastos.

Sin embargo, el cobrar la renta de las tierras para poder invertir su usufructo en misas y cera no era menos importante, como se demostró cuando la cofradía, a finales del siglo xix y principios de este, cesó en sus funciones, o en tantas otras en que, por imposibilidad de dar cuentas, su marchamo languidecía. Cuando en 1816 acuerdan, tras el paréntesis, restaurarla, ello será a costa de cargar sobre el mayordomo la financiación de los gastos de la función de la Octava del Corpus, tanto los del culto –las vísperas, la misa, los ministros acompañantes, el sermón, la cera–, como los del refresco. Con las rentas solo se pagaban las 12 misas anuales, que ascendían a 96 rs., pues el coste de la cera se repartía entre los hermanos. Esto fue así y volvió a corroborarse en el año 1845, que, en acuerdo del mes de mayo, determina con todo detalle cómo ha de ser el refresco. Los refrescos eran tres: después de vísperas de la Octava, después de la misa y procesión del día de la función, y después de las vísperas del mismo día. La redacción peca de embarullada, pero como documento etnográfico puede valer:

Dará un refresco después de vísperas a todos los hermanos con exclusión de cualquiera otra persona aunque sea de los eclesiásticos que asistan a ella, que se compondrá de una corra de agua y azucarillos primero dos de vizcochos de pan dos puñados de avellanas la víspera y uno el dia con una corra de vizcochos y azucarillos, y en el dia de vísperas un cuarterón de almendras o dulces en su papel correspondiente, con una limonada que se dará el último en ambos días, todo lo cual se entiende con las hermanas mujeres de cofrades difuntos[19].

Solo en 1872 se le eximen al mayordomo de pagar los gastos del culto del día de la función, pasando a ser estos asumidos a partes iguales por el conjunto de miembros. Pasado el sexenio revolucionario, en la cofradía se inicia un período de florecimiento con reactivación de las funciones del Sacramento. En 1878 acuerdan traer música de tamboril para la fiesta del año siguiente y, unos años después, cuando llegue al máximo de cofrades, añadirán los cohetes. De estos se traerán a voluntad del mayordomo de turno, pero la costumbre es que no deben faltar la media docena que corresponde a cada hermano para tirar en la procesión. Y componen el pendón de la hermandad, que estaba bastante deteriorado. Aunque estos gastos del tamboritero y los cohetes aparezcan mencionados ahora, es casi seguro que estuvieron desde los inicios de la cofradía presentes el día de su función o fiesta mayor del Corpus, pero corrían a cuenta del mayordomo de turno, por lo que nunca se dieron en las cuentas de entradas y gastos comunes. En 1883, se encargará también la compostura del pendón a un sastre de León, lo que les supuso 962 rs., ya que se echaron en él cinco paños nuevos, se cambió la flocadura, las randas y los cordones y se añadió una cruz nueva. Para preservarlo, deciden que solo se saque en algunas de las procesiones del pueblo y se evite, como hasta entonces había sucedido, sacarlo fuera, y que sea llevado por hijos de cofrades y no otros. En 1927 comprarán el estandarte por 278 pts, repartidas entre todos, y deciden que saldrá «cuando se administre a un hermano, mujer, o viuda de hermano, así como también al entierro de los mismos». Un año después, sin embargo, se excusará a los hermanos de asistir con capas a los actos de la cofradía desde los meses de mayo a octubre. Con el tiempo, esta desaparecería y solo llevarán como distintivo la medalla.

Tras la guerra civil, nunca faltarán en la función del Corpus los cohetes y la música de tambor y dulzaina, aunque, sobre todo, esta irá en constante aumento. Como estos gastos corrían a cargo del mayordomo, en 1964 acuerda la cofradía contribuir a este gasto con 1.000 pts., y el sobrecoste, a cuenta de aquel. En junio de 1984 acuerdan respecto a este tema, el traer tres músicos para la fiesta de años próximos, con la siguiente actuación: actuación con una diana por el pueblo antes de la misa y acompañamiento a la cofradía desde la casa del mayordomo a la iglesia para la misa, y tocar durante el alzamiento de la consagración y en la procesión, y acompañar luego a los cofrades a la vuelta a la casa del mayordomo para el refresco. Igualmente, por la tarde irán tocando con la cofradía a la función de la iglesia y, al terminar esta, de nuevo en la vuelta a casa del mayordomo para el segundo refresco. Y, por la noche, una sesión de baile al aire libre a la puerta del mayordomo. El coste del grupo musical correrá a costa de la cofradía, pero el mayordomo contribuirá con un 20 % a mayores, lo mismo que para los gastos del culto.

La cofradía celebró solemnemente su tercer aniversario en 2006 con la presencia del Sr. Arzobispo de Valladolid en las vísperas del Corpus de ese año. Actualmente, transcurrido el primer cuarto de este siglo xxi, la cofradía se ha reducido a 6 miembros. En 2002 se abrió a la admisión de mujeres «con los mismos derechos y obligaciones que un cofrade», y eso la ha salvado, por el momento, pues en 2010 la primera mujer en entrar ejerce como mayordoma de la fiesta del Corpus y hoy componen la cofradía el mismo número de hombres que de mujeres[20].

3. La cofradía del Carmen

De la cofradía erigida en la parroquia de San Miguel en honor de la Virgen del Carmen no queda copia fundacional de su Regla. Solo existe una copia, sin fecha de ningún tipo, en un libro iniciado a fines del siglo xix. En muchos capítulos de la misma se hace esta precisión «como ha sido uso y costumbre»[21]. En el primer libro conservado, pobre en sí, de escritura precaria y de información fragmentaria, se recogen acuerdos, cuentas y actas de visitas pastorales entre los años 1714 y 1779[22]. En un libro incompleto de la cofradía se lee, al inicio, lo siguiente: «la cofradía de la Sma. Virgen del Carmen debió fundarse sobre el año 1670 aproximadamente», apunte que se debe al cofrade y coadjutor de la parroquia D. Vicente de Paz hecho en el año 1944[23]. Es una pista, porque, de la documentación conservada, nada permite deducir cuando empezó, sino que, al leer sus primeros apuntes, todo indica que era una cofradía que, cuando decide levantar una tosca y ambigua nota de fundación fechada el 18 de octubre de 1716 y poner por escrito su cuentas y funcionamiento, ya viene rodada. No era ninguna excepción que algunas cofradías se constituyeran como asociación de devotos bajo una advocación y empezaran a funcionar de manera meramente voluntaria sin escribir canónicamente sus reglas ni levantar acta de fundación bajo la más docta y consistente dirección de un eclesiástico. Aunque fue a finales del siglo xvi cuando la devoción al Carmen empezó a extenderse por la catolicidad y a proliferar las cofradías erigidas bajo su advocación, cabe pensar que la de Bolaños bien pudiera haber surgido a finales del xvii.

Como cofradía nacida para honrar a la Virgen del Carmen y ponerse bajo su protección pensando en la hora de la muerte, cabría pensar, igualmente, que fueron frailes carmelitas los que, en alguna misión en el pueblo, animaron a los fieles a agruparse con estos fines tras inculcarles los beneficios que el escapulario de Ntra. Sra. del Carmelo dispensaba a sus encomendados con vistas a su salvación, tal como la Orden había venido predicando desde principios del siglo xv a raíz de cierta revelación que la Virgen hizo a san Simón Stock y que fundamentaban en la llamada «bula sabatina», que, decían, el papa Juan XXII había otorgado en 1322. Bula que, por otra parte, nunca se ha demostrado que existiese y que suscitó no pocas pesquisas y controversia teológica a lo largo de los siglos siguientes, pero que la orden carmelitana siempre consideró a su favor y procuró, por todos los medios, fuera refrendada su doctrina por los distintos papas. Esta era, a grandes rasgos y no sin reticencias y restricciones doctrinales, que la Virgen del Carmen había prometido a sus frailes y devotos que, muriendo con su escapulario, ella misma bajaría con sus ángeles a liberarlos del purgatorio el primer sábado después de su muerte[24].

