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Siempre han sido las cumbres espacios idóneos para el desarrollo de mitos y leyendas. Cuanto más altas y escarpadas mejor, pues es de suponer que su intrincada orografía y el consecuente aislamiento geográfico actúan como barrera contra el paso del tiempo, acostumbrado a extinguir los usos, costumbres y tradiciones en otras latitudes. Por no hablar del influjo irresistible que, a lo largo de los siglos, las sierras y cordilleras han ejercido sobre viajeros, aventureros, botánicos y escritores de toda clase. Precisamente un escritor, Bram Stoker, definió bien el aura mágica de estas regiones en las primeras páginas de Drácula al decir que los Cárpatos eran una suerte de «remolino imaginativo» que cobijaba todas las supersticiones existentes en el mundo.
Esto es aplicable a casi todas las grandes cordilleras europeas, incluida a la que hemos de dirigirnos: Sierra Nevada, macizo montañoso localizado entre las provincias de Granada y Almería. El interés natural inherente al paraje, amén de la cercanía con la urbe granadina que fascinó a Irving y al resto de románticos, propiciaron que hayan llegado hasta nuestros días una serie de textos que dan cuenta de numerosas historias de tradición oral que, aunque no muy conocidas hoy, constituyen una de las muestras más tempranas e interesantes del folclore legendario ibérico.
Tantas son sus leyendas que en este artículo nos centraremos en un punto en particular, concretamente una de las muchas lagunas diseminadas por Sierra Nevada. Hablamos de la laguna de Vacares (o Bacares, como se escribía hasta hace no demasiado), ubicada a 2.869 metros de altitud y cercana al Pico Veleta, tercer punto más alto de la península. Se trata de una laguna profunda, en un espacio con forma de embudo rodeado de laderas; estas, por tanto, obligan al viajero a coronarlas para poder contemplar la masa de agua en su totalidad. La altitud y aislamiento dificultan su visita, pero ello no ha impedido que sea, sin lugar a dudas, el lugar que concentra la mayor cantidad de leyendas recogidas en el macizo. Quizá, y con permiso de la Alhambra, de toda Andalucía.
A partir de las fuentes localizadas, que van desde finales del siglo xviii a las últimas décadas del xx, queda patente cómo este enclave, que bien podría pasar desapercibido entre las cumbres de Sierra Nevada, se ha distinguido desde el principio por un carácter ciertamente tétrico, el cual hacía que los lugareños evitaran siquiera dirigir una mirada a su superficie.
1. Los primeros textos
La primera mención localizada sobre las creencias en torno a la laguna de Vacares la recoge en 1754 el estudioso Antonio Ponz, quien visitó el lugar durante una expedición impulsada por el Marqués de la Ensenada para dar cuenta de la geografía, fauna, flora y elementos particulares de Sierra Nevada. Ya en esta crónica queda patente la reputación siniestra del lugar y el miedo que inspiraba a las gentes de la zona. Así lo explica Ponz:
La curiosidad y obligación, aunque con grande peligro, nos hizo baxar del todo del alto puerto a la inspección y registro de esta profunda laguna; a la que descendiendo por sus peligrosas sentadillas, sucedió que un pastor desde la frente opuesta, advirtiendo habiamos dexado el camino o vereda, que por dicho puerto abre el comercio de la Alpujarra para por Granada en los meses del estío, por excusarse seis leguas de camino, y que nos desprendemos para el lago, nos dixo en alta voz, y asustadiza admiracion: «¿A dónde van ustedes?» frase con que dió censura de temeridad a nuestro descenso y quiso revocar nuestra intencion de reconocer dicha laguna, introduciéndonos el temor de algún mal suceso, si nos empeñamos al caso; pero estando instruidos en el vano fundamento del miedo que han concebido estos rústicos a dicha laguna, despreciamos sus gritos y acabamos de baxar hasta tocar sus aguas, con tanto descuido, que a su orilla pasamos una noche en dos covachuelas que hallamos, y apreciamos como las mejores estufas de aquella helada region[1].
El temor de los pastores tendría su origen, según el autor, en unos peces sin identificar, de «tamaño disforme y color negro», los cuales hacían gala de un comportamiento esquivo y extraño hasta el punto de que resultarían imposibles de capturar. Pese a su talante ilustrado y el consecuente desprecio a las «rústicas» creencias de los locales, Ponz y sus compañeros dejaron unos anzuelos con carnaza durante la noche con el fin de pescarlos. Cuál sería su sorpresa a la mañana siguiente al hallarlos «[...] quebrados los grandes y fuertes, y los pequeños y endebles, sin cebo, y una de las cuerdas rozada: lo que nos hizo creer serian anguilas los peces de aquella laguna, de las que se tiene observado, quiebran los mas fuertes anzuelos y burlan todo el estudio de los pescadores»[2].
Pero no es esta la única mención a Vacares en la crónica de Ponz, pues llega a dejar por escrito otro curiosísimo aspecto sobrenatural sobre la laguna que no volverá a aparecer en textos posteriores. Lamentándose de la ausencia de investigaciones científicas que estudien los aspectos naturales y botánicos de Sierra Nevada, menciona que, de acuerdo la creencia popular, los diablos que los exorcistas expulsaban de los cuerpos humanos con sus oraciones eran enviados a la tétrica laguna:
¡Oxalá que como los Exorcistas del pais encaminan a legiones a la laguna de Vacares los infernales espíritus que atormentan a los energúmenos, hubiese algunos zelosos patricios que procurasen enviar a ella excelentes Físicos que nos explicasen algunas de las extrañezas y singularidades que allí se notan! [3]
Habrá que esperar medio siglo para encontrar una nueva mención a los oscuros prodigios de la laguna, que en este caso nos llega por obra de Simón de Rojas Clemente Rubio. Este botánico realizó cinco viajes por Andalucía por encargo de Manuel Godoy entre 1804 y 1809, con objeto de escribir una Historia Natural del Reino de Granada. En el quinto de estos viajes visitó Sierra Nevada, viviendo una experiencia similar a la descrita por Ponz:
Desde el Puerto se ve la Laguna de Bacares al pie del Cerro del Tajo Negro. Un pastor asomó por la punta de enfrente y bajó con nosotros a verla por las muchas instancias que le hicimos, nos contó muchas patrañas que él creía sobre la Laguna y confesó por fin que, aunque criado alrededor de ella, desde niño no había atrevido nunca a bajar a ella, como ni sus compañeros, ni que en adelante lo haría nunca sólo.
Estando al lado de ella nosotros oímos un ruido que parecía de escopetazo o cañonazo disparado de lejos o de peñasco o mole de nieve rodados de lo alto: era que un enorme témpano de nieve se había desencajado del que rodea la Laguna y caído sobre ella, los 5 minutos unduló el agua hasta salir media vara en toda su circunferencia de su límite y no se sosegó hasta después de medio cuarto de hora.
Este fenómeno, que sucede con frecuencia, es el que tiene asustadas a las pobres gentes[4].
