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Es muy probable que el antiguo romance de «El galán y la calavera», que daría origen a otro texto similar titulado «El convidado de piedra», fuera la base en que Tirso de Molina –o Andrés de Claramonte, o quienquiera que fuese su autor– se apoyaría para escribir la obra El burlador de Sevilla y convidado de piedra. Un caballero libertino y descreído invita a una calavera o a una imagen de piedra a cenar con él. (¡Terrible ofensa! Los muertos solo necesitan alimentos simbólicos para el último viaje, pero ya no mastican ni necesitan nutrirse). El difunto acepta y se presenta en casa del caballero donde simula cumplir con un ritual:
Hace que come y no come, / hace que cena y no cena,
hace que bebe y no bebe / y deja la copa llena…
La pantomima continúa hasta el momento en que la aparición invita al incrédulo a cenar en su panteón, desde donde lo arrastrará a los infiernos con cólera ejemplar. Don José Zorrilla utiliza para su Don Juan Tenorio todos estos aspectos legendarios, pero le añade otros para completar el carácter de drama religioso-fantástico-romántico, como la intercesión final de doña Inés en favor de Don Juan para que ambos suban al cielo, que recuerda el último episodio del Fausto de Goethe en que el doctor es salvado por la intervención divina. Innumerables pliegos, romances, aleluyas y argumentos difundieron y popularizaron, oralmente y por escrito, la figura de Don Juan hasta convertir un arquetipo universal (el del borracho irrespetuoso de los ejemplarios medievales –de ebrio qui defunctum invitavit–), en un prototipo español todavía vivo y por desgracia abundante.
Cuando hace muchos años escuchaba a mi madre cantar este romance, que aprendió de muy niña en Olmedo, siempre me impresionaba el momento en que la ofendida imagen de piedra amenazaba al descreído con hacerle cachitos, de los cuales «el mayor había de ser el de la oreja», expresión al parecer muy popular en la época en que Tirso, Lope y Cervantes la utilizaron en alguna de sus obras.