La realidad es que, en ese primer apunte fundacional de 1716, del que claramente se deduce que la cofradía venía ya de antes, se inscriben unos 35 nombres de varones, encabezados, como abad, por el párroco de San Miguel don José González, al que siguen don Juan González, cura de la parroquia de San Pedro, y Antonio del Valle, secretario, los tres pertenecientes también a la del Santísimo, cuya fundación data de diez años antes. Entre estos nombres, hay algunos de cofrades forasteros: tres de Valdunquillo, uno de Villagrá y otro de Villalán. A los varones habría que añadir 31 cofradas. En 1743 son 31 los cofrades apuntados, aunque cinco años después y gracias a numerosas entradas, rozan los 50, número muy parecido a los consignados en 1766. El nuevo cofrade pagaba 12 rs. de entrada y uno las viudas o mujeres. A partir de 1752 lo que le exigen al entrante es un blandón de tres libras de cera.

Aunque los primeros apuntes de cuentas del libro son del año 1714, tomamos las del año 1718 y por él sabemos que el ofrecimiento de corderas que hacían los cofrades el día de la función consistía en su principal fuente de ingresos. Unos las entregaban ese día y otros las postergaban, pero el precio que se pagase al vender las primeras marcaba la cifra que el resto había de pagar en dinero. Por ejemplo, el 18 de octubre de 1716 se sacaron a vender 13 corderas, con un remate de 13 rs. y medio por cabeza. Esta venta se hacía en subasta pública a la puerta de la iglesia de San Miguel, después de celebrar la función del Carmen. Quien las compraba, se ofrecía a pagarlas el día de Nuestra Señora de agosto y firmaba el contrato avalado por un fiador. En 1718 fueron 35 las corderas ofrecidas en la función del año anterior, que a 13 rs. vendidas supusieron 455 rs. para las arcas de la cofradía, a las que sumó 45 rs. cobrados de dos entierros de no cofrades para los que se pidió la cera de la cofradía. De entrada, los deudos pagaban dos rs. de limosna, más la cera gastada, pues los blandones se pesaban antes de la entrega y una vez devueltos, abonando el precio de lo consumido. Más 22 rs. de la entrada de un nuevo cofrade y la oferta de trece mujeres, viudas u «otras que no son sus maridos cofrades», a real cada una. A ello habría que añadir 20 rs. de la venta de la paja de la senara de la cofradía. Esta senara eran tierras que habían cogido en arriendo por la que pagaban 4 o 5 fanegas de trigo de renta, más el grano puesto para la sembradura, que solían ser unas 12 o 14 fanegas. Las fanegas sacadas en limpio diferían unos años con otros, y podían ir de una o dos a más de diez, dependiendo de la generosidad de la cosecha. En los primeros años de estas cuentas también recogían anualmente la limosna de trigo por las eras, u ofertas del mismo, teniendo así una cuenta paralela de granos. Esta petición la hacían las mozas, a las que se denomina habitualmente «maias» en estas anotaciones. En las cuentas dadas en 1716 fueron seis fanegas y media de trigo las recogidas bajo esta forma de limosna; vendidas, aportaron este año 97 rs. al haber de la cofradía. A ello habría que añadir otros 45 rs. de limosna en dinero.

El ofrecimiento de corderas variaba de un año para otro, como es lógico, así como su precio en el mercado, y estaba en torno al número de cofrades, pero lo que sí se aprecia es que, al paso del tiempo, bajaban las ofertas de corderas e iban subiendo las de trigo. En 1730 sacan de las corderas 187 rs. (11 corderas, a precio de mercado de 17 rs.) y 213 rs. de 12 fanegas de trigo, correspondientes a otros tantos cofrades. De todo ello hay que concluir que, en un principio, esta fue una cofradía formada en buena parte de pastores, pero a la que, poco a poco, se le fueron sumando labradores. Y, del mismo modo que cogía tierras de trigo para labrarlas a renta, llegó un momento en que también empezó a comerciar con cabezas de ganado. Las cuentas son muy fragmentarias, pues solo se dan algunos años, pasándose los más por alto, pero hay anotado que en 1741 compraron 30 ovejas emparejadas por 660 rs. y que en 1764 vendieron 10 a Manuel Canillas por 360 rs.; y diez años después, 47 a Gerónimo Rodríguez, pastor, por 1.621 rs. y medio. La última anotación corresponde a 1776, pues fueron 32 borregas las vendidas a otros tres pastores por 1.808 rs.

Las cuentas de la cofradía solían arrojar alcances de un año para otro y su mayor problema podía ser el riesgo de que los pagos de ventas y ofrecimientos se demorasen en demasía, ya que todos ellos eran postergados para el final de la cosecha y, si esta era mala, había que prorrogarlos y esperar a años mejores. Fue una cofradía que se las ingeniaba para sacar beneficios, añadiendo a la oferta anual de corderas o trigo de cofrades y devotos algún otro recurso como el de la compra-venta de ganado lanar o labrar tierras de otros por una renta, cosa excepcional en las cofradías terracampinas, ya que eran ellas las que daban las heredades, que por mandas habían ido acumulando, a otros labradores para que las cultivasen, detrayéndoles una renta a su beneficio. En el catastro de Ensenada a esta cofradía del Carmen solo se le atribuye un bien: la posesión de una casa en el casco de la villa, «que se compone de un quarto bajo portal cocina con su corral… tiene de frente seis varas y de fondo catorze». Los peritos nombrados regularon su renta en 22 rs. al año; aunque ellos venían cobrando 50 rs. En realidad, esa casa había llegado a ellos dos años antes, en 1749, como cesión de un tal Domingo Fraile a la cofradía, al no disponer de otros bienes para saldar la deuda que tenía con ella de unas ovejas que la había comprado y no había podido pagar. Dos años después, en 1753, la vendieron por 400 rs., los mismos en que había sido tasada en su traspaso, cantidad con la que el deudor aun no resarcía su deuda. Tal ausencia de bienes contrasta con la que otras cofradías del pueblo tenían en usufructo. Pero ello, a la larga, tendría una ventaja en el siglo siguiente: la desamortización de Mendizábal no les afectaría, al no tener bienes raíces de que despojarles.

En el capítulo de gastos hay que consignar 558 rs. en las cuentas de 1718. El coste de cera a lo largo del año se lleva más de la mitad de los mismos, pues sube a 280 rs. entre blandones y cera menuda. Misas del año, predicador y sacristán se llevaron 87 rs. A los segadores se les pagó 80 rs. (incluye en este concepto otros trabajos en la senara como arar y sembrar, que solía ser hecho por los devotos, a los que se pagaba un refresco). El día de la fiesta se gastaron 100 rs. en el vino de los hermanos, más 24 de cohetes y 8 que se pagaron al tamboritero.