Rojas, que a lo largo de toda su obra se muestra muy crítico con las creencias y costumbres de la población andaluza, no se molesta en describir las «patrañas» que el pastor les narra acerca de Vacares. Pero sí habla de otro de los fenómenos propios de la laguna: los grandes estruendos provocados por peñascos o nieve que caían en sus aguas y estremecían a los habitantes del contorno, los cuales, a la luz de testimonios posteriores, achacaban al bramido de la propia laguna o de las bestias que en ella moraban.
El primero en relatar con cierta profundidad algunas leyendas y cuentos sobre la laguna será un viajero extranjero (y con mayor respeto por las creencias locales que los autores nacionales citados anteriormente, todo sea dicho). Nos referimos al inglés William George Clark, quien en su libro Gazpacho: or, Summer months in Spain de 1850 recoge dos breves pero interesantes historias relativas a Vacares. La primera nos habla de un pastor que vio llegar junto a la laguna a dos hombres con extrañas vestimentas y pertrechados de un libro y una red de pesca. Mientras uno leía el libro, el otro echaba la red en las aguas, atento a las indicaciones de su compañero. Para sorpresa del pastor, con las redes sacó de las aguas dos caballos, primero uno negro y luego otro pinto, a lo que el otro hombre contestaba cada vez: «No es este, échala de nuevo»[5]. A la tercera intentona extrajo un caballo blanco, lo que satisfizo al primero de los (suponemos) magos, tras lo cual ambos montan el animal y se alejan para no volver a ser vistos. Parece plausible que Clark confundiera Vacares con la cercana Laguna de las Yeguas, donde esta historia ha sido recogida en otras ocasiones[6]. La segunda leyenda trata sobre la apocalíptica creencia de los lugareños en que, algún día, las aguas de Vacares se abrirán paso por la sierra hasta inundar Granada. En una ocasión, un pastor que se encontraba junto a Vacares de noche escuchó una voz, aparentemente de la propia laguna, que decía: «¿Debo golpear y romper el dique? ¿Debo ahogar la ciudad de Granada?. Otra voz respondió: Todavía no».
Y es que, como veremos, la creencia en que Vacares poseía cauces subterráneos casi interminables que la conectaban con ríos o mares estaba muy extendida. De hecho, unos años después el botánico Moritz Willkomm escribiría que la laguna era tenida por el verdadero nacimiento del Genil[7].
Por último, Clark hace una escueta referencia a un lance sobrenatural acaecido en las orillas de la laguna, donde un fraile se habría encontrado con el diablo. Apenas un dato que podría pasarse por alto, pero que probablemente sea la primera mención a la entidad que habita las aguas de Vacares y que irá cobrando protagonismo en los siguientes relatos.
2. Las grandes leyendas de Vacares
Lo visto hasta ahora son menciones bastante breves, pero lo suficientemente sugerentes como para hacernos creer que Vacares albergó en tiempos pretéritos un corpus de leyendas y creencias compartidas por los habitantes de la zona. Desgraciadamente, esta clase de narraciones orales no tienden a ser lo suficientemente sólidas como para burlar el paso de los años y llegar hasta nosotros. Para ello suele hacer falta una pluma con cierta habilidad que las conserve al ponerlas por escrito.
En el caso de Vacares, esta pluma fue la de Torcuato Tárrago y Mateos, militar, escritor y autor del libro A doce mil pies de altura, publicado en 1878 y donde describe varias tradiciones y leyendas relativas a Vacares. Si bien se trata de una novela, resulta muy plausible que el autor, natural del municipio granadino de Guadix, incluyera historias de tradición oral en la misma. En dicha obra, Tárrago se refiere a Vacares como «una laguna que dispara cañonazos», debido a los extraños sonidos similares a detonaciones que allí se producían y que se escuchaban a varios kilómetros de distancia[8]. También afirma que su profundidad es desconocida, ya que los hombres temerarios que han intentado sondearla han desaparecido para siempre, y que cobija a una especie desconocida de pez negro similar al renacuajo[9], quién sabe si la misma que refería Ponz en sus escritos. Del mismo modo, Tárrago narra detalladamente dos leyendas que se repetirán en obras posteriores hasta convertirse en las más célebres sobre la laguna.
La primera explica el fabuloso origen de Vacares: en tiempos antiguos, se contaba que aquel lugar había sido un bellísimo jardín frecuentemente visitado por una princesa, gracias a los pasadizos que su padre había construido bajo la sierra y que permitían llegar hasta él sin sufrir las inclemencias de las alturas. En aquel lugar idílico la joven se citaba con un gallardo príncipe, «más rubio que unas candelas», sin saber que en todo momento estaba siendo espiada por otro pretendiente de la muchacha, un «morazo» celoso y conocedor el secreto de los túneles que acaba decidido a eliminar a su rival amoroso. Una noche, apenas los jóvenes se encuentran y la princesa ofrece una bandeja de higos a su amado, el «morazo» emerge entre la frondosa vegetación y acaba con la vida del doncel:
Pero en el mismo momento que el amante alargaba la mano para tomar la fruta, brilló sin saber por donde el alfanje damasquino del fiero morazo, y en un santiamén la cabeza del malaventurado príncipe rodó largo trecho por el suelo. [...] Lo que queda como resultado de tan triste acontecimiento, es que el pobre príncipe se convirtió en una piedra negruzca que hoy existe sobre una de las márgenes de la misteriosa laguna. La Princesa se subió sobre otro peñasco y se dió a llorar y a llorar de tal modo, que de sus lágrimas fué naciendo la expresada laguna, quedando bajo sus tersas é inmóviles aguas el célebre jardín. Muchos siglos hubo de llorar la afligida belleza para reunir tal depósito de puras y pérfidas linfas. En frente del primer peñasco, que representa el príncipe, se halla el que representa á la princesa, la cual, á imitación de su amante, acabó por convertirse en duro é insensible granito. La nieve eterna que le rodea significa el traje fantástico de la antigua dama. Las voces y detonaciones que la laguna exhala, son del morazo infame, que, aún todavía, expresa sus celos de una manera tan pavorosa.
–Es lo cierto, acabó por decir Manolis, con el profundo convencimiento del hombre que cree en sucesos tan extraordinarios, es lo cierto que á varios pastores y curiosos que en el verano han querido ver por un instante la misteriosa laguna, se les ha aparecido una hermosísima princesa que lleva en la mano una bandeja de plata llena de higos. Se acerca silenciosamente á los que tienen el valor de aguardarla, y les ofrece, por medio de la acción, que tomen fruta de aquella bandeja. Excusado es decir que nadie tiene valor para ello. Parece que uno tuvo el atrevimiento de tomar tres higos y guardarlos en un bolsillo. A la mañana siguiente, de vuelta á su aprisco, se acordó de dichos higos y se encontró con tres hermosas monedas de oro[10].
