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La costumbre de observar –y aun mejor dicho: de escuchar– a los pájaros viene de tiempos antiguos en que la curiosidad era todavía un deseo difícilmente refrenable de explorar el entorno para aprender y por tanto para evolucionar. El esmero que se ponía en esa actividad (curiosidad viene de la palabra latina cura, cuidado) daba como resultado un mejor conocimiento y comprensión de todo aquello que nos rodeaba, pero principalmente de los sonidos que otros seres vivos emitían y que siempre tenían un sentido comunicativo o de aviso. Aristóteles ya descubrió en su obra Sobre las partes de los animales que convenía afrontar sin problema la investigación sobre cualquier tipo de seres vivos, ya que en todos había algo de natural y de hermoso. De su propia observación deducía que las aves pequeñas tenían un canto más variado y rico, y constataba que en las épocas de apareamiento se escuchaban gorjeos más ricos y variados, comprobando que en algunas especies cantaban más y mejor determinados géneros. Sus comentarios sobre las costumbres de las perdices y las codornices son dignos de una lectura sosegada. Plinio el Viejo dedicó una sección entera de su Historia Natural a las aves y a sus historias, añadiendo a veces contenidos legendarios o mitológicos que enriquecieron la literatura y animaron a muchos viajeros posteriores a descubrir un exotismo en determinadas aves canoras. Probablemente de todas esas y otras averiguaciones hizo uso el inefable jesuita Atanasius Kircher cuando, en su Musurgia universalis transcribió algunos de los sonidos de aquellas aves -gallos, gallinas, codornices- poniendo un especial énfasis en la riqueza cantora de los ruiseñores. En el mismo tratado aparecía la imagen de un órgano mecánico automático movido por la fuerza hidráulica sobre el que no solo se oía trinar a los pájaros sino que algunos de ellos se movían imitando el batir de sus alas. Los franceses, en el siglo de los inventos que fue el XIX, perfeccionaron instrumentos a los que denominaron «serinetes», con los que podía enseñarse a algunas aves a perfeccionar sus gorgoriteos. Aquellos sonidos se codificaban sobre largas tiras de cartón perforado que a veces podían medir más de veinte metros…
Nuestros tiempos, tan dados a medir todo por la inteligencia artificial o con su concurso, pueden ayudarnos a distinguir los intrincados sonidos pajariles haciendo más sencilla la identificación de las aves o certificando que determinados patrones se repiten. Todo lo que facilita la IA nos lo sustrae de un esfuerzo personal por alcanzarlo. La curiosidad puede quedar satisfecha, pero el camino recorrido para alcanzar el conocimiento desaparece, y con él todos los trabajos y sacrificios que en otros tiempos nos comunicaban en la naturaleza con la belleza de unos sonidos únicos.