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Revista de Folklore número

532



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Antiguos santeros y/o ermitaños en el ámbito salmantino

PUERTO, José Luis

Publicado en el año 2026 en la Revista de Folklore número 532 - sumario >



En España –pese a no estar todavía, a pesar de las múltiples publicaciones que abundan sobre el tema–, aún queda mucho por hacer para conocer en profundidad el mundo de las ermitas y de sus significados, esos recintos religiosos, pequeños, entrañables, que se hallan en el término de la gran mayoría de nuestros pueblos, y que han sido, y aún siguen en buena medida siendo, centros de devoción, de romería, de vinculación vecinal y comarcal, de mercado, de intercambios de todo tipo…, en definitiva, de historia y de cultura.

Ubicadas en enclaves de muy diversos tipos –elevaciones y promontorios, valles, laderas, bosques, orillas de los ríos…–, las ermitas constituyen un bien cultural que, desde la edad media hasta hoy mismo, dan noticia de las comunidades humanas en las que se asientan.

Las ermitas –y a lo que indicamos denomina William A. Christian, un estudioso de las ermitas españolas, ‘territorio de gracia’, en algunas de sus publicaciones– tienen un mayor o menor arraigo devocional en la medida en que sean capaces de convocar a peregrinos y devotos de una mayor o menor extensión geográfica. En este sentido, habría ermitas de un territorio devocional meramente local, otras lo extenderían al ámbito de una comarca, otras al de una región e, incluso, los santuarios de advocaciones más conocidas, a todo un país.

Pese a ser más compleja, dejemos, de momento, la distinción entre los conceptos ‘ermita’ y ‘santuario’ en el ámbito de la mayor o menor dimensión de la edificación religiosa; la ermita sería más bien pequeña, frente al santuario que sería mayor. Se confunden, sin embargo, en no pocas ocasiones, ambos términos. Nosotros vamos a utilizar aquí el de ermita, esa pequeña edificación religiosa en la que, en el término de un pueblo, generalmente fuera de la localidad y en pleno paisaje, se le tributa devoción a una imagen sagrada, ya sea cristológica, mariana o hagiográfica.

En el pasado, no pocas ermitas, además de la edificación religiosa propiamente dicha, contaban con otras edificaciones adjuntas. Una de ellas es la casa del ermitaño, conocido también como santero. En León, se alude a «casa de novenas». Como algunas ermitas estaban regidas por cofradías, en tales edificaciones tenía su sede la cofradía de que se tratara.

Pero nosotros, ahora, no vamos a desarrollar aspectos sobre la vida de las ermitas que son fascinantes, como pueden ser las fiestas, romerías, celebraciones, advocaciones sagradas, ferias, mercados, exvotos, tauromaquias, representaciones dramáticas, etc., que configuran toda una cartografía religiosa, antropológica y etnográfica de un gran interés, para saber lo que somos.

Nos vamos a quedar con la figura de los antiguos santeros, esos cuidadores de las ermitas, que, al tiempo que vivían en ella, cuidaban de la edificación sagrada, difundían por los pueblos de los contornos, más o menos próximos o incluso alejados, la devoción a la imagen que en tal o cual ermita se venerara.

Visiones sobre el santero o ermitaño

Partamos de distintas visiones que, sobre la figura del ermitaño se han ido produciendo en nuestro país. Comencemos con algunas de nuestra época clásica. Si recurrimos al imprescindible Tesoro de la lengua castellana o española, obra de 1611, de Sebastián de Covarrubias y Horozco, y buscamos el término ermita, el toledano, relacionado con la universidad salmantina, nos lo define del siguiente modo:

Díjose de yermo, a nomine graeco ἔρημος, solitudo, eremus, femi, gen. Y es un pequeño receptáculo con un apartado a modo de oratorio y capillita para orar y un estrecho rincón para recogerse el que vive en ella, al que llamamos ermitaño, lat. eremita. … Eremítica, vale vida solitaria[1].

Aparece en esta definición la figura del ermitaño, que –según la definición de Covarrubias– viviría en «un estrecho rincón» de la ermita.

Si pasamos al Diccionario de Autoridades de la RAE y buscamos el término de santero (más popular y, acaso, usual entre las gentes que el de ermitaño), nos encontramos con unos rasgos en la definición, que son los que nos interesan:

Santero: «La persona que pide limosna para el Santo de alguna Hermita, y tiene cuidado de ella»[2]. Con lo que se nos resume su doble función: reside y tener cuidado de la ermita y extiende su devoción (pide limosna).

El demanda o santero, en ‘Los españoles pintados por sí mismos’

En esa galería de estampas costumbristas sobre personajes decimonónicos, recogida bajo el marbete de Los españoles pintados por sí mismos (Ignacio Boix, en dos volúmenes, 1843 y 1844; Biblioteca de Gaspar y Roig, 1851), no falta el personaje de «El demanda o santero»[3], cuya estampa literaria realiza José María Tenorio (Sevilla, 1787-Villalba del Alcor, Huelva, 1867)

Comienza indicando los nombres por los que es conocido el personaje: santero, demanda, demandador o demandante, «un tipo exclusivamente nacional, tan antiguo entre nosotros como nuestra devoción supersticiosa». (p. 185).