Si bien no se menciona explícitamente, suponemos musulmanes a la princesa y a su padre (el rey), así como cristiano al joven príncipe por el contexto y detalles de la narración, pues el amor trágico entre practicantes de ambas religiones es uno de los tropos por antonomasia en los romances y leyendas sureñas. De nuevo, y al igual que en las historias sobre otras princesas encantadas, el desdichado romance acaba mezclándose con una narrativa sobrenatural probablemente anterior, en este caso la de la dama que aparece ofreciendo una cesta de higos que luego se convierten en oro. Esto es común a numerosas hadas y mujeres encantadas del sur de España, las cuales parecen evoluciones de historias pretéritas sobre seres feéricos[11].
La segunda leyenda tiene que ver con el más terrible habitante de la laguna: el Ave blanca o la Ondina de Vacares. En la novela de Tárrago todo comienza con una lejana y extraña luz que los personajes divisan durante la noche y que parece revolotear sobre las aguas de la laguna. Uno de los personajes refiere entonces la historia de un pájaro sobrenatural, «una ave rarísima que tenía un brillante en la cabeza, cuyo brillante era el que solía resplandecer de un modo igual á la luz que estaban viendo»[12] y cuya aparición siempre presagia la fatalidad.
La leyenda que refiere la obra de Tárrago habla de tres cazadores que se pierden en lo más profundo de Sierra Nevada durante la noche, por lo cual, y ante el miedo a los lobos, acampan bajo una encina y se turnan para vigilar. Así, y mientras sus compañeros duermen, el primer vigilante ve una luz azulada que resulta ser un hermosísimo pájaro blanco con un resplandor en la frente. Cautivado y decidido a hacerse con tan rara pieza, dispara al ave y esta cae; pero al acercarse el hombre descubre que el animal se ha transformado en una bellísima mujer vestida de blanco. Fascinado, el hombre cae rendido ante la dama y desaparece junto a la misma, sin que al amanecer sus compañeros logren hallar rastro alguno de él. La segunda noche ocurre lo mismo con el nuevo vigilante, que ve el mismo pájaro blanco tornándose en bella mujer y corre idéntico destino que el primer cazador.
Al día siguiente, el tercer cazador, exhausto tras buscar a sus compañeros, pasa la noche en una majada abandonada, decidido a no dormirse. Sin embargo, una somnolencia sobrenatural lo vence y es entonces cuando aparece junto a él la mujer pájaro, descrita ahora como una ondina, espíritu maligno de la laguna de Vacares que atrae a los hombres hasta su perdición:
Era ni más ni menos que el Ave Blanca de la laguna de Bacares, la pérfida ondina que engañaba y atraía hacia aquel antro de agua á los pastores, á los curiosos, á los campesinos y á los cazadores para sepultarlos en él . El Ave Blanca era y es el génio de la fatalidad. Se le aparece a los viajeros, los seduce, los fascina, los engaña para atraerlos al terrible y misterioso lago, donde luego flotan sus cadáveres sobre la superficie. ¡Desdichado de quien la vea, pues su muerte es cierta y segura! Por mucho que quiera huir, por todo el valor humano que quiera desplegar, no hay más remedio que ir á parar, por mil sendas desconocidas, á la rugiente laguna que lo absorbe como un remolino. Tal era, pues, en pocas palabras, el Ave Blanca, cuya luz misteriosa es tenida por muchos como un brillante fascinador que atrae a los extraviados y los hunde en espantosos precipicios[13].
Sin embargo, deslumbrada por la hermosura del joven cazador, la Ondina decide perdonarle la vida y, transformada de nuevo en ave, lo lleva volando hasta un palacio submarino en el fondo del lago. El joven despierta en una gruta de cristal donde, encandilado por la belleza de la Ondina, pasa días y noches de pasión junto a ella hasta el punto de olvidarse del mundo exterior. Pero un día, explorando la gruta, descubre una sala llena de cadáveres de las víctimas de la mujer pájaro, entre los cuales distingue los restos de sus dos compañeros. Horrorizado, comprende el peligro que corre y urde una estratagema para escapar: fingiendo un enamoramiento aún mayor, convence a la Ondina para salir a la superficie con el pretexto de dar un paseo bajo la luna. Una vez fuera y en lo alto de la sierra, el cazador saca su puñal, cuya empuñadura forma una cruz, el cual alza ante la Ondina y la conjura con el signo sagrado. Esta lanza un grito terrible e intenta atacarle, pero no puede tocarlo al hallarse protegido por la cruz, debido a lo cual acaba desapareciendo en la noche, hecha una furia. Tras esto el hombre logra bajar de la montaña y llegar a su pueblo, donde da cuenta de la aventura a sus vecinos:
De este modo se supo la existencia del Ave Blanca. Esta, según es fama, ha sido implacable después con todos los que ha podido atraer á su misterioso palacio. No ha perdonado á nadie. Hombres y niños han aparecido ahogados unos y muertos otros en la laguna y en los ventisqueros . Varios pastores han oído de noche voces fatídicas llamando al cazador de la montaña. El Ave Blanca es, por consiguiente, quien da esos gritos temerosos. ¡Ay de quien los escucha y ay de quien la ve! [14]
3. Otros testimonios
Hasta aquí la primera versión conocida de las dos leyendas más populares, pero no por ello los últimos testimonios sobre creencias sobrenaturales en torno a la laguna de Vacares. El miedo de los pastores del lugar permaneció hasta bien entrado el siglo xx; de ello da fe Ambrosio Fernández en un artículo aparecido en 1924 donde detalla su visita a la laguna. Iba advertido de las leyendas de la zona, pues un cabrero le había hablado «(...) de la ferozísima lucha que sostuvo un pastor con el diablo, de las voces temerosas y quejidos lastimeros en que determinadas ocasiones se han oído, de lo trágicamente que han acabado cuantos han intentado meterse dentro de ella, medir su profundidad, etcétera.» Unas historias que, según el autor, aún eran capaces de hacer mella «en el ánimo de gentes habituadas a la soledad y a los terrores nocturnos de aquellas montañas».
Cuando el autor se dirige a la laguna, en compañía de tres niños del cortijo donde se alojaba, se repite la misma historia narrada por Ponz y Rojas: un pastor trata de frustrar el descenso a Vacares, aludiendo al peligro del enclave y a los terroríficos hechos que allí ocurrían:
–¿Cómo permite usté –dijo– que los muchachos anden metiendo las manos en esa agua?
–Pues, ¿qué mal hay en ello? –respondí, riendo con la mejor gana.
El pastor se irguió, brillaron sus ojos con relámpagos de tragedia, y extendiendo una mano hacia la laguna exclamó con acento de absoluta convicción:
– ¡Pa qué quería yo más pa morirme de repente, que meterme ahí, aunque no fuera más que media vara!
–¿Qué dice usted?
–Lo que oye. Mire–continuó, acercándose a mí con el aire de quien va comunicar un secreto trascendental–; yo me he criao aquí, y por aquí paso los días con las ovejas: a ver si conoceré yo esto. Pues miusté , nunca, en toa mi vía me habría atrevío a bajar a la laguna si no los hubiera visto a ustés aquí.