Los conceptos de gasto se repiten en los pocos años en que se dan cuentas, pero si hay alguno que merece ser más desglosado y comentado es el de los gastos con los hermanos para festejar el día de la fiesta, ya que, echando mano de cuentas, acuerdos y actas de visita, hay información suficiente, aunque sea salteada y discontinua en años. Este concepto sería más que controvertido en la historia de las cofradías españolas del siglo xviii y viene a representar la visión tan dispar que de la fiesta existía entre los obispos ilustrados –rigoristas, con frecuencia– y el pueblo cofrade. La relajación de las cofradías era un hecho y el toma y daca por parte de unos y otros no cejó, intensificándose en la segunda mitad del siglo[25]. Con la vigilancia y regulación del Estado y la gran crisis de subsistencias de finales del siglo y principios del siguiente, debido a las calamitosas cosechas y la invasión francesa, las cofradías poco menos que desaparecieron, al quedar abandonadas. Ya está dicho que en las cuentas de 1718 se dan «cien reales que la cofradía alarga por el gasto dia de la fiesta». En la visita que en mayo de 1725 les hace en nombre del obispo el canónigo penitenciario de León, este les aconseja moderar los gastos todo lo posible, pues los cien reales que gastan todos los años en colación le parecen excesivos, si, como apunta, el fin principal de la cofradía «es el alivio de las ánimas benditas y bien de los hermanos cofrades». En 1741, el coste del vino, avellanas y bizcochos para las dos reuniones festivas que celebran al año –la misa de Ánimas y el día de la función en setiembre– sumaron 156 rs., cuando había una treintena de cofrades. En los cuatro últimos años de esa década de los cuarenta no se dieron cuentas al haber fallecido el arcipreste del partido de Aguilar, y el 28 de abril de 1750, el nuevo arcipreste, al revisar y reconocer las cuentas de la cofradía, deja escrito en su acta duras palabras:

Los muchos excesos que sus mayordomos, oficiales y cofrades habían cometido en sus colaciones, comidas y bebidas, pitanzas y otras demasías bien ajenas al servicio de Cristo Nuestro Redentor y de su S(anti)s(i)ma. Madre que de antecedentes tan desarreglados se habían seguido tan lastimosas y detestables consecuencias. Ya de haberse malbaratado y consumado las limosnas y ofertas de d(ic)ha Cofradía. Ya dase carecer el altar, y (lo que peor es) aun la imagen de Nra. Sra. del aseo, decencia y compostura razonable, y a su dignidad correspondiente. Por tanto y para remedio de d(ic)hos semejantes excesos desde luego proveo y mando que el presente y demás mayordomos que en adelante lo fueren de d(ic)ha Cofradía y asi respectivamente sus oficiales celen la conservación y asunto de sus bienes, ofertas y limosnas. Sin que en manera alguna sean osados a las gastar y consumir en adelante con el desarreglo, que hasta aquí.

Y deja el mandato de que solo permite al mayordomo «un moderado refresco como de dos cantaros de vino sin intervención de avellanas, castañas ni cosa semejante» después de las vísperas de la función principal, y nada más en el año, sin ninguna otra pitanza como era costumbre. En agosto del año siguiente el mismo arcipreste observa que no han cumplido su mandato de moderación en el gasto de sus funciones y les impone una pena de 10 ducados «aplicados a la disposición del Sr. Obispo». Y así se lo hace saber, tras haberles reunido para darles cuenta de su auto. Los gastos de las cuentas del año 1750 arrojaban estas cifras en actos de comensalidad: 64 rs. de la colación de vísperas de la función de Ánimas, más 294 rs. y 20 maravedís del importe de las pitanzas y colaciones a los hermanos en las vísperas y día de la función de la cofradía, en la que hubo bizcochos y avellanas. A ello se suman 30 rs. de la comida que tuvieron los sacerdotes, el predicador y los mayordomos y diputados el día de la función y otros 8 rs. de pitanza que se dio a sacerdotes y sacristán que asistieron a la función principal de la cofradía. En total, 396 reales. El 25 de setiembre del año siguiente, y antes de que el mismo arcipreste tomase las cuentas del año, suscriben el acuerdo de nombrar dos mayordomos y «que se les pase cientocincuenta reales, no pasando el vino de ocho reales, y de ocho arriba doscientos reales». Y especifican que el vino ha de ser tinto. El día 27 de noviembre el arcipreste de Aguilar hizo comparecer a los mayordomos para que le diesen las cuentas desde octubre de 1751 al mismo mes de 1752, y en los gastos de las reuniones festivas de cofrades declaran 200 rs. que gastaron «en la función de ánimas y principal porque aunque se gasta mas en d(ic)has funciones no se les pasa mas a d(ic)hos mayordomos». Y aún añaden 38 rs. «que costaron la media fanega de castañas y media fanega de avellanas para las dos funciones».

Como se ve, los cofrades habían moderado algo los gastos cargados a las cuentas de la cofradía, pero hacían caso omiso de las estrictas disposiciones del visitador y no estaban dispuestos a renunciar a sus actos de convivencia festiva sin regalarse con el refresco que consideraban permisible. En noviembre de 1754 es el mismo obispo de León, Ilmo. Sr. D. Ildefonso Fernández de Velasco Pantoja, quien hace la visita general a las parroquias del pueblo y, en cuanto a lo observado en las cuentas de esta cofradía del Carmen, deja constancia de que «notables cantidades de maravedíes se consumen en los refrescos y más excesos que aparecen en las cuentas», por lo que conmina al cura a que reduzca dichos gastos, no permitiendo pagar a clérigos y hermanos más allá de «lo que montasen las propinas pecuniarias que deben percibir según costumbre», de tal forma que se acabe con los refrescos. Y lo declarará inobediente si no lo hace. También deja claro que los alcances de la cofradía deben pasar íntegros de unos mayordomos a otros, no dejándolos sin dar porque no estén cobrados. Hace, de este modo, responsables a los mayordomos de las deudas no cobradas de la cofradía. Intenta acabar con un defecto que se arrastra sobre los alcances no satisfechos y es que, con los años, se van haciendo incontables y perdiéndose el rastro. Por voluntad del cura de la parroquia, estos mandatos de visita se les hizo saber a los hermanos, los que, reunidos el 14 de diciembre de ese mismo 1754, dieron una contestación muy clara a los mismos. Primero, que no querían eso que el obispo llamaba «propinas pecuniarias». Segundo, que a los mayordomos no había que hacérseles cargo del gasto que hiciesen en las funciones con los cofrades; tan solo, «el gasto de misas de regla, sermón, cera y otras cosas que sea para culto de Maria Santisima». Y tercero, que la oferta anual que hará cada cofrade a la cofradía será de cinco reales».

Es decir, los cofrades, reducen considerablemente sus ofertas anuales –9 rs. en 1752– y dejan fuera de la supervisión eclesiástica los gastos festivos de la hermandad. Parece ser que antes de esta visita habían intentado que el obispo aceptase su modo de celebrar la fiesta y retirase su prohibición, porque, en esas cuentas dadas ese año 1754, se descargan seis rs. gastados con los dos cofrades que fueron enviados a Mayorga «a suplicar al Sr. Ilmo. a proseguir con la función como hasta aquí». Como sucedía en la generalidad de las cofradías, ellos no concebían la fiesta en honor de la Virgen como algo exclusivamente cultual, sin tener su expansión profana o acto de hermandad en comensalía. Y, es más, creen que esta no tiene que estar fiscalizada por la autoridad eclesiástica. Gastos por este concepto no aparecen en adelante en sus cuentas, pero eso no quiere decir que no continuaran con sus refacciones festivas en casa del mayordomo. En su visita de 1780, el obispo Cayetano Antonio Quadrillero y Mota les acusa de incumplir los capítulos de su regla y vuelve sobre «los excesos que acen sus hermanos en el dia de la festividad», por lo que, juzgando que su comportamiento más tiene de «inmoral y aun perjudicial» extingue y disuelve la cofradía y les pide a los párrocos que no secunden ninguna función «ni aun espiritual con pretexto alguno». Este decreto, sin embargo, pronto lo dejaría sin efecto, al transmitirles por terceros que les permite subsistir como cofradía con la condición «de que se cumpla con lo piadoso de los capitulos de d(ic)ha regla».