Y nos traza el siguiente retrato de la figura del santero o demanda:

[…] toda la España ha estado plagada hasta fines del último siglo de hermanucos y santeros, que por lo regular vestían traje frailuno, con sus barbas postizas, su capuchón, y en la una mano el báculo, llevando en la otra la demanda con la imagen de algún santo milagroso. Con semejante disfraz andaban por las calles y plazas embaucando a la multitud; siempre crédula y fanática; con él corrían de pueblo en pueblo aparentando penitencia y mortificación, contando mil patrañas y comiendo a dos carrillos a costa del prójimo … Tomaban de todo cuanto les daban los devotos y devotas, variando la colectación según las diferentes producciones y usos de cada provincia, según las estaciones del año y la especie de patrocinio que prometían en nombre del celícola. (p. 186)

Después, a lo largo de su estampa sobre la figura del demanda o santero, José María Tenorio, que formara parte de ese grupo sevillano de pioneros del folklore (Antonio Machado Núñez, Antonio Machado y Álvarez ‘Demófilo’, etc.), se centra, sobre todo, en los santeros y demandantes de «las provincias del mediodía, y especialmente en las alegres poblaciones de Andalucía». (p. 186)

Y es de interés la relación que realiza de santeros especializados en determinadas advocaciones específicas, con sus peculiares preservativos, según el santo de que se trate. Estas son sus palabras:

El Demanda de S. Antonio Abad distribuye campanillas de metal, que sirven para preservar a todos los animales de distintas enfermedades. El postulante para S. Lázaro lleva un remedio eficaz en sus tabletas, haciendo con ellas ruido para ahuyentar los demonios. El que pide para S. Blas, a cuya protección se acogen los que padecen males de garganta, reparte cordones de seda que han estado al cuello de la imagen del santo. (p. 186)

Las campanillas de San Antón; las tablillas de San Lázaro; las gargantillas de San Blas…, son atributos y preservativos bien identificados y conocidos por las gentes campesinas, hasta hace bien pocos años.

Una visión personal

Nosotros alcanzamos a conocer todavía, en nuestra niñez en la localidad salmantina de La Alberca, la figura del ermitaño o del santero. Era un hombre más bien anciano y como con ropajes rústicos y hasta antiguos, que nos causaban cierta extrañeza, así como cierto temor el personaje, al que no osábamos acercarnos, contemplándolo desde una cierta distancia. Ignoramos a qué ermita pertenecería o en nombre de cuál realizaría sus peticiones de limosna. Sería alguna del sur salmantino y no muy alejado de la propia población de La Alberca.

Llevaba una imagen, acaso de una Virgen –éramos muy niños y no alcanzábamos a concretar el dato–, que se encontraba en una capillita, con puertas, que abría, y el frente de cristal, desde el que se contemplaba la imagen, que daba a besar a los vecinos y que tenía en su parte inferior una ranura para depositar las limosnas. El cristal llevaba las huellas de los distintos labios de las gentes que se acercaban a dar el beso a la imagen sagrada.

En La Alberca, cuando llegaba aquel hombre, que sería de cuando en cuando, a lo mejor, incluso, más de una vez al año, las gentes lo llamaban el peregrino. Recorrería algunas calles, pero nosotros lo vimos, sobre todo, en torno a la plaza del pueblo.

Era, desde luego, para nosotros, aquella figura del peregrino, que se acercaba hasta nuestro pueblo natal, una figura reverencial y que, al tiempo, nos inspiraba no poco temor.

Un santero del sur salmantino

En el sur salmantino, en el término de Anaya de Huebra y no muy lejos de la localidad alfarera de Tamames, hubo una ermita de San Marcos, junto al puente de un riachuelo, afluente del río Huebra; una ermita ya desaparecida. Por tal puente y junto a tal ermita, transcurría el antiguo camino que iba desde la Sierra de Francia salmantina, al sur de la provincia, hasta la capital de Salamanca, así es que tal ermita se hallaba en un camino de tránsito.

En las respuestas generales del Catastro de Ensenada de la ya desaparecida localidad de Anaya de Huebra, que se hallaba a orillas de tal río, en su margen derecha, y en una comarca de tal nombre, en medio de dehesas ganaderas de toro bravo, entre montes de encinas, en la respuesta a la pregunta 36 sobre cuántos pobres de solemnidad habrá en la población, se responde muy expresivamente:

Hay un pobre de solemnidad que solo se mantiene con la limosna que junta con la estampa del señor San Marcos, de quien es ermitaño, llamado Francisco Vicente[4].

Ya contamos, a través de este testimonio, con la figura de un santero del sur salmantino: sabemos su nombre concreto, Francisco Vicente; cuida de la ermita indicada de San Marcos, recorre los pueblos con la estampa del santo y, ayudándose de ella, pide limosna. Estamos ante un pobre de solemnidad. Estamos ante una figura de otro tiempo, ya prácticamente desaparecida, pero que ha llegado hasta nosotros, que, de hecho, la conocimos de niños.

Estampas y pliegos de Valdejimena, difundidos por los santeros

Ya nos ha aparecido la figura del santero, ayudado por una estampa de la figura religiosa titular de la ermita a la que represente, para recorrer los pueblos y propiciar la devoción de los vecinos y, al tiempo, pedir limosna en su nombre.