–Pero, vamos a ver, ¿por qué?
–Porque esto naide sabe de dónde viene, ni cómo se hizo, ni la hondura que tiene, ni ná. Ya usté ve; de aquí nacen dos maniantales como dos ríos (esos dos que pasaron ustés ahí abajo), que más que no se vea, nacen de la laguna por bajo de tierra, y ella no recibe ná, que ya ve usté que no le entra agua por ninguna parte, y siempre está lo mismo. Y a más, las cosas que han pasao ahí…
–Cuénteme , cuénteme pronto eso.
Y la historia de la lucha del pastor y el diablo, y la del que se cayó al agua y fué en el acto devorado por un desaforado vestiglo, y la de los ayes y lamentos, y otras que ya me eran conocidas, fluyeron de sus labios rápidas, expresivas, vivificadas por gestos y ademanes de lo más gráfico que he visto en mi vida[15].
Se dan cita aquí historias anteriores; la laguna presentada como un pozo sin fondo que conecta con cauces subterráneos o el encuentro (en este caso lucha) de un hombre con el diablo. También se habla de lamentos surgidos de la laguna y de un «vestiglo» o monstruo devorador, muy probablemente nuestra mujer del agua u Ondina.
Quizá por las mismas fechas en las que acontecieron estos hechos visitara el lugar Gerald Brenan, hispanista que vivió en las Alpujarras entre 1920 y 1934 y que sobre Vacares escribió lo siguiente en Al sur de Granada:
Una de las lagunas más grandes, la de Vacares posee un misterio especial. En sus profundidades se encuentra un palacio que, como todo lo raro e inhabitual en el sur de España, fue construido por un rey moro, y en él habita una hermosa mujer que sufre un insaciable deseo de acostarse con hombres. Eso la mueve a arrastrar a las profundidades a toda persona de sexo masculino que cometa la insensatez de bañarse en la laguna. Como esto debe de ser bastante raro, se aparece a los cabreros y cazadores de cabras monteses en forma de pájaro blanco, que les atrae al borde del agua helada y luego les empuja adentro. Pero no se limita a estas cosas, sino que cuando oscurece sale del agua bajo su voluptuosa forma real y, si se encuentra a un viajero que, sorprendido por la noche, duerme bajo las rocas, se acuesta con él y, después de agotarle con sus caricias, lo lleva a su mansión subacuática con objeto de procurarse un ulterior solaz. Por esta razón ningún pastor se queda por estos lugares después del atardecer.
En mi primera visita a El Horcajo puse a prueba esta leyenda. Deseando ver levantarse el sol desde la cima, subí hasta la laguna con mi saco de dormir y pasé una noche muy fría. Pero por desgracia o quizá felizmente ninguna princesa con ojos de hurí apareció ni se deslizó entre mis mantas[16].
Este testimonio nos sirve para comprobar que las dos leyendas narradas por Tárrago acabaron fundidas en una sola historia: la Ondina habita una fortaleza subacuática que, como los túneles que conectaban con el jardín maravilloso, fue obra de un rey moro. Incluso Brenan llega a identificar a la sanguinaria mujer de las aguas con una princesa, a la que es sencillo tomar por la hija del constructor de su portentosa vivienda. Al hilo de las palabras de Brenan sobre los «moros», cabe decir que en Andalucía y otros puntos de España los musulmanes pasaron al imaginario popular como personajes mitificados (o demonizados) y siempre asociados a lo antiguo, lo mágico y lo misterioso.
Múltiples son las historias donde se presenta a estos como expertos hechiceros, a menudo poseedores de grimorios o fórmulas arcanas capaces de obrar portentos, como es el caso de este monarca constructor de los túneles y el palacio de Vacares. Esto obedece a una razón concreta y aplicable a muchas leyendas de la península ibérica: todo lo anterior a la civilización «conocida», más aún cuando en algún punto de su historia ha habido un cambio de paradigma religioso, tiende a ser presentado como neblinoso y amenazante. Lo antiguo o desconocido se identifica como «moro» o «de tiempos moros», hasta el punto de que en la España de hace siglos no era raro atribuir a los musulmanes construcciones y vestigios de civilizaciones anteriores cuyo recuerdo había desaparecido del imaginario popular. Por ello también llegaban a identificarse o mezclarse con seres fantásticos: en el norte peninsular estarían, por ejemplo, los Mouros gallegos[17] o los Mairuk vascos, los cuales son directamente criaturas mágicas descritas como gigantes o entidades parecidas a los seres subterráneos y feéricos comunes a todo el continente europeo.
En el sur esta naturaleza sobrenatural es menos acusada, pero es posible hallar relatos y leyendas donde los moros, aunque plenamente identificados como musulmanes, comparten características con los seres míticos: habitan cuevas profundas, custodian grandes riquezas o aparecen «encantados» por algún hechizo o maldición en cuevas y simas profundas. No resulta raro, por tanto, que nuestra Ondina, personaje al que fácilmente podemos relacionar con los genius loci y mujeres del agua, cuyas raíces míticas se hunden en la noche de los tiempos, acabase mezclada con una historia sobre hechizos mágicos y musulmanes encantados.
Continuando con los registros sobre Vacares llegamos a 1931, cuando Fidel Fernández, médico y estudioso de Sierra Nevada, recoge numerosos datos sobre las creencias en torno a ella. En su caso aporta una nueva explicación a los estruendos que parecen surgir de la laguna, los cuales son tomados como presagio de fuertes tormentas o repentinos cambios de tiempo. La causa racional que Fernández achaca a tales bramidos es que son producto de los vientos al pasar por los desfiladeros cercanos a la depresión de la laguna en una determinada dirección[18]. Más adelante, el autor detalla una completa lista de historias que se cuentan sobre Vacares:
Las gentes de la Sierra la han hecho objeto de las leyendas más fantásticas: no tiene fondo; es un ojo de mar que comunica con el Mediterráneo por frente a Calahonda; cría peces que no ven, congrega en sus cóncavos, ciertos días del año, las almas del purgatorio de veinte leguas a la redonda, para deliberar sobre el castigo que ha de imponerse, por incrédulos, a los habitantes de la vecina Alpujarra; tiene en el fondo un respiradero que lanza aire comprimido cuando hay borrasca en el mar; se mueve en estos casos con oleaje de contragolpe; brama y produce ruidos como cañonazos cuando se va a formar una tormenta; guarda filones de oro puro bajo la nieve de sus ventisqueros; encierra en su fondo el que fue palacio de un rey moro, y da albergue a un ave blanca, cuyo encuentro anuncia la muerte en plazo breve[19].