Aunque deduzco que fue a finales del siglo xviii cuando la fiesta de la cofradía para honrar a la Virgen del Carmen quedó fijada el primer domingo de octubre, en un principio más parece que la celebraban el segundo domingo de este mes. Celebrar la fiesta durante este mes o, a lo más, a finales de setiembre, era algo común entre las cofradías de pastores de Tierra de Campos. Ello se debía a que, el 16 de julio, cuando la Iglesia había estipulado la fiesta del Carmen, los pastores andaban con las ovejas en el campo, pues en estos meses estivales estas permanecían todo el día en él y no se podía abandonarlas[26]. En la fiesta hacen su acto de presencia desde muy pronto los cohetes y la música. En cohetes suelen gastar 25 rs., sin precisar la cantidad que compran; la única vez que lo hacen, en 1752, anotan 15 rs. por cinco docenas de ellos. En cuanto a la música, en 1718 pagan 8 rs. al tamboritero que contratan y 15 rs. en 1730, pero prefieren que este se incardine en la cofradía como uno más y toque en su fiesta gratuitamente. Si no lo hay en el pueblo, acuden a los pueblos vecinos para ofrecerle ser un cofrade más, con sus beneficios de cera y sufragios a la hora de su muerte, «sin darle más que comer y beber», como es el caso de Antonio Losada, vecino de Villavicencio, que entró en 1728. Hubo algunos más, del mismo pueblo o de Castroverde, pero esto fue así solo algunas décadas. A fines del siglo xix empiezan a incorporar también al dulzainero.

Como en las visitas del inicio de la década de los años cincuenta se les echase en cara la dejación en que tenían el altar y aun la imagen de la Virgen, el año 1753 escriben el inventario de bienes y alhajas que tiene la cofradía para honra y ornato de la patrona, y lo reiteran al año siguiente. Pese a lo que escribiese el arcipreste de Aguilar, Gerónimo Cid, altar e imagen no estaban desatendidos, pues el inventario es surtido. En el año 1742 habían comprado una lámpara para el altar, con un coste de 85 rs.; tres años después añadieron un mantel, un marco frontal y un bastidor nuevo por 92 rs.; en 1748 habían comprado un guión por 46 rs. Tenían, además, dos tablas de manteles de altar, una cortina con cenefa de seda encarnada y otra de seda morada, esta usada; dos candeleros y dos hacheros. En años sucesivos continuarían reponiendo manteles, cortinas o candeleros.

En cuanto al ropero de la Virgen, constatan tres mantos de seda, dos de ellos nuevos y uno usado; cuatro briales, dos buenos y dos usados; cuatro jubones y cuatro escapularios, todos de seda, dos buenos y dos usados; una basquiña de luto, con juboncillo y manto; cuatro tocas, tres blancas y una de luto; dos rostrillos, una corona buena, dos joyas de plata y otras tres pequeñas de estaño, un corazón con cerco de plata. Añaden a este ajuar un velo de gasa que compran en 1756 por 88 rs. y un nuevo vestido que adquieren en 1776 por 797 rs. Y no hay que olvidar unas andas que en 1775 les hizo un carpintero de Valderas, con su tarjeta dorada, cuyo coste ascendió a 124 rs., más una peana y el carrillo. No se puede, en absoluto, decir que descuidasen el culto y veneración de la imagen del Carmen. Culto que celebraban con regocijo el día de su fiesta, por lo que no tiene nada de extraño que confraternizasen en torno a la mesa al tiempo que hacían extensible su devoción a la Virgen a todo el pueblo. No es posible, sin embargo, afirmar si la imagen de la Virgen del Carmen responde al modelo oficial tipificado desde finales del siglo xvi a raíz de las concesiones y el privilegio para su culto otorgados por el papa Gregorio XIII. Hace un siglo su rostro fue restaurado y, al parecer de la gente, visiblemente alterado respecto al original[27]. Es una imagen de armazón, vestidera, y no se puede precisar cuándo ni dónde la adquirieron. Su altar se hallaba en la iglesia de San Miguel, pero no hay noticia documental de cuando se erigió; como la imagen, hay que suponer que fue en los primeros años de la cofradía[28].

4. La religiosidad local

Tras el Concilio de Trento las cofradías serían pieza fundamental en la Iglesia para incentivar la piedad popular. La jerarquía eclesiástica se valió de ellas para extender y propiciar las ideas contrarreformistas y fomentar las devociones y el culto con imágenes y fiestas que las hicieran asequibles y familiares al pueblo. Las cofradías, con todo, estaban a medio camino: impulsadas y favorecidas por el clero, eran también dirigidas y fiscalizadas por los clérigos y estaban sometidas a la severa autoridad de los obispos, pero su forma de entender la devoción y la fiesta estaba más cercana al sentimiento popular que a las abstracciones teológicas de la doctrina eclesiástica, y ello les creaba tensiones que no siempre sabían capear. Por eso, a lo largo del tiempo, muchas se fueron quedando por el camino. La religiosidad popular hispana de los siglos barrocos y de la modernidad –y más aún, en las zonas rurales–, no se puede entender sin ellas, pues ellas la moldearon, la fueron conformando. El por qué unas acertaron a llegar hasta nuestros días y otras desaparecieron no es fácil de contestar, porque las circunstancias no fueron las mismas para todas, y primero las penurias de la invasión francesa, luego el hachazo confiscatorio de la desamortización, más tarde el proceso de secularización iniciado con los regímenes liberales y proseguido por el eclipse religioso en la posmodernidad, lo propiciaron. Y no hay que olvidar, puesto que de un pueblo castellano y agroganadero se trata, de la imparable despoblación del campo. Si hasta finales del siglo xx había tres cofradías en Bolaños de Campos y una de ellas sucumbió sin pena ni gloria, aun cuando era la mayoritaria en el pueblo, y las otras dos, más enjutas, continuaron, solo puede explicarse como una adaptación a las circunstancias. El binomio cofradía-pueblo es más importante que la justificación religiosa (devocional) con que en principio cada una surgió, pues todo depende de cómo, a través del tiempo, esa devoción ha ido calando en el pueblo a través del ritual y la fiesta, hasta el punto de que este se viera, en mayor o menor grado, identificado en ellos. El tiempo –las circunstancias sociales y mentales van cambiando– hace su labor de criba[29].