A la vez que las estampas, los santeros también distribuían pliegos sueltos o de cordel, recorriendo los pueblos, sobre todo si tenían que ver con algún suceso ocurrido en su ermita o santuario.

Era lo que ocurría con el santuario salmantino de Nuestra Señora de Valdejimena, en la localidad de Horcajo Medianero, regentado por los frailes dominicos en el pasado y con una plaza de toros junto al templo.

La Virgen de Valdejimena ha sido tenida, tradicionalmente, como protectora contra la rabia o hidrofobia, originada por la mordedura de los perros rabiosos. Pues, bien, circularon pliegos sueltos con milagros de curaciones obradas por la Virgen de Valdejimena a personas afectadas por esta dolencia. O, también, otro tipo de pliegos de esta imagen, en la que aparecía un grabado de la misma en el anverso y una oración en el reverso.

Tales pliegos los difundía, en el pasado, el santero de esta advocación mariana salmantina, cuyo santuario se halla en medio de un bosque de encinas, que los llevaría por los pueblos, donde serían adquiridos por la limosna que fuera.

Uno del segundo tipo de los que acabamos de indicar reza lo siguiente en el anverso: recuadrada toda la página con una greca, bajo una imagen grabada y estampada de la Virgen, se halla la siguiente leyenda: «NUESTRA SEÑORA DE VALDEGIMENA / Abogada contra horas menguadas, aires pesti- / lentes y mordeduras de perros rabiosos. // MADRID. / IMPRENTA DE MARÉS Y COMPAÑÍA, PLAZUELA DE LA CEBADA, 13.» Mientras que, en el reverso, a doble columna y en versos, recuadrado todo en una cenefa, se encuentran las «ALABANZAS / DE LA SANTÍSIMA VIRGEN QUE CON EL TÍTULO DE / NUESTRA SEÑORA DE VALDEGIMENA, / SE VENERA EN SU SANTUARIO DE LA PROVINCIA DE ÁVILA.»

Y, en otra estampa del mismo tipo, nos encontramos en el anverso con una representación grabada de la imagen, toda la página recuadrada por cenefa, y bajo la representación mariana, la leyenda: «NUESTRA SEÑORA DE VALDEGIMENA, / abogada de horas menguadas, aires corruptos y mordeduras de perros rabiosos.» Y, y bajo la leyenda, otra representación de un hombre perseguido por un perro, al que trata de espantar con su bastón.

Mientras que, en el reverso, recuadrada la página por otra cenefa, en verso, una «ORACIÓN / A LA SANTÍSIMA VIRGEN DE VALDEGIMENA, / ABOGADA DE LOS QUE PADECEN HIDROFOBIA.» Y, bajo el texto de la oración: «Valladolid: Imprenta, librería y almacén de papel de F. Santaren.–1874.»

Y, en cuanto a los pliegos del primer tipo, los que difunden alguna curación milagrosa realizada por la Virgen de Valdejimena a alguien atacado y mordido por un perro rabioso, uno de ellos lleva el siguiente encabezamiento: «NUEVO Y VERDADERO ROMANCE / en que se manifiesta y declara el portentoso / milagro que ha ejecutado la Virgen de Valdejimena, / el día 15 de Julio de 1932». Se desarrolla en las dos partes clásicas, como relato desarrollado en verso, y carece de referencia alguna acerca de la localidad, imprenta y año.

Un santero salmantino y ‘Los mozos de Monleón’

Ramón Menéndez Pidal, en el segundo tomo de su libro Romancero hispánico (hispano-portugués, americano y sefardí) Teoría e historia, habla de dos romances de nueva tradición a los que supone un origen genuinamente salmantino. Se trata de los titulados Los mozos de Monleón (IGR 0371) y Madre, Francisco no viene (IGR 0193).

Respecto al de Los mozos de Monleón, para rastrear su cronología, nos aporta datos de gran interés, cuando indica lo siguiente:

Una versión que recibí en 1902, recitada por cierto ermitaño de Íñigo, pueblo próximo a Monleón, refería el caso a la fiesta de San Juan de la ermita de Nuestra Señora de Mesegal, vecina al oriente del mismo Monleón; es una versión en estilo de ciego, como se puede ver por el final, que da la fecha del suceso:

En la ermita del Mesegal /

ha sucedido este caso

con una madre y un hijo /

el año cincuenta y cuatro.

Pidamos a la Virgen /

y a su Hijo soberano

que nos libre de maldiciones /

y también de los desmayos.

Estos versos, típicos de ciego, faltan en todas las otras versiones (unas 17), asimiladas ya totalmente por la tradición. Y esa versión del ermitaño de Íñigo, aunque sin duda más breve que la original del año 1854 (o acaso 1754) en ella citado, tiene 76 octosílabos, mientras las otras más tradicionales suelen tener de 26 a 38 y algunas más largas solo llegan a 56 y 58 [5].

La alusión que ahora nos interesa es la referencia que hace al transmisor de esta versión de Los mozos de Monleón, que no es otro que «cierto ermitaño de Íñigo, pueblo próximo a Monleón». Esto es, los ermitaños o santeros transmitían también, en sus correrías por los pueblos, determinados romances.