Curiosa cuanto menos resulta la mención del lugar como punto de reunión de las ánimas en la comarca, quizá una evolución de la creencia en las legiones de demonios que, según Ponz, acababan dándose cita en la laguna. Del mismo modo Fernández narra con mayor detalle en las páginas siguientes la leyenda del jardín y la princesa que ya recogiera Tárrago, aunque con sutiles diferencias. En este caso, es un rey de la Granada musulmana quien construye en lo alto de Sierra Nevada un palacio suntuoso y rodeado de grandes jardines para proteger a su hija, pues los astros habían predicho que la joven moriría al conocer el amor; de esta forma, la princesa vive allí encerrada desde su nacimiento, sin contacto con el mundo exterior y con la única compañía de varias criadas y doncellas. Muchos años después, con la princesa convertida ya en una bella moza, llega al lugar un joven perdido del que la muchacha se enamora perdidamente. Todas las noches, y en secreto, se dan cita en los jardines del palacio, hasta que una de las criadas los descubre y se lo comunica al padre de la muchacha. El rey, furioso, no ve mejor manera de evitar la fatalidad pronosticada que acabar con la vida del muchacho, por lo que, y como ocurría en la historia de Tárrago, se oculta una noche en las frondosidades del jardín y decapita al joven de un tajo de su espada:
Un relámpago brilló en aquel momento sobre el alfanje damasquino del Sultán, y la cabeza del doncel rodó largo trecho por el suelo, hasta quedarse convertida en una piedra negruzca, que aún puede reconocerse fácilmente. La princesa, asustada por aquella terrible aparición, quedó convertida en hielo, y de sus ojos brotaron tantas lágrimas que bastaron para llenar el valle y convertirlo en un lago salado –la Laguna de Vacares–, que cubrió con sus amargas ondas el palacio, el valle y el jardín. El Rey, aterrado por la desesperación de aquella hija predilecta, quiso huir, pero no pudo: se había convertido en una enorme roca, que sigue enhiesta junto a la Laguna, y gime y brama cuando en las noches de furioso temporal la atenacean el remordimiento y el dolor[20].
Jardines y palacio (que en otras versiones acaba habitando la Ondina) son en esta ocasión la misma cosa, además de añadir el detalle del padre que encierra a su hija con el objeto de preservarla del contacto con varones, otra narrativa muy presente en las leyendas sobre mujeres encantadas andaluzas.
En cuanto a la leyenda de la Ondina, Fidel Fernández da una versión idéntica a la de Tárrago, solo que aquí es un crucifijo que lleva al cuello y no un puñal el que libra al cazador de la mujer acuática, que en este caso es llamada también «El pájaro blanco», en lugar de «ave», seguramente una palabra más cercana a la oralidad de la zona[21].
A partir de aquí, los testimonios son cada vez más escuetos. En 1946 el escritor José Guglieri habla sobre la «tétrica» Vacares, la cual no tiene fondo y es mortal para cualquiera que caiga en sus aguas, «porque el monstruo que haya en sus entrañas no deja salir a flote a nadie, ni muerto ni vivo»[22]. Años después la reportera Blanca Espinar se hace eco de la misteriosa aura del lugar en un artículo de 1957, donde recoge la incierta profundidad de la laguna y los intensos bramidos que se le atribuyen, hasta el punto de que los pastores, al oírlos, se apresuran a reunir sus rebaños y volver a sus hogares mientras exclaman con horror: «¡La laguna ruge!»[23].
Para hallar nuevas menciones directas a la Ondina hemos de acudir a los escritos del antropólogo y geólogo suizo Jean-Christian Spahni, quien en 1959 publica La Alpujarra, la Andalucía secreta, obra en la cual le dedica un breve fragmento donde aparece de nuevo fundida con el imaginario de la magia árabe:
La laguna de Vacares escondería un inmenso palacio construido por un árabe en el que languidecería, desde hace siglos, una mujer de excepcional belleza. ¡Pobre del pastor, no obstante, que permanezca en las cercanías de la laguna tras la puesta de sol! Esa mujer no tardaría en salir de su morada, seducir al despistado con sus caricias y arrastrarlo bajo las aguas en donde perecería ahogado[24].
A partir de este punto se constata que la leyenda parece consolidada, y los autores posteriores que hablen sobre las historias de Vacares lo harán ciñéndose a las versiones recogidas por Tárrago y Fidel Fernández. Pocos son los datos novedosos aportados a partir de aquí, más allá de alguna variación de color en el plumaje del pájaro como el recogido por Pablo Prieto en 1985, donde el ave de Vacares es verde[25], o los testimonios de algunos lugareños que aseguran haber divisado extrañísimos remolinos en el centro de la laguna, sin ninguna circunstancia atmosférica que los justificase[26].
4. La Ondina de Vacares: comparativas mitológicas
Parece claro que, de todas las leyendas recogidas, la que más fuerza y connotaciones mitológicas reviste es la relativa a la terrible Ondina o mujer del agua que habita bajo las aguas de Vacares. Si bien podríamos encuadrarla en la gran familia de las criaturas de talante feérico, el personaje posee una serie de características que la hace algo poco común en la tipología clásica de las mujeres sobrenaturales ibéricas.
En primer lugar, y al contrario que la mayoría de congéneres sureñas, no se la describe como una mujer mortal (generalmente una «mora») presa de un encantamiento, si bien algunas de las versiones recogidas tratan de emparentarla con la leyenda del palacio y el jardín musulmanes. El calificativo de ondina, aunque seguramente fuera introducido por Tárrago y no perteneciera a la tradición oral[27], es bastante elocuente a la hora de definirla, pues parece tratarse de un ser femenino puramente sobrenatural y vinculado a la laguna que habita. Tampoco es habitual que las hadas nacionales sean tan peligrosas para los hombres. Aunque pueden mostrarse hostiles, no suelen presentarse como homicidas habituales, tal y como se describe a la Ondina.
Antes de iniciar las comparativas mitológicas con otras regiones españolas y europeas, cabe decir que en el municipio de Cútar (Málaga) ha anidado, nunca mejor dicho, una leyenda prácticamente idéntica a la de Vacares. Existe allí un lugar conocido como la «Hoya de los muertos», al cual la tradición señala como escenario de una cruenta batalla en el siglo xv que sembró el paisaje de cadáveres. Tan luctuoso suceso habría cristalizado en una entidad sobrenatural y nocturna conocida como «El ave de la muerte», la cual acaba con la vida de todo el que se la encuentra, hasta el punto de asegurarse que las víctimas de los últimos siglos supera ya el centenar. Su aspecto y métodos homicidas son variables: en algunas versiones se trata de una luminaria o fosforescencia que atrae a las personas y las mata por medio de un grito espeluznante, capaz de acabar con cualquiera que lo oiga. Una explicación que la tradición popular da a esta luz es que se trataría de la materialización de las almas de soldados fallecidos en la ya mentada batalla[28]. Pero, según otros, la luz también puede adquirir el aspecto de una bella mujer que seduce a los caminantes, los arrastra hacia lo profundo de los barrancos y los sepulta allí para siempre. Esto se sabría gracias a un cazador que escapó repeliendo a la aparición mediante la cruz de su puñal[29]. Además de este último detalle, idéntico al de la historia granadina, el resto de elementos (luminiscencias nocturnas, mujer sobrenatural que se vale de la seducción para asesinar hombres y el sobrenombre de «ave») indican que nos encontramos ante un relato de gran similitud, cuando no una deformación o variación, del oriundo de Sierra Nevada.