La cofradía del Santísimo y la del Carmen nacieron cercanas en el tiempo y, aunque de condición social y mental distinta –la primera, formada por clérigos y principales del pueblo, estaba más cercana a la jerarquía eclesiástica; la segunda, propia del pueblo llano, representaba una religiosidad más popular, más afectiva–, lograron transmitir en el pueblo las devociones a las que servían y representaban con una mayor riqueza ritual y festiva, de tal modo que el pueblo se ha ido identificando con ellas hasta hacerlas partes fundamentales de su tradición. Quizás, a esto, hay que sumar otros motivos o circunstancias. La del Santísimo fue siempre una cofradía minoritaria, por su origen y sentido simbólico, y quizá eso favoreciese la interacción y el entendimiento entre sus miembros. Además, la fiesta del Corpus siempre fue una fiesta capital en el calendario litúrgico cristiano, celebrada con el máximo boato y esplendor. En cuanto a la del Carmen, siempre fue una cofradía popular, y cuya fecha de celebración de la fiesta, una vez acabado el verano, quizás resultase muy estimulante y propicia, pues venía a cerrar un año agrícola y ganadero que encajaba perfectamente en esas fiestas de acción de gracias que todos los pueblos tenían –las vírgenes y los cristos de setiembre–. Y, además, la figura maternal de la Virgen siempre ha sido muy cercana y querida por el pueblo. Sea esto en buena parte o no, el caso es que la religiosidad local de Bolaños se ha regido en los últimos tiempos por las pautas festivas que estas cofradías han alimentado e impuesto durante algo más de tres siglos. La fiesta de la Virgen del Carmen y el día del Corpus son los días clave en el calendario del pueblo. Aquellos en que la afluencia es mayor y en los que más se experimenta y se vive el sentido de pueblo, de comunidad que se reúne y se reconoce.

Los actos religiosos de la mañana son el punto de referencia y la iglesia el espacio común adonde conduce la música que abre la comitiva de la cofradía que convoca a la fiesta y despliega el ritual que –con los cambios que dispone el tiempo– se ha hecho tradición que sustenta y resignifica cada año la conmemoración. Es un ceremonial que la Iglesia impuso en el barroco. En lo litúrgico, la misa, el sermón y la procesión. El sermón es lo que más ha variado, pues si en el siglo xviii estaba lleno de solemnidad y aparato y corría a cargo de un orador de campanillas, que glosase –entre lo doctrinario y lo espectacular– el sentido religioso de la fiesta, ahora todo esto importa menos. De hecho, el predicador –cuya contratación y alojamiento era cometido del mayordomo de turno– levantaba no pocas expectativas y era tema preferido de comentario, y no hace falta recordar Fray Gerundio de Campazas, etc. la célebre novela satírica que el P. Isla, como buen paisano, escribió en dicho siglo sobre el tema y las gentes terracampinas. La procesión, aunque sin velas encendidas y sin la solemnidad y recogimiento de entonces, sigue los cánones de pasear la imagen sagrada por el pueblo semejando un ritual militar de conquista, es decir, enseñoreándose la imagen del espacio cotidiano de las gentes. Los cohetes y la música tenían su razón de ser, homenajeaban a la imagen procesionada –la Eucaristía, la Virgen– y servían como anuncio y celebración de su recorrido triunfal, escoltados por los cofrades y el pueblo[30]. El día de la fiesta el icono deja por un instante su lugar sagrado, el templo, y visita las calles donde se desarrolla la vida ordinaria de los fieles a los que protege. De este modo, el pueblo, a su paso, quedaba sacralizado, bendecido. Aunque a los ojos actuales se haya perdido gran parte de su significado, todo este ritual litúrgico sigue siendo parte consustancial de la fiesta y, sin él, esta no existe. El despliegue profano se le supedita. De hecho, este, el despliegue de actos profanos, varía con el tiempo, pero el núcleo de la fiesta, que es la celebración religiosa, forma parte de la tradición, y esta es insustituible.

Y esto tanto es así, que la fiesta es la tradición, el aura mítica que, generación tras generación, ha impregnado el inconsciente colectivo de un pueblo, ese sentimiento profundo que anida en su vida, en su recuerdo, y que le impele a celebrar la fiesta en comunidad, tal como es, como expresión colectiva en que un pueblo se representa a sí mismo, se encuentra y se reconoce. Y, naturalmente, también en este tiempo, en que la motivación religiosa es tan diversa entre sus gentes, y en que ya ni siquiera se comparte la vida diaria, debido a la emigración. Precisamente, para muchos de estos que hubieron de abandonar el pueblo, las fiestas de este son las únicas que reconocen como tales, las que sienten más profundamente y en las que se sienten en su ser. Estas reflexiones, o muy parecidas, pueden hallarse en muchos estudios antropológicos de fiestas locales, pero como el tema que nos ocupa es Bolaños de Campos y sus cofradías, ejemplificaremos a modo.

En el año 2012, en el pueblo no hubo fiesta del Corpus. La celebró una minoría, y solo religiosamente, manifiestamente deslucida. Lo que ocurrió fue un desencuentro por lo que, en términos antropológicos, podemos denominar el control del «poder social» de la fiesta. Como el cura llevaba cuatro parroquias y la fiesta del Corpus con la procesión le suponía en cada pueblo un tiempo extra que hacía inviable oficiar en todos los pueblos por la mañana, estableció, por turno rotativo, que cada año le tocase a uno la celebración litúrgica por la tarde. Y a Bolaños le correspondió ese año 2012. La cofradía, aludiendo a la secular tradición de la fiesta, recogida en sus estatutos, le propuso al párroco que fuera por la mañana, que ellos se encargarían del sacerdote, máxime cuando era de su incumbencia el traer al predicador. Pero el párroco, arrogándose que, por derecho, era el abad de la cofradía, adujo que la fiesta no se podía celebrar sin él y que tenía que ser por la tarde, para que no hubiera excepciones. Por más que le insistieron, no hubo forma. Los cofrades acudieron al arzobispo, que les recibió, les escuchó y les dio buenas palabras, pero nada más. La polémica enseguida saltó al blog del pueblo, que, mayoritariamente, no entendía la negativa del párroco y apoyaba las pretensiones de la cofradía. Y el desencuentro cofradía / párroco llegó a la prensa provincial[31]. La cofradía defendía el derecho de la tradición, que es el que el pueblo entiende a la hora de celebrar una fiesta, y la tradición es un conglomerado de elementos muy variados donde entran el tiempo y el espacio, objetos y acciones y personas que conforman, por sí mismos y en conjunto, un universo simbólico que es lo que les lleva a celebrar la fiesta como siempre se ha hecho, con su ritual y sus tiempos. La tradición es el pueblo, que es el que año tras año celebra y da sentido al ritual y que, a su vez, lo recibe de él. Y la cofradía sabía –si no de forma razonada, sí intuitivamente–, que la fiesta y la tradición eran la cofradía, la sustentadora durante tres siglos de ellas, y que las excusas del cura –argucias jurídicas– tenían fácil solución. El cura, aunque sabían bien que era el abad y le correspondía la pertenencia a la cofradía e incluso su presidencia simbólica, no dejaba de ser un advenedizo, alguien que ejercía «profesionalmente», pero que hoy estaba y mañana no, que no había elegido entrar en la cofradía como ellos, libre y responsablemente. La confrontación era muy clara: «la fiesta somos nosotros» (la cofradía) / «la fiesta soy yo, el miembro más importante de la cofradía» (el cura), y no hubo solución. Llegado el Corpus, por la mañana la cofradía se fue a Medina de Rioseco a la misa y procesión y a comer juntos[32]. El pueblo, al tanto de todo, se hizo a la idea de que ese día no era fiesta y los que habitualmente venían de fuera o pensaban venir no lo hicieron, porque no tenían nada que celebrar en el pueblo. El culto se hizo por la tarde –el cura trajo a otros sacerdotes que le arropasen en su decisión y, seguramente, como para querer dar más solemnidad al acto–, pero la deserción del pueblo –los hombres en su totalidad (solo dos presentes)– fue más que visible, a pesar de algún altar que se levantó y algún niño que «se echó» al paso del Santísimo. La conclusión que se puede sacar de esta colisión es que la pastoral es una cosa y el derecho eclesiástico otra. O, como decía Pascal, que el corazón tiene razones que la razón no alcanza. Porque la religión –y más la de inspiración popular– tiene mucho de cordial y poco de razonable, de lo contrario no sería fe o esperanza contra toda esperanza[33]. Cuatro años después, por las mismas razones, tampoco hubo fiesta.