El ermitaño de la localidad de Íñigo debía de ser el de la ermita de San Marcos, que es la que ha existido en el término de dicha localidad. Sobre esta ermita, contamos con la siguiente referencia documental: «En el término de este lugar ay una hermita de Sant Marcos, adonde suelen llevar un toro del cual ay buenos quartos»[6]. De nuevo, como ocurre mucho en la provincia de Salamanca, estamos ante otra ermita en la que se celebra el rito de la tauromaquia, el rito de correr al toro.

Santuario de la Peña de Francia: una estrategia de recogida de limosnas a través de santeros

El de la Peña de Francia, sobre la cima de la montaña homónima, en el sur de Salamanca, término municipal de El Cabaco, es uno de los santuarios españoles más conocidos y renombrados, hasta el punto de que aparece nombrado tanto en El Quijote como en La gitanilla, de Miguel de Cervantes, y Tirso de Molina le dedica la comedia titulada La Peña de Francia.

Se trata, además, de uno de los centros devocionales marianos más conocidos en la España clásica de los siglos xvi y xvii. De hecho, ya en el xvi, por los años del Concilio de Trento, punta de lanza de la contrarreforma católica, Pero Juan Villuga, en su obra Repertorio de todos los caminos de España (1546), alude a la visita a «las seys casas angelicales de Nuestra Señora, ... que es: a Nuestra Señora de Monserrate, a Nuestra Señora del Pillar de Zaragoza, a Nuestra Señora del Sacrario de Toledo y a Nostra Señora de Guadalupe, a Nostra Señora de Francia y a Nuestra Señora la Blanca en Burgos»[7].

Su territorio de gracia o espectro geográfico devocional era muy amplio. Y los propios frailes dominicos, a cuyo cargo ha estado siempre, con el convento adjunto al santuario, se encargaban de difundir esta devoción por todos los rincones de España.

Dada la enorme extensión devocional del santuario mariano de la Peña de Francia (por España, la América hispánica y Filipinas), los frailes dominicos desarrollan una estrategia de recoger limosnas en distintos ámbitos, basándose en el envío de santeros a las zonas geográficas elegidas, otorgándoles para ello un poder o cédula, para que nadie pudiera estorbarles o impedirles la petición.

Por dos documentos de poder del siglo xvii, uno de 1625 y el otro de 1650, otorgados ambos por el prior y frailes dominicos del convento del santuario de la Peña de Francia, conservados ambos, dentro de los protocolos notariales, en el Archivo Histórico Provincial de Salamanca, podemos advertir toda una estrategia de dicho santuario, dada a unos hombres, a los que, implícitamente, se les inviste como santeros, para recoger limosnas en un área determinada y que nadie les pueda entorpecer o impedir tal petición.

Poder para santero de la Peña de Francia en Toledo

Un primer poder está realizado en La Casa Baja (convento dominico de invierno, hoy en ruinas, a los pies de la Peña de Francia y en el término de la localidad de El Maíllo, muy cercano al pueblo) y lleva la fecha de 20 de noviembre de 1625. Lleva el encabezamiento de «Para el arzobispo de Toledo – Peña de Francia»[8].

A través de él, el prior y frailes del convento de Nuestra Señora de la Peña de Francia, de la orden de predicadores (dominicos), «estando juntos en nuestro capítulo por son de campana … como acostumbramos para tratar de las cosas de nuestra comunidad», tras enumerar los nombres de los frailes presentes, otorgan todo su poder cumplido a Juan Martín el Chiquito, vecino del lugar de Cobos, tierra de Segovia, «(que es un hombre de mediana estatura, de edad de cuarenta años, barbinegro y tiene una mella de un diente en el lado derecho, color moreno y no grueso, modesto de rostro, las cuales dichas señas le sirvan de conocimiento para todo lo que aquí será contenido y para cada una cosa y parte de ello, sin que se le pida otro conocimiento alguno)». (f. 481 r.)

Y ¿para qué van a otorgarle el poder? La respuesta la encontramos en el propio escrito:

[…] para que para esta dicha casa y convento de Nuestra Señora de la Peña de Francia pueda demandar, recibir, haber y cobrar … todas las limosnas que le dieren, allegaren y mandaren y él demandare en la bacinilla y ostiatim[9] por las puertas en cada pueblo, ciudad, villa o lugar donde llegare … en el arzobispado de Toledo con sus vicarías, prioratos, encomiendas, arciprestazgos y abadías y feligresías en él inclusos, y nombre colectores en cada pueblo y lugar de él al arzobispado, a los cuales colectores tome cuentas y les quite el dicho cargo y nombre otros de nuevo en la forma y manera que quisiere y le pareciere y por bien tuviere y cobre y reciba cualesquier maravedís y en trigo, cebada, centeno, joyas de plata y oro, lana, queso, vino, lino, garbanzos y otros bienes y limosnas que a la bacinilla y ostiatin se allegaren y cogieren para este convento y casa de Nuestra Señora de la Peña de Francia, y de todo lo que recibiere y cobrare dé y otorgue carta de pago, finiquito»… (f. 481 r. y v.)

La descripción de los rasgos físicos del hombre al que se le otorga el poder para realizar la función de santero del santuario de la Peña de Francia en el arzobispado de Toledo –como los que veremos enseguida a continuación– son para que, cuando presente el poder o cédula del convento a quien se la demandare, se observe que es a él (y no a otro) a quien se autoriza para cumplir tal función.

