Si desea contactar con la Revista de Foklore puede hacerlo desde la sección de contacto de la Fundación Joaquín Díaz >


La memoria visual y el lenguaje siguen siendo los mejores medios que tenemos a nuestro alcance para expresarnos sobre una cultura común y que nos entiendan. Los mejores caminos para que circulen por ellos nuestra imaginación y nuestros recuerdos. Textos como el que este mes encabeza la Revista de Folklore, firmado por un maestro del género, Antonio Rodríguez Almodóvar, pueden ayudar con éxito al intercambio generacional de conocimientos tan imprescindible en otros tiempos y que tanto enriquecía la educación de los más jóvenes hace años, justo antes de que nos convirtiésemos en esa aldea enorme que ahora somos. Las distintas edades siempre tuvieron su tiempo y su espacio particulares pero confluían en esas veladas donde la experiencia se hacía común y la memoria colectiva creaba personajes como los que aparecen en el artículo, se llamen lobo o caperucita roja, Juan el Oso o el rey pobre.
Como parte integrante de la naturaleza y más o menos cercanos al entorno del individuo, los animales fueron casi siempre compañeros o adversarios con los que aquél debía convivir o a los que debía respetar por miedo o por sentido común. Desde los más antiguos relatos hay un interés por demostrar que los animales son inferiores al hombre pero, al mismo tiempo, aparecen aquí y allá vestigios de cuentos y leyendas en los que las metamorfosis ofrecen un curioso campo de estudio a los antropólogos, pues en ellos el hombre se transforma en animal con tanta asiduidad como el lobo o el oso hablan y actúan al estilo de los seres humanos. Es frecuente entre los narradores orales comenzar los cuentos diciendo mientras miran a su auditorio: «En el tiempo en que hablabais todos los animalitos…», expresión que parece transportarnos a una época remota, posiblemente anterior al diluvio y cercana al paraíso, en que animales y personas se comprendían con un lenguaje único y se respetaban.
Miles y miles de especies existen desde hace millones de años en nuestro planeta en una suerte de convivencia «natural» cuyas consecuencias pueden parecernos en ocasiones terroríficas si las analizamos a la luz de nuestra exclusiva razón. Las razones de la naturaleza sin embargo son otras, según parece, y contemplan sin rubor las luchas por la supervivencia o el principio supremo de la conservación de la especie, leyes ambas que llevan a los animales a extremos paradójicos: las Phyllias, por ejemplo, se mimetizan de forma tan admirable con las hojas en las que se posan que terminan siendo devoradas por sus propias congéneres, incapaces de distinguirlas; no menos cruel y sorprendente es el comportamiento de la Mantis, cuyo ritual sexual incluye en ocasiones la homofagia del macho por parte de la hembra. Sin embargo algunos de esos animales, por sus actitudes o por sus características, fueron considerados en civilizaciones primitivas como representación divina, es decir como una representación sacralizada de lo humano.
Tal vez proceda de esa creencia de que los animales son dioses reencarnados, la admiración, el miedo o el respeto que esos mismos animales –domésticos o salvajes– despertaron en el ser humano, que los vio reflejados en el cielo y los relacionó con su propio destino a través de los libros de adivinación y los horóscopos. Estos libros y escritos, por más que nos parezcan a veces crípticos a veces infantiles, tenían dos virtudes hoy casi desaparecidas: eran, por una parte, una síntesis o resumen de conocimientos antiguos que comunicaban al ser humano con sus orígenes y, por otra, permitían relacionar todos esos conocimientos dando a la educación una cohesión y una coherencia. Eran pequeñas enciclopedias en su sentido más clásico y virtuoso del término: educación circular que enlazaba y aglutinaba como mágico anillo la sabiduría de una especie. De ese modo, era explicable que aquello que sucedía en el cielo tuviese un reflejo en la tierra o fuese un espejo de lo que en ella acontecía: los primeros seres que miraron al cielo descubrieron en él dibujos de estrellas y constelaciones que semejaban figuras de personas o de animales. De esa visión nacieron las 48 imágenes del cielo octavo que correspondían a dioses y a bestias.
No es extraño, por tanto, que la tradición, encerrada en esos libros o basada en ellos, nos haya legado un tipo de relación con los animales que hoy, desprovistos de las claves y el criterio que nos permitirían analizar los datos de forma cabal, se nos antoja incomprensible: buena parte de la opinión pública clama contra los juegos de gallos o de toros, al tiempo que no comprende la angustia del ganadero rural ante la figura del lobo. El oso, que fue animal fundamental en la creación de las primeras mitologías, pasó a refugiarse en el mundo de los cuentos y leyendas en toda Europa y acabó siendo especie protegida en todos los sentidos posibles: las versiones de cuentos recogidas en los dos últimos siglos nos presentan a un oso llamado Juanitonto al que le suceden casi siempre desgracias por su falta de inteligencia. Todas las campañas de sensibilización actuales hacia la naturaleza o los animales serán incapaces de transmitir el sentido profundo de aquella sabiduría antigua, basada en la experiencia vital y en la fuerza de los principios contrarios del bien y del mal o de la astucia y la necedad. Esa relación «natural» del ser humano con los animales le autorizaba a llamarlos, a imitar sus cantos o a traducir al lenguaje humano sus trinos, a respetarlos y perseguirlos, a adorarlos, o incluso a comérselos si la ocasión o las circunstancias lo autorizaban, pero además a pintarlos y a describir sus cualidades o defectos sublimándolos. Cabras, lobos, osos, ranas, cigüeñas, gatos, ciervos, corderos, asnos, leones, perros y tantos otros animales, conviven con personajes reales o fantásticos creando un tablero maravilloso en el que juegan, pierden y ganan dentro de una cultura común que es la cultura de la vieja Europa.