Pero, siguiendo con el papel de la tradición, hay otras poderosas razones por las que el Corpus es una fiesta que representa y exalta al pueblo como comunidad, que manifiesta su grado de integración y revitalización. Para la procesión se hacen altares en distintas casas o calles y en ellos «se echa» a los niños nacidos en el último año para ser bendecidos con la Custodia. Aunque niños en el pueblo casi no nacen, puede, sin embargo, haber hasta una decena de ellos en los altares o en sus cochecitos a las puertas de la casa familiar expuestos para la bendición[34]. Son hijos de hijos del pueblo o nietos que vienen de fuera pero que con este acto manifiestan su vinculación al pueblo, sus padres les presentan como nuevos miembros de la saga familiar cuyos lazos afectivos están en el pueblo. La tradición es esa cadena familiar que se hace especialmente visible en los «ritos de paso» de sus miembros. Estos niños, nueve años después, pueden venir a echar flores en la procesión del Corpus y, en otros tantos, a «poner el mayo» y celebrar los quintos con sus amigos coetáneos de los veranos o fines de semana. La tradición une generaciones, es pervivencia y es renovación. Es el fundamento de ese vínculo emocional que solo puede expresarse y reactivarse mediante los símbolos que la propia comunidad ha creado y heredado y que dotan de sentido la vida, al permitirle al sujeto que los vive su anclaje en el cosmos y la construcción social de la realidad.

La abundancia y complejidad de los símbolos que configuran la religiosidad popular están fuera de duda, solo cabe observar y deducir la función y el significado que cada uno juega en la vida y en las manifestaciones festivas de cada comunidad local. No podemos, por falta de datos objetivos, explicar por qué en Bolaños la cofradía del Carmen se desarrolló y ha sido relevante en su historia y, sin embargo, la del Rosario desapareció prácticamente sin dejar rastro, cuando ambas compartían propósitos: ofrecer a los fieles el amparo de la Virgen, sobre todo a la hora de la muerte, bien acogiéndose al escapulario de una o al rosario de otra. Quizás, por eso, por disputarse ámbitos afines una hubo de desaparecer. Pero lo cierto es que, con el tiempo, la Virgen del Carmen se ha convertido en el auténtico icono del pueblo, en la imagen simbólica más representativa, en su referencia existencial y comunitaria, por la que celebran su fiesta mayor[35]. En realidad, el patrón oficial es San Fernando, pero desde hace medio siglo o algo más, de facto, la Virgen del Carmen lo ha desplazado. En la religiosidad popular se produce un fenómeno peculiar, y basta observar lo que sucede en otros pueblos del contorno, y es que suelen contar con un patrón y un copatrón, pero siempre distribuidos en parejas. A un patrón masculino, una copatrona femenina, y preferentemente la Virgen, porque esta y su Hijo tienen los poderes mayores, mientras que los santos son subsidiarios de aquellos. La religiosidad popular tiende a reproducir con las figuras sagradas los parámetros culturales antropomorfos en la que ella se mueve. De ahí esa moda barroca de vestir a las vírgenes de su devoción como si fueran señoras nobles, con valiosos vestidos y aderezos, cuando no las coronan reinas. Y de ahí, esa tendencia a buscar la complementariedad de sexos. Lo que ha sucedido en este pueblo es que la copatrona ha desbancado al patrón en la preferencia de los fieles. Ya hemos dado algunas razones: las fechas de las fiestas, la mayor afectividad que despierta la Virgen, etc. En realidad, la emigración ha llevado a cambiar las fechas de las fiestas de muchos pueblos, y, a veces, también su titularidad.

Los cambios sociales obligan[36]. Así, la fiesta del Carmen, de ser simple fiesta de cofradía, pero que suscitaba la mayor devoción, se ha convertido en la fiesta por antonomasia del pueblo, aquella en que este legitima y celebra su identidad, y esto es ya un lugar común en antropología; lo mismo que toda fiesta patronal, aunque haya surgido como fenómeno religioso, no deja de ser, igualmente, una práctica sociocultural. De hecho, hace ya tiempo que el Ayuntamiento se hizo cargo de los actos profanos que origina la fiesta en su víspera y en su día –la música para los bailes, las atracciones infantiles, etc.–, mientras que la cofradía sigue presidiendo y financiando el culto religioso[37]. La fiesta es, sin duda, la mejor manifestación de ese vínculo que existe entre el pueblo y la Virgen, su patronazgo y su imagen simbólica, aunque cada uno lo viva con variable intensidad y presencia: novena, vísperas, misa y procesión, son actos explícitamente dedicados a ella. Y siempre hay un momento culminante, que en este caso sería el canto de la salve en el atrio de la iglesia ante la imagen al finalizar la procesión. Es el momento que concentra la mayor emotividad y la vibración más profunda, la mística de la fiesta. Esta salve es canto de acción de gracias y de súplica de protección, renovado cada año y distinto, sin duda, del otro canto de la salve que se realiza en la iglesia al acabar la procesión del Viernes Santo por la noche, en que desfilaron los siete pasos del pueblo[38]. Esta procesión sería otro de los hitos de la religiosidad local, y esta salve de despedida, además de canto de petición de amparo, un canto de solidaridad y acompañamiento de la Dolorosa, al haber rememorado la pasión y muerte de su Hijo.

La fiesta, por otra parte, hay que verla como un intercambio de dones, aprovechando la ya clásica teoría de Marcel Mauss[39]. Intercambio en múltiples sentidos. Los fieles ofrecen a la Virgen velas o lamparillas, promesas, cantos, vestidos, etc. La cofradía la agasaja en la fiesta con flores, con poemas, con cohetes, con música, con una liturgia bien preparada, engalanando sus andas y haciéndole lucir los mejores vestidos y mantos, que ellos o devotos particulares le han regalado[40]. Todos lo hacen pidiéndole protección y salud o cualquier otro deseo. Por otra parte, está lo que la cofradía dona al pueblo, que es la fiesta, y lo que el pueblo devuelve a la cofradía: la participación, el entusiasmo, etc. Y, finalmente, el gasto en la fiesta del mayordomo de turno: refrescos de los cofrades, la invitación a familiares y amistades a la comida, la invitación al pueblo por la tarde… El culto y veneración a la Virgen, el intercambio de dones, la sociabilidad, la comensalidad, la música, la animación en las calles, etc., son todos elementos de la fiesta de los que la comunidad participa como signo y modo de celebrar que es eso, comunidad, grupo social que se expresa y se autohomenajea en un ritual reconocible pero renovado cada año, y que la hace sentirse como tal y ser lo que es.