Dicho esto, y centrándonos en la faceta sanguinaria de la Ondina de Vacares, el personaje más similar del folclore ibérico sería la Serrana de la Vera, figura mítica con multitud de variantes, extendido por distintos puntos de Extremadura y con especial vinculación a la Sierra de Tormantos. Se trata de una mujer que atraía a los viajeros hasta su apartada cueva en las cumbres para mantener relaciones sexuales con ellos y luego asesinarlos. Aunque dicho personaje fue popularizado por autores como Vélez de Guevara o Lope de Vega, que la inscribieron en la tradición de las Serranas literarias al convertirla en una mujer deshonrada que se echa al monte y mata varones como venganza, la tradición es anterior a estos escritos y la Serrana aparecía representada como un ser monstruoso, a veces mitad yegua o de proporciones gigantescas, más cercano a un espíritu sobrenatural o genius loci que a una persona humana. Algunas versiones también hablan de su capacidad transformista, pudiendo convertirse en una culebra grande, en una yegua y, cuando le convenía y quería enamorar a los mozos, en una mujer de gran belleza[30].
Los romances populares sobre encuentros de hombres con la Serrana de la Vera son muy numerosos y suelen seguir el mismo esquema. Comienzan con un pastor o caminante que se encuentra a la Serrana en el monte, esta lo lleva a su cueva y le ofrece una cena. Hace aparición aquí el componente mortuorio, pues les hace beber agua o vino de una calavera, vestigio de sus anteriores víctimas. También puede ocurrir que sea el hombre quien encuentra en la cueva huesos de los asesinados por la Serrana, a lo que esta le responde que son restos animales[31].
Tras ello ambos mantienen relaciones sexuales (más o menos explícitas según la versión) y luego la Serrana se duerme, bien por cansancio o por la astucia del varón, que la adormece atiborrándola de vino o tocando algún instrumento musical. El hombre finalmente escapa de la cueva y vuelve a su pueblo, a menudo tras ser perseguido por la Serrana; una vez en su casa puede comunicar la ubicación del escondite de la mujer a las autoridades, que la terminan apresando o ejecutando. Tal relato sigue, casi punto por punto, el esquema de la leyenda narrada originalmente por Tárrago. El encuentro de la Serrana y su víctima suele producirse, además, junto a un espacio fluvial (arroyo o río), a lo que sigue el camino hacia los dominios de la mujer mítica en las cumbres de una sierra, el macabro hallazgo de restos humanos, la unión carnal y el aparatoso escape tras burlar a la mujer fatal.
Volviendo a la Ondina de Vacares, otro aspecto que no debemos pasar por alto es su capacidad de transformación en pájaro. Desconocemos el aspecto concreto o especie en la que esta se convertía, pero debía ser una de lo más extraña si pensamos en el desconcertante detalle de la joya que posee en la frente y emite potentes resplandores. Con esto podríamos pensar en las vouivres, mujeres sobrenaturales del folclore del suroeste de Francia, concretamente del macizo Morvan y la región del Franco Condado. Este ser, también llamado vivre, wouvre o givre, es un tipo de espíritu de las aguas que alterna la forma de dragón o serpiente alada con la de bella moza y, lo más importante, presenta un valioso carbunclo o rubí prendido en la frente, el cual esconde entre la hierba mientras se baña en los ríos. La valiosa piedra es muy codiciada por los hombres, pues provee de poder y riqueza a todo el que logre robarla en un descuido de la vouivre[32].
Sea como fuere, la transformación aviar de la Ondina de Vacares es algo poco frecuente en las leyendas españolas y de gran interés, pues no encontramos en el imaginario ibérico demasiados personajes con esta habilidad. En las creencias vascas tendríamos a las Lamias, variantes del clásico espíritu acuático y femenino, con forma de mujeres que presentan características animales en su anatomía: pies o piernas de pato, gallina o cabra[33]. Figura más individualizada y con ecos de divinidad es el espíritu o genio conocido como Mari, habitante de cavernas y profundidades rocosas. El aspecto de Mari es enormemente variable, aunque puede presentar características aviares: en Garagarza se la describe con pies de pájaro, en la cueva de Aketegui aparecía transformada en cuervo y en la cueva de Supelegor del monte Itziñe tomaba forma de buitre[34].
Debemos señalar que los personajes mitológicos femeninos relacionados con las aves suelen poseer connotaciones lúgubres o mortuorias. Pensando en imaginarios más antiguos encontramos a las voraces harpías y a otros parientes enormemente siniestros, como pueden ser las infanticidas estriges griegas y lamias romanas. Tampoco debemos olvidar que las sirenas aparecían en las fuentes clásicas como seres híbridos entre mujer y pájaro que también tendían al secuestro y asesinato de hombres. Así las describían autores como Apolonio de Rodas[35], aunque el relato más elocuente sobre su peligrosidad o hallamos en la advertencia que Circe hace a Ulises en la Odisea:
En primer lugar llegarás junto a las Sirenas, las que hechizan a todos los humanos que se aproximan a ellas. Cualquiera que en su ignorancia se les acerca y escucha la voz de las Sirenas, a ese no le abrazarán de nuevo su mujer ni sus hijos contentos de su regreso a casa. Allí las Sirenas lo hechizan con su canto fascinante, situadas en una pradera. En torno a ellas amarillea un enorme montón de huesos y renegridos pellejos humanos putrefactos[36].
Otras leyendas más modernas aseguran que las sirenas no se contentan con ahogar a los marinos; al igual que la mujer de Vacares, los secuestran y los llevan a sus guaridas submarinas, a veces descritas como palacios, donde los tienen prisioneros y, en ocasiones, acaban casándose con ellos[37].
Este rosario de figuras míticas con asociaciones continuas entre aves, mujeres y entornos acuáticos nos permiten relacionar a la Ondina granadina y a sus congéneres con entes aún más antiguos que las sirenas. Figuras divinas que, con el paso del tiempo y devenires religiosos, acabaron integradas en nuevas formas de culto o relegadas al folclore popular.
Entre estas deidades primitivas destaca la que diversos autores han venido en llamar «la Diosa Pájaro», figura localizada en la iconografía de multitud de culturas de Europa y Oriente Próximo desde el Paleolítico superior hasta la era histórica. Se trataría de una entidad relacionada con el ciclo de vida, muerte y regeneración, la cual influyó a su vez en posteriores deidades y creencias religiosas[38].