Se le autoriza a nombrar a colectores, para pedir en dicha diócesis, así como a destituirlos. Se indican los dos tipos de limosna: de bacinilla y puerta a puerta (ostiatim). Se enumeran los ámbitos en los que se le autoriza a pedir: puertas de pueblos, ciudades, villas, lugares. Y se indica, en fin, la especie en que puede recibir las limosnas: «trigo, cebada, centeno, joyas de plata y oro, lana, queso, vino, lino, garbanzos y otros bienes y limosnas». (f. 481 v.)

Y, en fin, se establece el plazo temporal para el que se le otorga el poder: «este poder le ha de valer por tiempo y espacio de seis años» (f. 481 v.) a partir de la fecha que tal poder lleva, que era la del 20 de noviembre de 1625.

Poder para santero de la Peña de Francia en obispados del noroeste

Un segundo poder[10], que lleva el encabezamiento de «Poder para obispados, de la Peña de Francia», está fechado en La Alberca, a 11 de julio de 1650, y lo dan el prior, los frailes y convento de Nuestra Señora de la Peña de Francia a una serie de personas, que se enumeran y cuyo aspecto físico se describe, y que son: Francisco de Saavedra («un hombre de buen cuerpo, algo entrecano, barbi rubio, como de cincuenta y cuatro años y picado de viruelas»), Bartolomé del Campo («hombre de mediana estatura, de edad de cincuenta y cuatro años, colorado de rostro y barbi castaño»), Juan de Saavedra («hombre alto de cuerpo, lampiño, blanco de rostro, como de veinticuatro años»), Pedro de Rozas («colorado de rostro, barbi castaño, como de veintinueve años»), Francisco de Saavedra, el mozo («blanco de rostro, barbi castaño, como de veintiocho años»), «todos vecinos del lugar de Santo Andrés de Bendia, en el obispado de Mondoñedo»; así como Fernán Pérez de Edrosa («çaçoso[11], de mediana estatura, barbi castaño, como de cuarenta y cuatro años») y Alonso Pérez de Edrosa («çaçoso, de mediana estatura, barbi castaño, como de cuarenta y cuatro años»), «vecinos del lugar de San Pedro de Santa Leocadia, en el dicho obispado»; y Bernardo de Sanjurjo («alto de cuerpo y çaçoso, abultado de rostro, como de treinta y seis años») Y Pedro de Sanjurjo («bajo de cuerpo, moreno de rostro y barbi castaño, como de treinta y cuatro años»), «vecinos del lugar de Santa Marina de Ramil, de dicho obispado»; Juan Rodríguez Gatín («hombre alto de cuerpo, ojos garzos, barbi castaño, de edad de cuarenta y seis años»), «vecino de San Martín de Ferreiros, del dicho obispado»; Rodrigo de Moinelo («flaco de rostro, barbi castaño, como de cuarenta y siete años») y Domingo de Moinelo («colorado de rostro, cas… como de treinta y ocho años y barbi castaño»), «vecinos del lugar de San… de Bejan, de dicho obispado»; Bartolomé Pérez («moreno de rostro, de edad de cuarenta y cuatro años») y Juan de Llamas («colorado de rostro, como de treinta y cuatro años»), vecinos de Pacios; Juan Gómez de Aguiar («bajo de cuerpo, barbinegro, çazoso, como de cuarenta y seis años»), «vecino de San Martino de Goberno»; Miguel González de Otero («hombre alto de cuerpo, barbi castaño, como de veintisiete años»), «vecino de Santa María de M…xide, del dicho obispado»); así como Lorenzo de Ocando («bajo de cuerpo y barbinegro, de edad de veintisiete años»), «vecino del dicho lugar de Vendia, en el reino de Galicia»…

Y ¿para qué otorgan el prior y frailes del convento dominico del santuario de Nuestra Señora de la Peña de Francia a diecisiete hombres procedentes del reino de Galicia, la práctica totalidad de ellos procedentes de lugares del obispado de Mondoñedo, algunos de los cuales son, como hemos podido comprobar, tartamudos?

La respuesta nos la da el propio poder y es la siguiente:

[…] para que por nos y en nuestro nombre y en el de este convento puedan pedir la limosna de bacinilla y ostiatim que los fieles cristianos quisieren dar para esta santa casa en los arzobispados de la ciudad de Santiago de Galicia y obispados de Tui, Orense, Lugo, Astorga, León, Oviedo y Mondoñedo, y en las vicarías y alcaldías en ellos inclusas, y en todas las ciudades, villas y lugares de los dichos arzobispado y obispados, y en cada uno y cualquiera de ellos, así en sus iglesias, ermitas y omilladeros, como por los vecinos pidiendo de puerta en puerta, y en las plazas y mercados, y puedan pedir asimismo la limosna del trigo, cebada, centeno y otras cualesquiera semillas en tiempo de su cosecha por las eras y otras partes y tiempos.

Esto es, el santuario de la Peña de Francia nombra a diecisiete hombres gallegos, de la diócesis de Mondoñedo, para que pidan para dicho santuario por diversos obispados del noroeste de España. Estaríamos, por tanto, ante diecisiete santeros del santuario de la Peña de Francia.