Estas dos cofradías supervivientes se enfrentan, dados los tiempos que corren, tan poco halagüeños para los pequeños núcleos rurales debido a la despoblación y al envejecimiento, a la falta de relevos de cofrades –6 cofrades hay ahora en el Santísimo; 10, en el Carmen–, y el futuro es previsible pero impredecible. Aunque, como conclusión, hay que decir que estas dos cofradías que perviven en Bolaños de Campos, la del Santísimo y la del Carmen, son las que, a la postre, han marcado su religiosidad local, animando y, en buena parte, financiando los días festivos más esperados y celebrados por el pueblo. Así pues, bien puede decirse que su contribución al patrimonio sociocultural del pueblo ha sido y es tan decisiva como innegable.




DOCUMENTACIÓN

AHPV. Bolaños de Campos, Libro Maestro de Eclesiásticos, caja 26, exp. 4.

AHDV. Bolaños de Campos, Parroquia de Santa María, 20, Libro de Cuentas de la Cofradía de Ánimas 1729-1856.

AHDV. Bolaños de Campos, Parroquia de Santa María, 22, Libro de la Cofradía de las Santas Reliquias, 1881.

AHDV. Bolaños de Campos, Parroquia de San Miguel, 38, Libro de la Cofradía de Ntra. Sra. Del Carmen, 1714-1779.

AHDV. Bolaños de Campos, Parroquia de Santa María, 39, Libro de Cuentas de la Cofradía de la Vera Cruz 1679-1728.

AHDV. Bolaños de Campos, Parroquia de Santa María, 40, Libro de Cuentas de la Cofradía de la Vera Cruz 1729-1800.

ACSB. Libro de Regla de la Cofradía del Santísimo, 1741.

ACSB. Libro de Fundación y Regla de la Venerable Orden Tercera de Bolaños de Campos, 1757, y Libro de cuentas, acuerdos y listas de hermanos de la Cofradía del Santísimo Sacramento, Bolaños de Campos, Parroquia de Santa María, 1814-1998.

ACSB. Libro de cuentas y acuerdos de la Cofradía del Santísimo Sacramento, Bolaños de Campos, Parroquia de Santa María, 1999-2025.

ACCB. Libro de cuentas y acuerdos de la Cofradía de Ntra. Sra. Del Carmen, Bolaños de Campos, Parroquia de San Miguel, 1879-1940.

ACCB. Libro de Regla y acuerdos de la Cofradía de Ntra. Sra. Del Carmen, Bolaños de Campos, Parroquia de San Miguel, 1886-1994.

ACCB. Libro de reglamento, listas de hermanos y acuerdos de la Cofradía de Ntra. Sra. Del Carmen, Bolaños de Campos, Parroquia de San Miguel, 1945-1975.

ACCB. Libro de cuentas y acuerdos de la Cofradía de Ntra. Sra. Del Carmen, Bolaños de Campos, Parroquia de San Miguel, 1976-2025.

BIBLIOGRAFÍA

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NOTAS

[1]AHPV. Bolaños de Campos, Libro Maestro de Eclesiásticos, caja 26, exp. 4.

[2] Pedro CARASA SOTO: «La asistencia social y las cofradías desde la crisis del Antiguo Régimen», Investigaciones históricas. Época moderna y contemporánea, nº 3, 1982, pp. 202-205.

[3] Se sabe, porque así queda anotado en las cuentas del año 1712, que la cofradía de la Cruz pagó 90 rs. «en componer las reglas y capítulos de la cofradía en el estado que se hallan», lo que hay que entender como que mandaron copiarlas en un libro exento con buena caligrafía y quizás alguna ilustración. Tal libro se perdió.

[4] Del origen y expansión de las cofradías de la Vera Cruz trato resumidamente en mi libro El templo y la calle. Religiosidad popular en Palencia en el Antiguo Régimen, Palencia, Institución Tello Téllez de Meneses, 2021, pp. 21-25. También son muy útiles los artículos de José SÁNCHEZ HERRERO: «El origen religioso de las cofradías de Pasión», en La Semana Santa en Castilla y León, León, Edilesa, 1993, pp. 11-22, y «El origen de las cofradías de Semana Santa en la península ibérica», Temas medievales, 6, 1996, Buenos Aires, pp. 31-80, así como el libro de Fermín LABARGA GARCÍA: Las cofradías de la Vera Cruz en La Rioja. Historia y espiritualidad, Logroño, Diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño, 2000.

[5] AHDV. Bolaños de Campos, Parroquia de Santa María, 39, Libro de Cuentas de la Cofradía de la Vera Cruz 1679-1728.

[6] AHPV. Bolaños de Campos, Libro Maestro de Eclesiásticos, caja 26, exp. 4, pp. 232-236.

[7] AHDV. Bolaños de Campos, Parroquia de Santa María, 40, Libro de Cuentas de la Cofradía de la Vera Cruz 1729-1800.

[8] Ibídem.

[9] Resumidamente trato de esta historia en el citado El templo y la calle…, pp. 209-212. Es un clásico en el el tema Jacques LE GOFF: El nacimiento del Purgatorio, Madrid, Taurus, 1985.

[10] AHDV. Bolaños de Campos, Parroquia de Santa María, 20, Libro de Cuentas de la Cofradía de Ánimas 1729-1856.

[11] AHPV. Bolaños de Campos, Libro Maestro de Eclesiásticos, caja 26, exp. 4, pp. 186-193.

[12] AHPV. Bolaños de Campos, Libro Maestro de Eclesiásticos, caja 26, exp. 4, pp. 62-63.

[13] ACSB. Libro de Fundación y Regla de la Venerable Orden Tercera de Bolaños de Campos, 1757 y Libro de cuentas, acuerdos y listas de hermanos de la Cofradía del Santísimo Sacramento, Bolaños de Campos, Parroquia de Santa María, 1814-1998.

[14] AHDV. Bolaños de Campos, Parroquia de Santa María, 22, Libro de la Cofradía de las Santas Reliquias, 1881.

[15] José SÁNCHEZ HERRERO: «Orígenes de las cofradías del Santísimo Sacramento», en Minerva. Liturgia, fiesta y fraternidad en el barroco, Actas del I Congreso Nacional de Historia de las Cofradías Sacramentales, 13, 14 y 15 de abril de 2007, Sepúlveda, Segovia, 2008, pp. 91-107.

[16] Carlos LOZANO RUIZ y Margarita TORREMOCHA HERNÁNDEZ: «Asistencia social y cofradías en el Antiguo Régimen. Historiografía. Líneas de investigación y perspectivas», Chronica Nova, 39, 2013, p. 21. Este elitismo debía de ser más acusado en las ciudades, y ya lo apuntó Antonio RUMEU DE ARMAS: Historia de la previsión social en España. Cofradías. Gremios. Hermandades. Montepíos, Barcelona, El Albir, 1981, pp. 204-205. Pedro CARASA SOTO, art. cit., p. 205, sostiene que en los pueblos no era así. Lo dirá por los de Burgos, pero tenemos comprobado que sí lo era en Tierra de Campos.

[17] AHPV. Bolaños de Campos, Libro Maestro de Eclesiásticos, caja 26, exp. 4, pp. 59-62.

[18] Desde el año 1861 a 1872, en las cuentas se anotan 27 rs. de la renta de las viñas que va pagando Antonio Gil. Habría que suponer que ello ocurre porque está resarciendo a la cofradía de aquel débito que arrastraba desde 1834 en que las recibió en renta.