Una de las principales epifanías de esta Diosa Pájaro sería la forma de ave acuática (ganso, ánade, garza, grulla, cisne…), presente ya en pinturas y grabados sobre objetos de hueso o marfil prehistóricos, a menudo con formas híbridas o antropomorfas[39]. La Diosa Pájaro, en su triple faceta de vida, muerte y regeneración, aparece además asociada a las tres regiones del cielo: las aguas superiores, la tierra y las aguas subterráneas. Si las aguas son fuente de vida y muerte a nivel simbólico, las subterráneas son además tenidas en multitud de creencias como entrada o cauces hacia el Más allá o inframundo. Las connotaciones negativas que hoy asociamos a esta idea, eso sí, no habrían estado presentes hasta la Edad del Bronce tardía[40], siendo vistas en sus estadios más primitivos como una fase más del mencionado ciclo de regeneración.
La cueva o gruta también es un espacio relacionado con este ciclo y las Diosas Madre prehistóricas. Habría sido visto como una suerte de vientre o útero de dicha divinidad, desde donde estas deidades traían al mundo a los vivos y acogía a los muertos, funcionando como matriz regeneradora. Era, por tanto, un lugar de transformación y nexo entre vida y muerte, a menudo con piedras y elementos que las comunidades colocaban para representar las almas de los fallecidos; siendo algo imaginativos, podríamos recordar aquí la creencia recogida por Fidel Fernández que presentaba la laguna como punto de reunión de ánimas del Purgatorio. Además, los habituales flujos o goteo de agua filtrada conectaba la esfera superior con la subterránea, resultando un nuevo nexo simbólico entre el espacio de la cueva, la fertilidad, la muerte y la renovación cíclica[41].
Del mismo modo, la Diosa-Pájaro en su faceta de generadora de vida podía favorecer la lluvia, una asociación más con las aves que, en tiempos antiguos, eran a menudo señaladas como propiciadoras de precipitaciones o anunciadoras del clima venidero[42]. Mediante esta visión simbólica no resultaría descabellado establecer una relación entre la creencia recogida por Fidel Fernández, según la cual los «bramidos» de la laguna de Vacares presagiaban tormentas o cambios bruscos de tiempo, o la que plasmaba Blanca Espinar al asegurar que los pastores, al oír aquellos rugidos, se apresuraban a juntar sus ganados y a volver rápidamente a sus casas. Si además tenemos en cuenta que la propia Ondina es señalada por Tárrago[43] y Fernández[44] como causante de gritos y lamentos que emergen de las aguas de Vacares, podríamos relacionar los bramidos de la laguna con el espíritu que la habita. ¿Fue la mujer de Vacares, en tiempos pretéritos, una figura que vaticinaba el devenir climático?
Aunque no podemos dar respuesta a esto debido a lo limitado de las fuentes, resulta revelador aunar las características de la criatura de Vacares recogidas en las crónicas y relatos vistos hasta ahora: nos hallamos ante una mujer capaz de transformarse en pájaro, habitante de un entorno acuático y con pulsiones de vida (seducción de sus víctimas y posterior acto sexual) y de muerte (culminación en asesinato, antropofagia y hábitat en una gruta lacustre-subterránea). Un personaje que, como tantos otros del folclore popular, sin duda ha sido demonizado y moldeado por la creencia cristiana dominante en la zona y, posteriormente, adornado por los escritores decimonónicos mediante historias llenas de romances y aventuras. Aún así e incluso con todo ello, las características de la mujer de Vacares siguen asemejándose con suma facilidad a las de la Diosa Pájaro, la cual, como comentábamos al inicio, pervivió desacralizada en las creencias populares bajo la forma de personajes sobrenaturales: genius loci, náyades, sirenas y demás espíritus acuáticos femeninos.
5. A modo de conclusión. Diosas, Ondinas y Vírgenes
Es de lamentar que la mayoría de autores que escribieron sobre Vacares en siglos pasados se resistieran a poner por escrito las creencias asociadas a la laguna, considerándolas, en sus propias palabras, supercherías y fantasías propias de gente rústica. Seguramente entre estas «supersticiones» se hallaran datos capaces de arrojar luz sobre las teorías expuestas a lo largo del artículo. Unas creencias que, con mucha probabilidad y por desgracia, se han perdido ya para siempre.
Pese a ello, y como decíamos al inicio, la laguna de Vacares posee un aura especial. Aunque son muchas las lagunas con leyendas y creencias mágicas asociadas, en esta se concentran un número mayor a cualquier otra del entorno. A esto seguramente contribuyeron su orografía, los presuntos cauces subterráneos. y, sobre todo, los desconcertantes y fuertes sonidos que en ella se producían y eran escuchados en varios kilómetros a la redonda, a los cuales la creencia popular revistió de componentes sobrenaturales como puede ser el augurio de cambios climáticos. Si a esta creencia, sin duda la más insistente y reiterada en las fuentes disponibles, añadimos la ubicación de la laguna en un espacio particular, en forma de embudo o cráter rodeado de altas laderas, y su enorme altitud, que la convierten en uno de los espacios lacustres más elevados de Sierra Nevada y de la península ibérica, tenemos un espacio propicio para haber sido objeto de culto o veneración en tiempos pasados. Esto también es aplicable a su Ondina o espíritu territorial, la cual, como ya hemos visto, llega hasta nuestros días bastante deformada y transformada en un monstruo diabólico y sanguinario. Una figura con ecos de divinidad a la que el paso del tiempo y cambios de las creencias arrebataron sus cualidades sagradas, convirtiéndola en una criatura temida y habitante de un paraje evitado.
A este respecto resulta irresistible traer a colación los cultos actuales hacia otras figuras femeninas en la zona. En todo el entorno está extendido la veneración a la Virgen de las Nieves, figura que, de acuerdo a la leyenda[45], se habría aparecido en el año 1717 para salvar a dos hombres que cruzaban la sierra y que fueron sorprendidos por una repentina y fuerte tormenta. Refugiados en el socavón de una roca y dando por perdida toda esperanza, los viajeros divisaron ante ellos a la Virgen, con su hijo en brazos, y justo en ese momento la tormenta remitió, permitiéndoles continuar su viaje y llegar sanos y salvos a Granada. Así, desde 1912 y cada cinco de agosto (día en el que habría tenido lugar el milagro), la romería de la Virgen de las Nieves de Trevélez se desplaza junto a la imagen religiosa hasta el Mulhacén, coronándolo al amanecer.
Sin embargo, y aunque este es el destino de la romería, la leyenda sitúa el lugar de la aparición mariana en los altos del Collado de Veleta: el mismo pico donde se halla la laguna de Vacares. En dicho enclave, conocido desde entonces como «Los tajos de la Virgen», se construyó una ermita, si bien las inclemencias climáticas hicieron que esta y otras construidas posteriormente quedaran abandonadas y en ruinas.