Se nos indican –y este es un dato de interés para analizar la religiosidad popular de la España del barroco y la contrarreforma– los lugares de la petición: ciudades, villas, lugares; vicarías, alcaldías; iglesias, ermitas, humilladeros; plazas, mercado, las eras de los pueblos y lugares. Así como también los tipos de petición: de bacinilla y puerta a puerta (ostiatim). Y, como la limosna dineraria era escasa, porque circulaba menos la moneda, aparece también la limosna cerealística: trigo, cebada y centeno.

Y, para que tal grupo humano de santeros de la Peña de Francia por el noroeste hispánico no se desmande y esté bien organizado y no se pierdan las limosnas, el poder contiene todavía otro apartado, que dice:

[…] queremos que el dicho Francisco de Saavedra, el más viejo, al cual nombramos por principal administrador y cogedor de dichas limosnas, pueda tomar cuenta a las demás personas en este poder contenidas, cobrando de ellas lo que hubieren pedido y allegado, en virtud de este poder.

Aparece un último elemento contenido en el poder, que les sirve a tales gallegos, convertidos por él en santeros de la Peña de Francia, como una cédula que da validez a su función, y es el de la duración temporal que tiene. Dice así:

[…] y este poder ha de valer y valga por diez años, que empiezan a correr desde hoy día de la fecha y cumplirán para 11 días del mes de julio de 1660 años.

Esto es, estamos ante un poder para ejercer el oficio de santero del santuario de la Peña de Francia, a lo largo de diez años, por muy diversas diócesis del noroeste hispánico. Toda una estrategia de petición, a mediados del siglo xvii.

Algunos santeros en ermitas salmantinas a principios del siglo xvii

Hay un hermoso y delicioso documento salmantino, del primer cuarto del siglo xvii, que nos transmite pequeñas pero significativas noticias sobre no pocos pueblos de la provincia. Algunas de tales noticias están relacionadas con los santeros.

Lleva el título de Libro de los lugares y aldeas del Obispado de Salamanca (Manuscrito de 1604 – 1629) y fue introducido, transcrito y editado por los profesores Antonio Casaseca Casaseca y José Ramón Nieto González (este último fallecido hace algunos años), y editado por la Universidad de Salamanca en 1982 [12].

Así, sobre la ermita, no muy alejada de la capital salmantina, en un ámbito delicioso del término de Calvarrasa de Arriba, se encuentra la ermita de Nuestra Señora de la Peña. Sobre ella, nos indica lo siguiente este manuscrito de los lugares y aldeas salmantinas:

[…] en el término de este lugar está la ermita de Nuestra Señora de la Peña, que es nueba de debozión y concurren allá mucha gente de Salamanca, la iglesia es oscura y de mala traza, la imagen es muy antigua y no muy hermosa, tiene de renta quatro fanegas de trigo; la limosna ordinaria valdrá seis mill maravedís, toda se gasta en azeite, reparos y santero. (p. 50)

Cuenta esta ermita, por tanto, en ese momento, con un santero, al que se le abona una parte de las limosnas que en ella se obtienen.

En la localidad de Hornillos, se halla la ermita de Nuestra Señora de la Vega. Aquí, también se alude a la figura que estamos analizando. El término que se utiliza para ella, en esta ocasión, no es el de ‘santero’ sino el de ‘ermitaño’. Tal figura aparece en el siguiente contexto:

Aquí ay una hermita de Nuestra Señora de la Vega, está razonable, tiene de renta siete fanegas de trigo cada año, es poseedor Juan Casado, librero, por nombramiento del Arcediano de Salamanca, mandele reparar y hazer un aposento para el hermitaño, para lo qual se embargaron los frutos. (p. 187)

En este caso, el visitador de la diócesis de Salamanca realiza un mandato concreto sobre esta ermita, como es el que se edifique para el ermitaño un aposento. Recordemos cómo, en el pasado (y, en algún caso, han llegado hasta el presente), no pocas ermitas contaban con una casa adjunta.

Y hay, en tal manuscrito, una información sobre un ‘ermitaño’ excepcional, al que ahora aludimos, que llevara una vida retirada (no sabemos por cuánto tiempo) en la ya desaparecida ermita de Santa Columba, en el término de la localidad de Mogarraz. Esta es la información que el manuscrito nos transmite:

Aquí ay una ermita de Santa Columba, bien edificada, un quarto de legua del lugar, con dos aposentos adonde passó su teología el señor Arzobispo de Balencia don Juan de Rivera, es un sitio solitario y apacible, tendrá esta ermita hasta quatro mill maravedís de renta, con que el maiordomo de ella la repara y probee de lo necesario. (p. 84)

Estaríamos, nada menos, que ante la figura de San Juan de Ribera (Sevilla, 1535 – Valencia 1611), religioso, patriarca latino de Antioquía y hombre de estado español, beatificado en 1796 y canonizado, en 1960, por el papa Juan XXIII.

No es casual que fuera ‘ermitaño’ –un excepcional e ilustre ermitaño– en esta desaparecida ermita de Santa Colomba, en el término de Mogarraz (en la salmantina Sierra de Francia), porque Juan de Ribera estudió en la Universidad de Salamanca y tuvo como maestros, entre otros, a Melchor Cano y Domingo de Soto. Fue también obispo de Badajoz, en el oeste hispánico. Y terminaría siendo arzobispo de Valencia.