[19] Antes, en la restauración de 1816, habían suprimido la comida que el mayordomo tenía por costumbre dar a todos los miembros de la cofradía, proponiendo que este solo invitara al abad, el predicador, el mayordomo viejo y el sacristán. En ACSB. Libro de Fundación y Regla de la Venerable Orden Tercera de Bolaños de Campos, 1757, y Libro de cuentas, acuerdos y listas de hermanos de la Cofradía del Santísimo Sacramento, Bolaños de Campos, Parroquia de Santa María, 1814-1998.

[20] ACSB. Libro de cuentas y acuerdos de la Cofradía del Santísimo, Bolaños de Campos, Parroquia de Santa María, 1999-2025.

[21] ACCB. Libro de Regla y acuerdos de la Cofradía de Ntra. Sra. Del Carmen, Bolaños de Campos, Parroquia de San Miguel, 1886.

[22] AHDV. Bolaños de Campos, Parroquia de San Miguel, 38, Libro de la Cofradía de Ntra. Sra. Del Carmen, 1714-1779.

[23] ACCB. Libro de Reglamento, listas de hermanos y acuerdos de la Cofradía de Ntra. Sra. Del Carmen, Bolaños de Campos, Parroquia de San Miguel, 1945-1975. Ello nos puede hacer sospechar que hubo un primer libro de cuentas y acuerdos perdido que iría desde el año de su fundación hasta 1713 más o menos, antes de abrirse el primero de los conservados.

[24] Antonio RUIZ MOLINA: «La bula sabatina, origen del culto a los difuntos en la Orden del Carmen», en El mundo de los difuntos: culto, cofradías y tradiciones, vol 1. San Lorenzo del Escorial, Ediciones Escurialenses, 2014, pp. 24-41.

[25] Remito para este asunto a F. ABBAD: «La confrérie condamnée ou une spontanéité festive confisquée. Un autre aspect de l´Espagne à la fin du l´ancien régime», Mélanges de la Casa de Velázquez, 13, 1977, pp. 361-384, e Inmaculada ARIAS DE SAAVEDRA ALÍAS y Miguel Luis LÓPEZ-GUADALUPE MUÑOZ: La represión de la religiosidad popular. Crítica y acción contra las cofradías en la España del siglo xviii, Granada, Universidad de Granada, 2002.

[26] La cofradía de pastores de Paredes de Nava, que también se constituyó bajo la advocación del Carmen, la celebraba el segundo domingo de octubre.

[27] Sabemos que en 1925 un escultor de Valladolid realizó retoques en la imagen, por los que la cofradía le pagó 250 pesetas, más otras 40 que gastó en los viajes de llevada y traída al taller.

[28] En la década de los sesenta del siglo pasado la iglesia de San Miguel fue cerrada al culto y la imagen del Carmen pasó a la parroquia de Santa María, donde hoy está en un altar lateral de la parte del evangelio. Es un altar sencillo pero digno realizado por el carretero del vecino pueblo de Castroverde.

[29] Suponemos que el tabú de la muerte en la sociedad actual y el escepticismo ante el más allá no habrán sido ajenos a la desaparición de la cofradía de Ánimas, por ejemplo, como tampoco el cese del discurso intimidatorio de las postrimerías que en otros tiempos practicó la Iglesia.

[30] Las procesiones religiosas siguen, en buena parte, la tradición del recorrido triunfal del ejército romano cuando entraba en Roma como vencedor en una contienda con el enemigo. En este despliegue ceremonial se inspiró la Iglesia en los primeros siglos del cristianismo. Indispensables en él son los estandartes y las enseñas.

[31] Información de Lorena SANCHO en El Norte de Castilla: «El horario de la misa del Corpus enfrenta a la cofradía de Bolaños con el párroco» (19-V-2012); «La cofradía de Bolaños de Campos ofrece tres posibilidades para celebrar la misa del Corpus por la mañana» (23-V-2012); «Triste víspera del Corpus en Bolaños de Campos» (10-VI-2012) y «Bolaños celebra por primera vez la procesión del Corpus sin la cofradía» (11-VI-2012).

[32] Acuerdo que lleva fecha del 6 de junio de 2012, según consta en el último libro de actas y acuerdos.

[33] Y aun cabrían otras conclusiones: que religión oficial y religión popular no siempre convergen, o que, cuando a la cofradía no se le reconocen sus prerrogativas y su rol en la fiesta, se puede constituir en contrapoder. Veinte años antes hubo otro episodio que, en este caso, amenazó el protagonismo y el «poder social» de la cofradía del Carmen el día de su fiesta, pero era de otra índole y todo se desarrolló sin mayores consecuencias.

[34] 19 niños «se echaron al Santísimo» en 2002.

[35] La cofradía saca cada año un calendario con la imagen de la Virgen que se colgará en cada casa, vende llaveros, etc. En las fachadas de las casas de cofrades se ven azulejos o imágenes del Carmen. El nombre de María del Carmen ha sido el nombre de pila femenino más común. La asociación de jubilados se denomina «Virgen del Carmen», etc.

[36] San Fernando, el 30 de mayo, cae en fecha laboral, por lo que ni los bolañeses de la diáspora ni los estudiantes universitarios tenían fácil la venida. El primer domingo de octubre era mucho más asequible. Por otra parte, el patronazgo de San Fernando es algo tardío, quizás se introdujese en la primera mitad del siglo xviii por decisión eclesiástica y por el simple motivo de que el pueblo perteneció a su madre Doña Berenguela y existía la leyenda popular de que podía haber nacido en el pueblo. Ello podía significar un motivo de orgullo, pero la devoción a la Virgen ha tenido mayor tirón y venía de antes.

[37] En la misa y procesión de San Fernando la representación simbólica está en el alcalde, que porta la vara, y la corporación municipal, y ellos ocupan los primeros puestos en la iglesia y el lugar preeminente en la procesión; pero en el Carmen, este poder simbólico lo ejercen el mayordomo, también con su vara, y la cofradía.

[38] Sobre la historia y pasos de esta procesión remito a José Luis ALONSO PONGA (coord.): La Semana Santa en la Tierra de Campos vallisoletana, Valladolid, Diputación Provincial de Valladolid, 2003, pp. 375-377.

[39] «Ensayo sobre los dones. Razón y formas del cambio en las sociedades primitivas», en Sociología y Antropología, Madrid, Tecnos, 1979.

[40] En el inventario de 1967 la guardarropía de la Virgen cuenta con 6 mantos, hábito de las fiestas y otro de diarios, blusa de fiestas y blusa ordinaria, un vestido, una saya, 2 jubones, 10 escapularios nuevos y 19 viejos, 5 velos, 4 cancanes nuevos, medalla de las fiestas y media docena de plata, más otras con escudo con su imagen, pendientes de fiesta y pendientes de diario, «una valiosa corona», un cajón de cintas y ropa inservible, 2 paños de púlpito con imagen de la Virgen, vestido del Niño para las fiestas y otro ordinario, etc. A ello habría que sumar todo lo relativo al ornato del altar: lámparas, faroles, candelabros, manteles, etc. En ACCB. Libro de Reglamento, listas de hermanos y acuerdos de la Cofradía de Ntra. Sra. Del Carmen, Bolaños de Campos, Parroquia de San Miguel, 1945-1975.



Las cofradías de Bolaños de Campos. Historia y presente

AYUSO PICADO, César Augusto

Publicado en el año 2026 en la Revista de Folklore número 530.

Revista de Folklore

Fundación Joaquín Díaz