Esto no quiere decir que Virgen y Ondina sean lo mismo ni que una figura se haya sincretizado en la otra, pero sin duda resulta llamativa la existencia de dos entidades femeninas asociadas al control del clima a tan pocos kilómetros de distancia. La Virgen de las Nieves y la Ondina de Vacares bien podrían tener un origen similar, o ser escisiones de un mismo culto o figura antigua de Sierra Nevada. De hecho, autores como Eloy Martos[46] vinculan las advocaciones de las diversas «Vírgenes de las Nieves» y otras figuras religiosas como Santa Lucía o Santa Eulalia (patrona de las aves) al arquetipo mítico de la «Dama Blanca», mujer de talante feérico y a menudo vaticinadora de desgracias[47]. A su vez, compara a este personaje con deidades prerromanas relacionadas con las Diosas Madre prehistóricas como Ataecina, diosa lusitana del inframundo cuyo culto estuvo extendido por Portugal, Extremadura y parte de Andalucía. La hipótesis resulta convincente, si bien en nuestro caso los registros que poseemos sobre Vacares, a pesar de ser casi un corpus legendario al compararlos con el disperso patrimonio mágico-folclórico andaluz, siguen siendo escasos para afirmar tal cosa.
Ojalá este artículo ayude a poner el foco sobre uno de los entornos más fascinantes del sur peninsular en cuanto a estudios de tradición oral se refiere, así como para recopilar nuevos datos y testimonios que nos permitan ahondar en el carácter mítico del entorno de Vacares y los misterios que aún hoy encierra.
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NOTAS
[1] Antonio PONZ, «Relación del viaje que desde Granada hizo á Sierra Nevada D. Antonio Ponz a influxo del Excmo. Sr. Marqués de la Ensenada», en Textos primitivos sobre Sierra Nevada, ed. Caja General de Ahorros de Granada (Granada, Caja General de Ahorros de Granada, 1991), 69-70.
[2]Ibídem.
[3]Ibídem, 75.
[4] Simón de ROJAS CLEMENTE Y RUBIO, Historia natural del Reino de Granada (1804-1809) (Barcelona, Griselda Bonet Girabet, 2002), 211.
[5] William George CLARK, Gazpacho: or, Summer months in Spain (Londres, John W. Parker and Son, 1850), 156.
[6] Manuel TITOS MARTÍNEZ, Leyendas de Sierra Nevada (Granada, Proyecto Sur, 1998), 72.
[7] Moritz WILLKOMM, Las Sierras de Granada (Granada, Caja General de Ahorros de Granada y Sierra Nevada, 1995), 178.
[8] Torcuato TÁRRAGO Y MATEOS, A doce mil pies de altura (Madrid, Imprenta A. Bacayoa, 1878), 83.
[9]Ibídem, 168.
[10]Ibídem, 153-155.
[11] Javier PRADO CORONEL, «Los muchos rostros de la Tragantía. Anatomía de una leyenda jiennense», en Revista de Folklore Nº 525 (Urueña, Fundación Joaquín Díaz, 2025), 88.
[12] Torcuato TÁRRAGO Y MATEOS, A doce mil pies de altura (Madrid, Imprenta A. Bacayoa, 1878), 179.
[13]Ibídem, 190.
[14]Ibídem, 195.
[15] Ambrosio FERNÁNDEZ, «Por las cumbres», en El Debate (07/09/1924).
[16] Gerald BRENAN, Al sur de Granada (Barcelona, Tusquets, 1997), 222.
[17] A este respecto, aplicable la mayoría de creencias sobre civilizaciones paralelas y razas mágicas, véase la obra de Rafael Quintía Análise estrutural e simbólica do mito da moura.
[18] Fidel FERNÁNDEZ, Sierra Nevada (Granada, Urania, 1931), 166.
[19]Ibídem, 232.
[20] Ibídem, 238-239.
[21] Ibídem. 241-244.
[22] José GUGLIERI, En los Alpes alpujarreños. Prodigios naturales y leyendas (Granada, Imprenta F. Román Camacho, 1946), 141.
[23] Blanca ESPINAR, «Tradiciones y fábulas alpujarreñas. El rugido de la laguna de Vacares y los lamentos de los mártires de los moriscos», en El Español: semanario de la política y del espíritu (13/01/1957).
[24] Jean-Christian SPAHNI, La Alpujarra, la Andalucía secreta (Granada, Comares, 2010), 156.
[25] Pablo PRIETO, El libro de Sierra Nevada (Granada, Caja General de Ahorros, 1985).
[26] Pablo BUENO, Sierra Nevada, guía montañera (Granada, Universidad de Granada, 1993), 272.
[27] La palabra Ondina fue acuñada por Paracelso en el siglo xvi para referirse a los espíritus elementales del agua. Siglos después se popularizó gracias a Friedrich de la Motte Fouqué y su novela homónima de 1811.
[28] RUEDA GARCÍA, Fernando, Axarquía. Leyendas, ritos y tradiciones (Málaga, Centro de desarrollo rural de la Axarquía, 2007), 78.
[29] Mateo GALLEGO y Francisco LANCHA, Málaga en la leyenda (Málaga, Arguval, 1996), 65.
[30] Fernando FLORES DEL MANZANO, Mitos y leyendas de tradición oral en la Alta Extremadura (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 1998), 93-94.
[31] Ibídem, 98-99.
[32] Édouard BRASEY, Sirenas y Ondinas (Palma de Mallorca, José J. de Olañeta, 2001), 128-129.
[33] José Miguel de BARANDIARÁN, Diccionario ilustrado de mitología vasca (Bilbao, La Gran Enciclopedia Vasca, 1972), 138.
[34] Juan Inazio HARTSUAGA, «Mari», Enciclopedia Auñamendi (2002).
[35] APOLONIO DE RODAS, Las Argonaúticas (Madrid, Cátedra, 1998), 207.
[36] HOMERO, Odisea (Madrid, Alianza, 2005), 252-253.
[37] Jesús CALLEJO CABO, Hadas. Guía de los seres mágicos de España (Madrid, Edaf, 1995), 103.
[38] Manuel ALBERRO, «La Diosa-Pájaro del Neolítico y su posible continuación en las diosas de manantiales y ríos de los celtas y otros pueblos indoeuropeos», en Habis Nº 38 (Sevilla: Universidad de Sevilla, 2007).
[39] Marija GIMBUTAS, El lenguaje de la Diosa (Oviedo, Grupo editorial asturiano, 1996), 34.
[40] Anne BARING y Jules CASHFORD, El mito de la Diosa (Madrid, Siruela, 2005), 32-33.
[41]Ibídem, 36-37.
[42]Ibídem.
[43] Torcuato TÁRRAGO Y MATEOS, A doce mil pies de altura (Madrid, Imprenta A. Bacayoa, 1878), 179.
[44] Fidel FERNÁNDEZ, Sierra Nevada (Granada, Urania, 1931), 244.
[45]Ibídem, 62.
[46] Eloy MARTOS NÚÑEZ, Las leyendas de Vírgenes de las Nieves (Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2008).
[47] La Ondina de Vacares de nuevo encaja en esta categoría; anuncia o representa la fatalidad y aparece descrita como ave blanca o mujer vestida de dicho color.