Tengamos en cuenta, en este sentido, que, por ejemplo, Benito Arias Montano, teólogo, hebraísta y humanista, también vivió un tiempo retirado en una ermita de Alájar, ubicada en un amenísimo ámbito boscoso de encinas y alcornoques, en la onubense sierra de Aracena. Ámbito que ha terminado recibiendo el nombre de la Peña de Arias Montano. Donde nuestro personaje llevó una vida eremítica, dedicado al estudio de las sagradas escrituras.

Algunos santeros y ermitaños salmantinos a mediados del siglo xix

Otra fuente que nos transmite alguna noticia sobre santeros y/o ermitaños de ermitas salmantinas es el Diccionario… de Pascual Madoz (una importantísima fuente de documentación de las ermitas españolas a mediados del siglo xix).

Así, sobre la ermita del Cristo de la Laguna, en el término de la localidad de Aldehuela de Yeltes –muy visitada por Miguel de Unamuno, que escribió aquí y allá sobre ella–, nos indica Pascual Madoz que es un despoblado de la provincia de Salamanca, en el partido judicial de Ciudad Rodrigo, término jurisdiccional de Aldehuela de Yeltes y situado «en terreno montuoso a orilla del río Yeltes junto a la laguna llamada Grande, poblado todo de encinas y robles con algunos pastos que aprovecha el ganado lanar, vacuno y de cerda», un ámbito geográfico de dehesa salmantina y charra, en definitiva.

Pues, bien, Madoz, sobre lo que nos interesa, nos continúa diciendo: «Hay una igl. a cargo de un ermitaño en donde se hace una gran función por las gentes que en romería acuden todos los años de los pueblos comarcanos.»[13]

Otra ermita mariana salmantina, con solera, en pleno campo charro, es la de Nuestra Señora del Cueto, con una plaza de toros adjunta y una casa o edificación aneja a la propia edificación religiosa. Se ubica en el término de Canillas de Arriba, en lo alto de un monte de encinas –un paisaje muy característico de dehesa charra–, desde el que se divisa a lo lejos y hacia el norte la propia ciudad de Salamanca.

Pues, bien, Pascual Madoz nos transmite algunas de las tradiciones de esta ermita, en torno a la leyenda de la aparición de la imagen, las fiestas celebradas en ella y la figura del propio ermitaño.

[…] según la tradición popular, unos pastores encontraron la imagen que allí se venera, en el hueco de una encina que ocupaba el mismo sitio que hoy la columna sobre que está la efigie: este parece el motivo de la fundación, y se conjetura que fuese a fines del siglo xvii, tanto por la fecha del breve citado, como por que la fáb. es moderna. Hay una cofradía de la Veracruz, que costea 5 fiestas en los días del Ángel de la Guarda, San José, la Anunciación, la Asunción, y la Concepción: el primer día de Pascua de Pentecostés se celebra otra costeada por un mayordomo, a la que concurren en romería los hab. de los pueblos inmediatos y mucha gente de Salamanca, a causa de que suele tenerse una corrida de novillos, para lo cual hay junto a la igl. su plaza correspondiente: antiguamente hubo capellán, pero hoy sólo hay un ermitaño que vive en una casa unida a la ermita[14].

De nuevo, estamos ante una ermita, mariana, con plaza de toros adjunta y corrida de novillos (sobre ello, hemos escrito en varias ocasiones y en distintos artículos y libros: ermitas marianas salmantinas con plazas de toros), que, al tiempo, cuenta con una casa para el ermitaño.

El santero, ermitaño o demanda de la ermita de la Virgen del Castillo, en la localidad salmantina de Pereña

En el noroeste de la provincia y en el límite con Zamora y con Portugal, que marcan los ríos Duero y Tormes, según el enclave de que se trate, se encuentra la localidad de Pereña, conocida también como Pereña de la Ribera, en plenos Arribes (que puede llevar artículo masculino o femenino).

En el término de Pereña, se encuentra una ermita de advocación mariana como es la Nuestra Señora o la Virgen del Castillo. Contamos con distintas noticias sobre ella. Pero vamos a recurrir a una, del último cuarto del siglo xviii, por las noticias que nos transmite sobre el que llama ermitaño (al que asocia con una de sus funcionar: la de demandar o pedir limosnas, que ya habíamos visto en el artículo costumbrista del sevillano José María Tenorio).

Tal fuente es el libro titulado Compendio histórico de la ciudad de Salamanca, su antigüedad, la de su santa iglesia, su fundación, y grandezas, que la ilustran, obra del clérigo salmantino, que fuera párroco de la localidad de La Mata de Armuña, Bernardo Dorado, cuya publicación data de 1776.

Nos indica Bernardo Dorado que, en el término de Pereña, se halla «el célebre Santuario de nuestra Señora de el Castillo, porque fue hallada junto á la fortaleza, ó Castillo de dicho Lugar junto á un manantial, que oy existe en veneracion, y llaman Fuente Santa».

Y, enseguida, nos habla del santero o ermitaño y de sus andanzas salmantinas, extendiendo la devoción mariana de la Virgen del Castillo de Pereña, pidiendo limosna y llevando tierra de la ermita a los enfermos, con un hecho de curación que se relata, en la localidad salmantina de Escurial de la Sierra, que se nombra como Escorial. Estas son sus andanzas y esta es la curación:

El devoto Hermitaño que era entonces de dicho Santuario quando salía á la demanda de limosna acostumbraba llevár para los enfermos un poco de tierra, que unas veces sacaba de la peana de nuestra Señora, y otras de una grande piedra que estaba en la Iglesia de dicha Hermita, y havia servido á la primitiva que se le fundó arriba, en la ya referida Fuente Santa, llegando pues dicho Hermitaño al Lugar de el Escorial de este Obispado en el mes de Octubre de 1720. pidió limosna á un vecino que padecía ya tiempo havia unas recias, y rebeldes calenturas, dióle el Hermitaño un poco de aquella tierra diciendole, que la tomáse desleida en caldo, ó agua con devocion, y fé en nombre de nuestra Señora de el Castillo de el Lugar de Pereña, y sanaría, dixole el paciente: como eso suceda he de llevar un carro de cal á nuestra Señora para su Hermita, respondió el Hermitaño: bien vendrá que hai obra en ella, y despidiendose prosiguió su camino[15].

Y, claro, el paciente sanó y hubo de llevar, desde su pueblo, Escurial de la Sierra, que se halla en la comarca salmantina de La Calería, en la ladera septentrional de la Sierra Mayor o de Tamames, un carro de cal hasta la ermita de la Virgen del Castillo, en Pereña, en el ángulo noroccidental de la provincia. Una larguísima trayectoria.

Coda

Y aquí nos detenemos, por el momento. Contamos con no pocos materiales más sobre santeros y/o ermitaños de distintos ámbitos salmantinos; términos que en unos casos son sinónimos y en otros no, como habrá podido advertirse. Una figura que, aun perteneciendo al pasado, nos da noticias sobre un aspecto de nuestra religiosidad popular, pero también y más allá de ello, sobre lo que ha sido la vida popular española en el pasado moderno, llegando hasta nosotros.




NOTAS

[1] Sebastián de Covarrubias y Horozco, Tesoro de la lengua castellana o española, Edición integral e ilustrada de Ignacio Arellano y Rafael Zafra, Madrid, RAE, Centro para la Edición de Clásicos Españoles, Biblioteca Áurea Hispánica, 21, 2006, p.802.

[2] RAE, Diccionario de la lengua castellana…, VI, Madrid, Imprenta de la Real Academia Española, 1739, p. 41.

[3] José María Tenorio, «El demanda o santero», en: VV. AA.. Los españoles pintados por sí mismos, Madrid, Gaspar Roig, Editores, Biblioteca de Gaspar y Roig, 1851, pp. 185-188.

[4]https://pares.cultura.gob.es/catastro/servlets/ImageServlet?accion=41&txt_zoom=15&txt_rotar=0&txt_contraste=0&cabecera=N&total_imagenes=10&txt_id_imagen=8&zoom=&appOrigen=

[5] Ramón Menéndez Pidal, Romancero hispánico (hispano-portugués, americano y sefardí) Teoría e historia, II, Madrid, Espasa-Calpe, Obras Completas de R. Menéndez Pidal, X, 1953, p. 423.

[6]Libro de los lugares y aldeas del Obispado de Salamanca (Manuscrito de 1604 – 1629), Introducción y transcripción de Antonio Casaseca Casaseca y José Ramón Nieto González, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 1982. , p. 133.

[7] Pero Juan Villuga, Repertorio de todos los caminos de España, Madrid, Reimpresiones Bibliográficas, I, 1951, p. 6.

[8] Archivo Histórico Provincial de Salamanca (AHPS), Protocolo Notarial (PN), Caja 6046, escribano-notario: Alejandro Martín, ff. 481 r.-482 v. Todas las citas textuales proceden de tal poder.

[9]Ostiatim: ‘de puerta en puerta’.

[10] AHPS, PN, Caja 6135, escribano-notario: José de Valbuena, sin foliar. Todas las citas textuales proceden de tal poder.

[11]Çacoso: ‘Zazoso. Tartamudo’. (DRAE digital).

[12] Realizaremos todas las citas por: Libro de los lugares y aldeas del Obispado de Salamanca (Manuscrito de 1604 – 1629), Introducción y transcripción de Antonio Casaseca Casaseca y José Ramón Nieto González, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 1982.

[13] Pascual Madoz, Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar, X, Madrid, Imprenta del Diccionario…, 1850, p. 37. Todas las citas anteriores las realizamos por aquí.

[14] Pascual Madoz, Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar, V, Ed. cit., 1845, p. 463.

[15] Bernardo Dorado, Compendio histórico de la ciudad de Salamanca, su antigüedad, la de su santa iglesia, su fundación, y grandezas, que la ilustran, Salamanca, Juan Antonio de Lasanta, 1776, pp. 521-524.



Antiguos santeros y/o ermitaños en el ámbito salmantino

PUERTO, José Luis

Publicado en el año 2026 en la Revista de Folklore número 532.

Revista de Folklore

Fundación Joaquín Díaz